1. Home
  2. Columnas
  3. La resistencia viene con GPS / Sarcasmo y café

La resistencia viene con GPS / Sarcasmo y café

La resistencia viene con GPS / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

Hace unos días estaba tomando café con un amigo cuando salió el tema del registro obligatorio de líneas celulares. Bastó mencionarlo para que se transformara en una mezcla entre activista digital, abogado constitucionalista y sobreviviente de una dictadura que existe únicamente en su imaginación. 

Ahí estaba, indignado, hablando de vigilancia, control y libertades perdidas, y de pronto me di cuenta de algo maravilloso, que mientras despotricaba, sostenía en la mano un dispositivo que sabe dónde está, qué compra, qué busca, qué ve, con quién habla y a qué hora se le antojan unos tacos. La escena era tan absurda que por momentos no sabía si estaba presenciando una protesta ciudadana o el funeral de la privacidad. Un funeral particularmente extraño, porque los asistentes seguían compartiendo su ubicación en tiempo real.

—Yo no voy a registrar mi línea —declaró con la solemnidad de quien está a punto de encabezar una revolución.

—¿Y qué vas a hacer?

—Resistir.

—¿Cómo?

—No registrándola.

—¿Y cuándo te la cancelen?

Hubo unos segundos de silencio.

—Bueno… ya veremos.

Y ahí comprendí que aquella no era una discusión sobre tecnología, privacidad o telecomunicaciones. Era una discusión profundamente mexicana. De esas donde todos sabemos cómo terminará la historia, pero aun así nos aferramos a fingir que todavía estamos negociando el final.

Porque seamos honestos, la confianza entre ciudadanos y autoridades no atraviesa precisamente su mejor momento. Cada vez que el gobierno asegura que nuestros datos estarán protegidos, transparentes y seguros, uno siente la misma tranquilidad que cuando un político promete que ahora sí se acabó la corrupción.

Y, sin embargo, mientras escuchaba a mi amigo hablar como si estuviera defendiendo la última barricada de la libertad, no podía evitar pensar en algo curioso. La preocupación por la privacidad parece habernos llegado con varios años de retraso.

Durante décadas hemos entregado información personal con una alegría que ya quisiera cualquier institución pública. Regalamos correos electrónicos para obtener descuentos, compartimos fotografías con desconocidos, permitimos que aplicaciones rastreen nuestros movimientos, aceptamos términos y condiciones que nadie lee, respondemos encuestas, registramos tarjetas, almacenamos documentos en la nube y hasta autorizamos que una aplicación nos diga cuántos pasos dimos durante el día.

Pero menciona un registro oficial y de pronto descubrimos que llevamos un defensor de derechos civiles escondido en el pecho.

Lo más curioso de toda esta discusión es que muchos hablan de la privacidad como si acabara de fallecer. Yo sospecho que el deceso ocurrió hace años. Lo único que estamos discutiendo ahora es quién tuvo la culpa y quién se quedó con el acta de defunción.

Eso no significa que las dudas sean injustificadas.

Tampoco compro la idea de que registrar líneas telefónicas resolverá por arte de magia los problemas de inseguridad del país. Los gobiernos suelen enamorarse de las bases de datos con el mismo entusiasmo con el que un adolescente se enamora en vacaciones convencidos de que esta vez sí encontraron la solución definitiva, porque siempre hay una nueva herramienta que promete cambiarlo todo.

Antes fueron las cámaras, luego los registros, después las plataformas, hora otra vez los registros, pero la promesa es siempre la misma, ahora sí tendremos más control, más información y mejores resultados.

La realidad suele ser bastante menos espectacular, los ciudadanos terminamos haciendo trámites, los funcionarios terminan presentando estadísticas y los delincuentes terminan buscando nuevas formas de esquivar el sistema porque si algo nos ha enseñado la historia es que los criminales suelen adaptarse más rápido que la burocracia.

Resulta difícil imaginar a un grupo de delincuentes reunidos en secreto diciendo:

—Muchachos, se acabó. Ya registraron los teléfonos. Entreguen las llaves de los escondites y cancelen las actividades ilícitas.

Desgraciadamente, el mundo real no suele cooperar con los discursos oficiales.

No porque las medidas sean necesariamente inútiles, sino porque rara vez existe una solución simple para problemas complejos. Pero en política, vender soluciones simples siempre ha sido más rentable que admitirlo.

Mientras tanto, nosotros seguimos atrapados en una contradicción fascinante, exigimos privacidad, pero publicamos nuestra vida, desconfiamos de quien recopila datos, pero ahí andamos entregando datos constantemente.

Nos preocupa que alguien sepa demasiado sobre nosotros, aunque llevemos años documentando voluntariamente dónde comemos, dónde viajamos, qué pensamos, qué compramos y hasta qué serie de Netflix estamos viendo.

No es hipocresía. Es algo peor, costumbre, porque nos acostumbramos tanto a intercambiar información por comodidad que dejamos de notar el intercambio y cuando finalmente alguien nos recuerda que nuestros datos tienen valor, reaccionamos como quien descubre que el casino siempre gana.

Mi amigo siguió echando de su ronco pecho durante varios minutos más. Habló de vigilancia, de libertades, de excesos gubernamentales y de escenarios catastróficos dignos de una serie distópica de bajo presupuesto. Cuando terminó su discurso, desbloqueó el teléfono con reconocimiento facial, aceptó una actualización de términos y condiciones que no leyó, compartió una ubicación por WhatsApp y subió una fotografía desde el café donde estábamos.

Entonces entendí que la discusión nunca fue realmente sobre un registro telefónico sino sobre esa curiosa necesidad humana de creer que todavía controlamos algo.

Y quizá por eso el debate resulta tan apasionado porque en el fondo no estamos discutiendo sobre una línea de celular. Estamos discutiendo la incómoda sensación de descubrir que la privacidad lleva años desapareciendo mientras nosotros estábamos muy ocupados publicando historias para notarlo.

Mi amigo guardó el teléfono y dio por terminada la conversación. Yo terminé mi café observando aquella pequeña contradicción que compartimos casi todos.

Porque si aquello era el funeral de la privacidad, había que reconocer una cosa, la fallecida llevaba años muerta.

Nosotros apenas estamos llegando al velorio. Y, por supuesto, confirmamos asistencia desde el celular.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *