
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Anna Karen,
En cuanto la pequeña Camila expresó su deseo por mantener relaciones premaritales con su novio de 15 años; Andrea, su madre, recordó su propia experiencia. La vida cabe en 10 segundos en la mente, cuando se le evoca.
— ¿Me hablas en serio, Camila?, le pregunta su madre, entre sorprendida e incrédula, tratando de contener la risa en un gesto artificialmente adusto.
— ¡Ay mamá!, ¿Eres de la momiza, o qué te pasa, eh? ¿Qué no lees, ni ves televisión o vas al cine? ¿No te das cuenta cómo es la vida de los jóvenes hoy en día? Ya no son tus épocas, mami; ¡actualízate! ¿Acaso no sabes que la sexualidad de una mujer se inicia con su menstruación? Las chicas de hoy, lo hacen desde los 14 años, mami.
— Pero eso es sólo calentura…
— ¡Lo mío también, mamá!, Estoy consciente que no deseo confundir el deseo de casarme con las ganas de acostarme. Soy una mujer y merezco una vida sexual responsable para no embarazarme ni contraer compromisos que no pueda afrontar; no quiero escaparme a hoteles peligrosos ni hacerlo en la calle, y menos exponerme a enfermedades; lo que te pido es confianza para tener una vida sexual normal, en casa, sin peligros ni enfermedades, ni gastos innecesarios. Ya luego pensaré en el amor y en casarme cuando tenga edad para hacerlo y encuentre con quién, ¿puedes entenderlo, mami?
Andrea guarda silencio mientras su mente viaja al pasado. Tendría 16 años cuando conoció a Fernando, un amigo de su hermano quien solía pasar el fin de semana con ellos, en la casa de campo familiar. Al verlo, le encontró un parecido al primo René con quien había tenido sus primeros besos y toqueteos sin atreverse a seguir adelante por miedo al incesto, pero de quien vivió enamorada por mucho tiempo con el deseo contenido, y lo creo, porque alguien dice que los primos suelen ser el primer amor secreto.
Fernando personificaba ese deseo insatisfecho con René; o al menos, así lo alucinaba Andrea en las noches de insomnio luego de sus escarceos mientras nadaban en el río cercano a la finca. Con su hermano, los tres formaban un gran trío de exploradores y confidentes quienes, durante las noches, cuando no se contaban sus aventuras, narraban leyendas de terror o se divertían inventando espeluznantes historias de misterio.
Las semanas transcurrieron, la timidez de Fernando y su sonrisa cautivaban a Andrea a quien también, le atraía su inteligencia y su buen aspecto físico.
— ¡Muero de ganas por comérmelo entero!, le confesaba a sus compañeras de secundaria. Los roces en la alberca o en la habitación cuando jugaban almohadazos, le hacía cosquillear la piel. Por la noche, Andrea se imaginaba entrando a su habitación para descubrirlo al momento de vestirse, y en esos pensamientos lúbricos, su imaginación volaba hasta senderos insospechados para ella misma.
Pasó el tiempo y ninguno de los dos se atrevía a cruzar esa frontera entre la amistad y el noviazgo; pero una noche, se despertaron para encontrarse los tres en la cocina hurgando en la alacena; el escándalo de sus risas provocó el enojo de sus padres, enviándolos de inmediato a dormir. Con todo sigilo, Andrea se desplazó hasta la habitación donde dormían su hermano y Fernando, para jugar barajas en el más celoso silencio. Debajo de las cobijas y en esa oscuridad, mientras escuchaban música, Andrea sintió por primera vez las manos de Fernando entre sus piernas. Luego, terminaban los tres recostados en la misma cama sin ninguna historia de por medio, apenas arrastrando el deseo y la púber fantasía.
— Recuerdo su proximidad y mis latidos acelerarse… —me comenta—, —mi cuerpo se transformaba al sentirlo tan cerca, tan deseado y sin poder tocarlo, hablábamos de todos los temas menos, del por qué nos gustaba estar juntos. Una noche en que Fernando se quedó en casa, me ganó la curiosidad y le dije que deseaba conocer cómo era el semen, le di un frasquito y le pedí que se masturbara en el baño y me mostrara su semen. Así conocí ese líquido acuoso de fascinante aroma através de un frío vidrio antes de sentirlo entre mis manos.
Andrea, observa a su hija y su recuerdos continúan.
— Fue pasando el tiempo y cada noche era una tortura, un suplicio al saber que estaba tan próximo y no me tocaba; apenas aprovechábamos cualquier pretexto para rosarnos uno al otro y jugábamos a abrazarnos, hasta que un día sin saber cómo, me besó. ¡¡¡Qué impresión!!! Su boca carnosa era tibia, blanda, sabrosa; hoy, lo traigo a mi memoria como en ese entonces. Ese beso a los 14 años, fue lo mejor que me sucedió. Era mejor que besar el pico de la botella con el cual practicaba, pues una amiga, me había aconsejado meter la lengua en la botella para conocer qué era un beso, pero el de Fernando fue más dulce, más tierno, menos frío. Sentía que su alma entraba en la mía.
De forma clandestina, comenzamos a despertarnos los fines de semana para besarnos, tocarnos, descubrirnos… Fernando se escurría silenciosamente por el pasillo hasta llegar a mi recámara; ambos mudos…sin saber cómo se hacía el amor, nos abrazábamos muy fuerte. El metía su mano temblorosa bajo mi pijama provocando el despertar de mis pezones; era muy excitante saber que en la habitación de a lado estaban mis padres y en la otra, mi hermano.
Siempre me gustó esa sensación de ¡peligro! Nos quedábamos en mi cama toda la madrugada, conociéndonos e intentando jugar a descubrir cómo se hacía eso que desconocíamos. Y tanta fue nuestra curiosidad entre silencios y gemidos acallados, que un día sentí que comenzaba a penetrarme y me dolió; aguanté el dolor porque pensé que detrás de eso, debía haber algo más…pero como no soy muy paciente para los dolores lo corrí de arriba mío mientras él, seguía besándome e insistiendo; y yo, negándome por ese dolor que mezcla placer, daño y culpa. Él, muy considerado, se apartó y yo lo volví a atraer hacia mí, constatando mi dominio sobre su voluntad.
— De esa precoz relación a mis 16 años, no quedó sino el recuerdo de la travesura y luego, años más tarde, llega el reencuentro por casualidad cuando ambos, ya nos habíamos casado. ¡Qué fuerte fue lo que sentí!, había un secreto entre ambos… y lo sigue habiendo, pues nunca lo hablamos… y nuestras parejas, nunca lo supieron. A los 16 años desperté a la sexualidad creyendo que era la única mujer caída en el pecado, pero no pasó mucho tiempo para averiguar que mis compañeras de secundaria ya tenían una larga historia que narrar.
En diez segundos más, Andrea repasa las aventuras de sus compañeras de colegio en los albores de los años setenta cuando la píldora anticonceptiva, los conceptos de la sexualidad y los movimientos de liberación femenina marcaban la agenda de la mujer moderna; piensa en quiénes llegaron vírgenes al matrimonio y no logra recordar a ninguna entre sus amigas. Piensa en quiénes lograron matrimonios duraderos y concluye en que fueron pocas las que no se divorciaron o terminaron en unión libe. Trata de recordar quiénes se casaron por amor y sólo le llegan a la mente aquellas que lo hicieron por el deseo o un interés específico.
— ¿Sabes, Camila? Tienes razón, no es bueno disfrazar el deseo con el discurso del amor, pero tampoco es prudente ir por el mundo de acostón en acostón. Cada persona tiene su despertar a la edad en que simplemente le llega su momento, pero debe tenerse la claridad de no confundir el impulso y el deseo sexual con el amor; aunque con amor, el deseo te brindará una vida plena y lo contrario, conlleva el riesgo de una sensación de vacío, tarde o temprano.
— Lo entiendo mami, comprendo que biológicamente es natural sentir ese impulso entre los 12 y los 15 años, aunque moral y socialmente esté censurado; comprendo las inconveniencias de iniciar una actividad sexual abierta por la censura social, pero también comprendo que hacerlo de manera clandestina, nos expone a mayores riesgos; ¿sabes cuantas niñas inician su vida sexual a los 14 años de una forma frustrante? Dime entonces, ¿qué puedo hacer?, ¿Tú a qué edad tuviste tu primera relación sexual, mami?
Sin pensarlo mucho, Andrea responde con fingido orgullo.
— ¿Yo? ¡Qué pregunta, hija! Yo me reservé hasta casarme con tu padre, como debe ser. Y en sus siguientes diez segundos, Andrea no puede evitar el recuerdo de sus aventuras en los tiempos de la preparatoria, la universidad, la oficina y un aborto secreto, antes de la boda a la que llegó “virgen”, como toda cuestión de amor.


