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¿Baluartes del Pensamiento crítico o Bastiones del Dogma? / A Estribor

¿Baluartes del Pensamiento crítico o Bastiones del Dogma? / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

Hace unos días, el doctor Oswaldo Chacón, buen amigo y rector de nuestra máxima casa de estudios, la UNACH, me compartió un texto publicado por la escritora, poeta y editora Meghan O’Rourke en The New York Times. El artículo analiza el impacto de las nuevas políticas de la administración Trump, que planea recortar el gasto de las universidades en EE. UU., argumentando que estas medidas buscan desmantelar la educación superior tal como se conoce, eliminando programas de diversidad, equidad e inclusión e interviniendo en la política universitaria.

Lo cierto es que, para Trump, las universidades se han convertido en un bastión de la izquierda, la cultura woke y las ideas progresistas. Tan es así que ha habido un abierto antisemitismo hacia los estudiantes judíos por la guerra en Medio Oriente (sin deberla ni temerla) y un claro apoyo a los palestinos, en oposición a la postura de la Casa Blanca. Y no solo eso: hoy se promueve desde la academia la intolerancia contra quienes, por sus ideas conservadoras, se niegan a adoptar posturas que atentan contra valores muy arraigados en la cultura norteamericana.

MONOPOLIO DE LAS IDEAS

El artículo de Meghan O’Rourke, titulado “El fin de las universidades como las conocemos”, no es más que una oda melodramática a una élite intelectual que ha monopolizado la educación superior en Occidente durante las últimas décadas. O’Rourke lamenta la “destrucción” de las universidades estadounidenses a manos de la administración Trump y sus aliados, pero ignora una realidad incómoda: las universidades ya no son templos de la libre investigación, sino trincheras de adoctrinamiento ideológico, donde la diversidad de pensamiento ha sido erradicada en favor de una ortodoxia progresista.

El problema no es que las universidades estén siendo atacadas, sino que se han convertido en instituciones dependientes de un financiamiento estatal masivo que solo perpetúa su sesgo político. Ese intervencionismo ha distorsionado el mercado del conocimiento, creando un sistema donde las ideas izquierdistas predominan no porque sean las más valiosas o verídicas, sino porque han sido subsidiadas y protegidas de la competencia intelectual.

LA FARSA DE LA DIVERSIDAD, EQUIDAD E INCLUSIÓN

O’Rourke presenta la reducción de fondos públicos como un ataque a la educación, cuando en realidad es un ajuste necesario para restaurar la universalidad. Las universidades estadounidenses han inflado sus costos a niveles insostenibles, mientras promueven ideologías destructivas como el colectivismo y el identitarismo radical. ¿Por qué debería el contribuyente estadounidense financiar departamentos que imparten teorías anticapitalistas y antioccidentales, cuando esas mismas ideas rechazan los valores que permitieron la prosperidad de Estados Unidos?

Lo mismo sucede en Argentina, donde el presidente Milei también se ha dado a la tarea de revisar los fondos de universidades públicas que van en esa misma línea. En México resulta paradójico que el dinero de los contribuyentes más prósperos sirva para adoctrinar e ideologizar a las nuevas generaciones, intoxicadas por prejuicios contra la libertad económica. Es el caso de casi todas las universidades públicas: son fábricas de empleados y no de empleadores. ¿Cuántos egresados de estas universidades están pensando en poner un negocio, generar empleos y riqueza, y cuántos soñando con una plaza gubernamental para engrosar la pesada losa de la burocracia?

EL ADOCTRINAMIENTO PROGRE

La autora lamenta la disminución de programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), pero no reconoce que estas iniciativas han sido instrumentalizadas para imponer una visión única del mundo, marginando a quienes disienten. La diversidad que realmente importa —la diversidad de pensamiento— ha sido eliminada en favor de una narrativa homogénea que condena cualquier crítica al progresismo como de “ultraderecha”, “racismo”, “clasismo”, “antifeminismo”, “fascismo” o “supremacismo blanco”.

LA PÉRDIDA DE LA DIVERSIDAD INTELECTUAL

El verdadero problema que enfrenta la educación superior en Estados Unidos —pero también en México y Europa— no es la supuesta censura, sino la propia intolerancia de la izquierda académica. Las universidades han dejado de ser foros de debate y se han convertido en semilleros de activistas, donde los disidentes son acosados, censurados o incluso despedidos por cuestionar los dogmas progresistas. O’Rourke se queja de que el público desconfía de la educación superior, pero no reconoce que esta desconfianza es una reacción lógica ante instituciones que han perdido su compromiso con el pensamiento crítico.

HUMANIDADES: ¿UN CAMPO DE ESTUDIO O UN CAMPO DE BATALLA IDEOLÓGICA?

La autora menciona la fundamental importancia de las humanidades, pero ignora cómo estas disciplinas han sido colonizadas por la ideología woke. En lugar de estudiar la filosofía clásica, la historia occidental y la literatura universal, los planes de estudio han sido reformulados para encajar en una narrativa de opresión y victimización. La “deconstrucción” de los valores de Occidente no ha llevado a un progreso intelectual, sino a un empobrecimiento del conocimiento. La educación no debe ser un monopolio estatal ni un feudo ideológico, sino un espacio donde las ideas compiten libremente y los estudiantes pueden elegir qué tipo de formación recibir sin ser sometidos a un adoctrinamiento obligatorio.

LA IMPOSICIÓN DEL PENSAMIENTO ÚNICO

Lejos de representar un ataque a la educación superior, los recortes presupuestarios y las reformas propuestas buscan liberar a las universidades de su secuestro ideológico. Si estas instituciones realmente valoran la libertad de pensamiento, deberían demostrarlo fomentando un ambiente donde todas las ideas, incluidas las conservadoras y libertarias, puedan debatirse sin miedo a la represalia. O quizás, más que recortar subsidios a la educación pública, lo que se debe abrir es un debate sobre el rumbo de la educación y el tipo de formación que realmente necesitamos. Corea del Sur, Singapur, Estonia, Finlandia e incluso China han modificado sus planes de estudio para adaptarse a los cambios tecnológicos y mantenerse a la vanguardia. En México seguimos enfocados en las humanidades (antropólogos, arqueólogos, sociólogos, literatos, etc.), y créame que así no vamos a salir del subdesarrollo.

DEFENDER LOS VALORES FUNDACIONALES DE OCCIDENTE

La defensa de Occidente comienza con la defensa de sus valores fundamentales: la razón, el individualismo, el Estado de derecho, la propiedad privada y la libertad de expresión. Las universidades deben decidir si quieren ser guardianes del conocimiento o discípulos de los totalitarismos. Si eligen lo segundo, entonces no merecen que el dinero de los contribuyentes financie una educación con fines parasitarios.

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