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Amistad, esa palabra tan gastada / Al Sur con Montalvo

Amistad, esa palabra tan gastada / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Ana Karen, 

¿Que significado tiene las palabras amistad, amor, y otras más, las cuales de tanto repetirlas han perdido sentido? “Hola amigo; qué tal amiguis”. Palabras huecas. Amistad es aceptación del otro; solidaridad, lealtad como la de mi amiga con quien me unen 56 años y seguimos andando unidos a pesar de la distancia. Aquí te lo cuento.

Maya abrió el primer ojo a las seis de la mañana; quince minutos después abrió el segundo. Miró hacia el reloj sintiéndose aliviada de tener tiempo para ordenar con calma sus cosas antes de salir presurosa hacia el trabajo. 

Estiró los brazos en medio de un bostezo runruneante, alisó su larga cabellera y luego depositó las manos sobre su pecho. Percibió sus pezones rígidos bajo el viejo pijama de franela y se sorprendió de ello. Cuánto tiempo ha pasado sin que sientan la caricia de manos ajenas, sin percibir un beso sobre ellos, se preguntó para reprocharse de inmediato a sí misma: “En qué cosas piensas Maya, estás loca, qué cosas dices…”

“Longo”, se acercó con la intención de lamerle la cara pero lo esquivó, no era un perro ni dos lo que ahora necesitaba para sentirse acompañada. Colocó las manos bajo el pijama sintiendo la suavidad de su estómago; pensó que todo cambia y aquella lozanía de juventud era ahora un fiel testimonio de vida contres hijos mayores que empiezan a caminar en diferentes direcciones, cada cual con sus propios intereses y prioridades; sin estar juntos, somos muy unidos en el amor. A los hijos hay que dejarlos volar, <pero qué trabajo cuesta entenderlo así>, se dijo para sus adentros.

Pensó en su amigo Guillermo quien regresaba del pasado tras 56 años de ausencia preguntándose cómo pasa el tiempo tan rápido. Trató de traer a su mente de cuando Enrique, un compañero de la facultad que la interceptó al entrar a la cafetería de la facultad de ciencias políticas, y sin mayor preámbulo, le dijo:

―Maya, él es mi primo Guillermo quien estudiará sociología; te lo encomiendo mucho; quiero que seas su sombra; con él, cursarás, algunas materias que debes rendir. Guillermo, ella es Maya, una españolita muy simpática…

Después de eso, Guillermo viajó a Europa impulsado por Maya para competir en una convocatoria lanzada con cupo para solo 12 estudiantes entre más de 250 aspirantes. 

Maya eligió mentalmente su atuendo: “No tendré compromisos formales; usaré un pantalón de mezclilla, una blusa ligera y saldré bien abrigada por si las dudas. Sí, así en fachas iré al trabajo, es viernes; me vale, ¿y qué?…” Corrió hacia el baño  para iniciar su arreglo cotidiano. Observó sus suecos color naranja y esbozó una pícara sonrisa.

Ojalá mi amigo quiera acompañarme a visitar a Lilia en Monterrey, muero de curiosidad por saber qué me cuenta de mi padre. Seguro habrá cosas de él que nadie se enteró jamás. ¿Cómo fue su vida durante esos 16 años antes de exiliarse en México con mi madre? ¿La pasaría entre los amigos de la resistencia contra Franco; ¿se debatía en esa lucha por reinventarse como pintor y escultor? o simplemente se ganaba la vida en otro oficio? ¿En qué soñaba mi padre? ¿Quién habitaba sus sueños, sus anhelos? ¿Qué secretos se llevó con él? ¿Cómo fue mi padre en verdad?, se preguntaba Maya mientras apuraba el desayuno.

Maya dispuso el alimento de los perros: el de Longo y el de su hijo sin reparar en su ausencia, pues su es hijo corría también tras sus propios sueños en una Valencia tan distinta a la que Maya llegó en su juventud como una exiliada emocional para abrir una enorme brecha entre ella y su novio no grato para la familia.

Fue entonces cuando pensó de nuevo en aquél romance evocando miles de imágenes que de pronto surgían como fantasmas entre los objetos de la casa. Miró a su alrededor y encontró en su casa un museo donde pocas veces prestaba atención al espíritu de los objetos. 

La mente conserva todo; enviando al olvido aquello que nos trastorna. Cuando menos lo esperamos, nos sorprendemos al encontrarnos de frente con aquellos recuerdos apilados en el baúl del ático que conservamos en ese rincón oscuro de nuestra memoria. Decenas de preguntas sin respuesta se agolparon de pronto en la mente de Maya. 

¿En verdad su novio padecía de epilepsia o simplemente la familia lo consideró inmoral para su pequeñay virginal hija? Se sonrió con esa reflexión. ¿Qué suerte habría corrido al casarse con él? ¿Cómo habría cambiado su vida de no salir exiliada hacia Madrid y Valencia 52 años antes? ¿Habría encontrado en al compañero ideal para caminar con él codo a codo siendo más que dos? ¿Acaso con él, ella habría tenido el valor de enfrentar a su madre para decirle que lo suyo era la docencia y no la sociología, que su carácter maternal ya se prefiguraba desde entonces deseando estudiar para educadora?

No pudo resistir al recuerdo de sus andanzas en Valencia, las persecuciones de la policía en Madrid en las manifestaciones; las grandes fiestas con amigos y primos, cómplices de su ímpetu de juventud. Volvió a sonreír para sí misma con aquellas travesuras.

“Estoy loca”, pensó. “Mi vida está hecha, además me siento satisfecha al tener a mis hijos y nietas, ellos no existirían de haber cambiado el rumbo, y de eso no puedo arrepentirme, son lo mejor que la vida me ha brindado, así que la posibilidad del hubiera no existe y el pasado ya no me interesa…

Vació su bolso. <¡Cuánta tarugada puede cargar una mujer en una bolsa!>, pensó Maya y se dijo: <Si me viera Guillermo haciendo estos malabares se atacaría de risa. ¡Pinche Guillermo!, ¿a qué diablos sale él ahora en este tema?>, <Pero después de todo, sería padre vender churros con chocolate en Nueva York… > No. Para nada. Eso es fantasía, pura fantasía. Pero sería padre, eso sin duda.

Maya decidió visitar el pueblo de su mamá en Valencia. Quiero recorrer sus senderos, visitar a los familiares, hacer miles de preguntas y tratar de imaginar su vida antes de mí. ¿Cómo conoció a mi padre y bajo qué circunstancias? ¿Por qué se enamoró de él al grado de esperarlo 16 años para luego ir en su busca? ¿Qué hizo mi madre antes de venir a México y en quién refugió sus soledades de mujer? La historia de mi madre me recuerda la de aquella película Marian y Robin en donde ella, espera el regreso de Robin Hood por 20 años enclaustrada en el convento y a su retorno enfrenta su última batalla contra el sheriff donde muere ante la desilusión de Marian. 

¿Cuántas veces esperamos en vano? No lo sé. En fin, permaneceré tres meses en Europa… ¿y luego? ¿Qué haré en México al regresar? ¡Hmmmm! Pondré mi fonda, ―se sonrió Maya al imaginar a su amigo Guillermo con delantal blanco sirviendo las mesas y no pudo resistir la carcajada. Imposible imaginarlode mesero. Pero quién sabe… Como quiera que sea, después de Valencia, me voy a trabajar un rato a Houston y quien quite encuentre al texano petrolero que quiera compartir sus petrobonos conmigo aunque no pueda caminar con él codo a codo… ¡ufff! ¡Qué flojera! ¿Pero adónde quiero ir codo a codo con alguien? ¡Ay! ¡Ya basta de tarugadas, se me hace tarde!

Abordó el auto para sacarlo de la cochera cuando se dio cuenta que no tenía con ella las llaves. Estoy para el manicomio, ¿Me estaré enfermando de Ashaimer?  ¡Qué tonterías pienso! ¿Pero dónde diantres puse las llaves si las dejo siempre en el mismo lugar? ¡Diablos! Pero si las tengo aquí en las manos. ¡Estoy de atar!

Llegó presurosa a la oficina donde ya la esperaba su jefa tan morena como huraña con cara de “¿otra vez?”. Ordenó sus tareas. Por Internet saludó a su amigo Guillermo. Han pasado 56 años de amistad. Ser amigos es una cuestión de amor.

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