Alejandra Gómez Mendoza: la carta que Morena tiene bajo la manga para Tuxtla / Políticamente Incorrecto

Javier Opón
En medio del ruido ensordecedor de aspirantes hombres que ya comenzaron a destaparse para la candidatura de Morena en Tuxtla Gutiérrez, un detalle crucial pasa desapercibido para la mayoría: la paridad de género no es una opción, es una obligación legal y un principio irrenunciable para el partido guinda. Y si la ley y los estatutos se cumplen —algo que en política nunca se debe dar por sentado—, la próxima candidatura morenista para la capital chiapaneca deberá ser encabezada por una mujer. En ese escenario, el abanico de opciones se reduce drásticamente, pero también se vuelve más interesante. Porque hay dos mujeres con méritos propios, con trabajo real y con posibilidades claras: María Mandiola Totoricagüena y, la que en mi opinión lleva la delantera, Alejandra Gómez Mendoza, actual presidenta del Congreso local y dirigente de Morena en Chiapas.
Y aquí quiero detenerme, porque mientras muchos miran hacia los nombres conocidos, hacia los operadores tradicionales, hacia los que ya tienen estructura y padrinos, yo prefiero poner la lupa sobre quien ha construido su carrera política de la manera más difícil; desde abajo, desde el territorio, desde el trabajo silencioso pero constante.
Alejandra Gómez Mendoza no es una improvisada ni una llegada de última hora. Viene de las filas del movimiento de regeneración nacional, de esas que caminaron calles cuando caminarlas no daba ni un voto, de esas que creyeron en un proyecto cuando aún era solo una promesa. Ha recorrido colonias, ha escuchado problemas, ha gestionado soluciones. Y ha llegado a donde está —primero al Congreso, ahora a su presidencia— por méritos propios, no por cuotas ni por acomodos de última hora.
En política, hay quienes confunden la presencia con la relevancia. Creen que porque aparecen en fotos, porque dan discursos o porque los medios les prestan atención, ya tienen el camino allanado. Pero la política real, la que perdura, la que construye liderazgos sólidos, se hace en el territorio. Y ahí, Gómez Mendoza tiene un activo que muchos de sus competidores —hombres y mujeres— no pueden presumir, ha estado, ha visto, ha escuchado y ha trabajado.
No es de las que necesitan reflectores para existir. Es de las que existen aunque los reflectores no estén. Y eso, en un mundo político saturado de vanidades y egoísmo, es un valor que debería pesar más que cualquier encuesta pagada.
En la otra esquina del ring, María Mandiola Totoricagüena también tiene méritos. Es una mujer con experiencia, con capacidad, con trayectoria. Pero arrastra un lastre que, en política, pesa más que cualquier currículum; el oportunismo mal disimulado. Porque todos recordamos —y las redes sociales, como siempre, tienen memoria— aquella intervención en el Congreso donde despotricó contra el Partido Acción Nacional, ese mismo del que proviene, ese mismo que la formó y la impulsó. No es pecado cambiar de trinchera; lo es hacerlo con la desfachatez de quien reniega de sus orígenes para congraciarse con el poder de turno.
Ese tipo de gestos, que en el momento pueden parecer rentables, a la larga se convierten en deudas políticas. Y en una contienda interna, donde los rivales no perdonan ni olvidan, esos antecedentes se convierten en munición pesada. No digo que la inhabilite, pero sí que le resta puntos, especialmente frente a quienes valoran la coherencia y la autenticidad como un servidor.
Alejandra Gómez Mendoza, en cambio, tiene la ventaja del rostro nuevo en la política local. No viene cargada con el lastre de haber militado en otros partidos, no tiene que explicar bandazos ideológicos ni justificar alianzas incómodas. Su historia es más limpia, más clara, más fácil de comunicar. Y en una elección, sobre todo en una interna, la claridad de la narrativa cuenta.
Otro punto a su favor es la juventud. No hablo de juventud como un valor estético, sino como sinónimo de energía, de capacidad de conectar con nuevas generaciones, de entender los códigos de una ciudad que cambia rápidamente. Tuxtla Gutiérrez necesita un gobierno que entienda sus nuevos desafíos, la inseguridad, la movilidad, el empleo juvenil, la crisis ambiental. Y para eso, tener al frente a alguien que no solo conoce los problemas, sino que además puede comunicarse con quienes más los padecen, es una ventaja competitiva enorme.
Gómez Mendoza representa esa posibilidad, la de un liderazgo fresco, pero con trabajo acumulado; la de una mujer joven, pero con experiencia institucional; la de una política que no necesita inventarse un pasado porque tiene un presente sólido y verificable.
En política, hay una máxima que nunca falla, no hay enemigo pequeño. Y aunque muchos han minimizado a Alejandra Gómez Mendoza, creyendo que su perfil bajo es sinónimo de debilidad, yo creo que están cometiendo un error de cálculo mayúsculo. Porque cuando hay trabajo que respalda, cuando hay trayectoria que muestra, cuando hay resultados que exhibir, el perfil bajo se convierte en una ventaja; te permite crecer sin ser visto, avanzar sin ser atacado, llegar sin ser esperado.
Este fin de semana, mientras muchos ponían en la palestra a candidatos hombres —como si la paridad no existiera, como si el 2027 fuera a regirse por las mismas reglas del pasado—, pocos voltearon a ver a las mujeres que realmente tienen posibilidades. Y ese error de enfoque puede costar caro a quienes hoy se sienten seguros.
No sé si finalmente será Alejandra Gómez Mendoza la candidata de Morena para Tuxtla en 2027. Eso dependerá de muchos factores, de los acuerdos internos, de las encuestas, de las presiones de los grupos de poder, de la voluntad del gobernador y de la dirigencia nacional. Pero lo que sí sé es que subestimarla sería un error. Porque cuando hay trabajo real, cuando hay territorio caminado, cuando hay autenticidad y coherencia, el talento político termina imponiéndose sobre el ruido y la vanidad.
Tuxtla necesita una mujer al frente. Y Morena tiene, en sus filas, al menos dos opciones de peso. Pero si hablamos de méritos propios, de trayectoria limpia y de capacidad demostrada, la carta bajo la manga del partido guinda tiene nombre y apellido: Alejandra Gómez Mendoza. Ojalá y quienes deciden sepan leer la partida con inteligencia. La ciudad lo merece


