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Descenso y tormenta en el rancho Nopá / Crónicas de frontera

Descenso y tormenta en el rancho Nopá / Crónicas de frontera
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©️ Descansando un momento. Ilustración de Catherwood. c1840.

Antonio Cruz Coutiño

Yo subía y bajaba con cada respiración; sentía su cuerpo temblar bajo el mío, y sus rodillas parecían flaquear. El precipicio era espantoso, y el más leve movimiento irregular de mi parte podría arrojarnos juntos hasta el fondo. Le habría relevado por lo que faltaba de la jornada, con su paga completa por el resto del viaje, con tal de bajarme de su espalda; pero otra vez se puso en marcha y, con el mismo cuidado, ascendió varios pasos, tan cerca de la orilla que aún sobre el lomo de una mula hubiera sido desagradable. Mi temor de que no aguantara o que tropezara era excesivo.

Al fin, para mi alivio, la senda se apartó del precipicio; más, apenas me congratulaba de mi escape cuando descendió algunos pasos. Esto era mucho peor que la subida; si él caía, nada podría librarme de ser lanzado sobre su cabeza; pero allí permanecí hasta que me bajó por su propia voluntad. El pobre muchacho estaba bañado en sudor, y cada uno de sus miembros le temblaba. Ya otro estaba listo para levantarme, pero yo ya había tenido suficiente.

Pawling la probó, pero sólo por corto tiempo. Era bastante desagradable ver a un indio esforzándose con un peso muerto en las espaldas; pero sentirlo temblar bajo nuestro propio cuerpo, oír su penosa respiración, ver además el sudor chorrearle y sentir la inseguridad de nuestra posición, hacían de este modo de viajar [algo] que nada más una pereza y una insensibilidad ingénitas podrían soportar. Andando a pie o, mejor dicho, trepando, deteniéndonos muchas veces para descansar, y montando cuando esto era posible, llegamos a un cobertizo techado con paja, donde deseábamos pasar la noche, [aunque] no había agua.

No pudimos entender a qué distancia se hallaba Nopá, lugar donde pretendíamos detenernos, el cual suponíamos estaba en la cumbre de la montaña. A cada pregunta los indios contestaban “una legua” [4.2 km]. Pensando que no podría estar mucho más arriba, continuamos. Durante otra hora ascendimos una empinada cuesta, y en seguida comenzamos un terrible descenso. Por entonces el sol había desaparecido; negros nubarrones se cernían sobre la selva, y el trueno rodaba pesadamente sobre la cima de la montaña.

A medida que bajábamos, un fuerte viento azotaba el monte; el aire estaba lleno de hojas secas; las ramas chasqueaban y se rompían, los árboles se encorvaban, y se veían todas las señales de una violenta tormenta. Bajar apresuradamente a pie estaba fuera de toda consideración. Estábamos tan cansados que eso era imposible; y, temerosos de vernos sorprendidos en la montaña por un huracán o un aguacero torrencial, bajamos espoleando [a las bestias] tan rápido como nos fue posible. Era un descenso continuo, sin ningún descanso, pedregoso y escarpado.

A menudo las mulas se detenían, temerosas de seguir adelante; y en [algún] lugar, las dos [bestias] de repuesto salieron disparadas hacia la tupida selva en vez de proseguir. Afortunadamente para el lector, esta es nuestra última montaña, y puedo finalizar honradamente con un clímax: fue la peor de todas las montañas que jamás haya encontrado en esa o en cualquier otra región [del mundo] y, por causa de nuestros temores de que estallara la tormenta, me atrevo a decir que ningún viajero la bajó nunca en menos tiempo.

A las cinco menos cuarto llegamos al llano. La montaña se encontraba oculta por las nubes, y la tormenta batía ahora con furia por encima de nosotros. Cruzamos un río [seguramente el río Chacamax] y, siguiendo a lo largo del mismo a través de una tupida selva, llegamos al rancho de Nopá.

Estaba situado en un claro circular como de cien pies de diámetro [treinta metros], cerca del río, con la selva alrededor tan tupida de maleza y matorrales que las mulas no podían penetrarla, y con ninguna abertura más que el paso del camino a través de ella. El rancho no era sino un techo en declive cubierto con hojas de palmera, sostenido por cuatro troncos de árboles [horcones]. Por todo el derredor había montones de conchas de caracol [shuti, el Pachychilus largillierti de pachychílidos], y el piso del rancho tenía varias pulgadas de ceniza, restos de los fuegos usados para cocerlos.

Apenas acabábamos de congratularnos por nuestro arribo a tan bello lugar, cuando ya habíamos sufrido la embestida de los mosquitos, como jamás habíamos experimentado en la región. Encendimos una fogata y, con el apetito aguzado por [el] penoso día de trabajo, nos sentamos sobre el césped a disponer de una gallina de San Pedro; pero nos vimos obligados a levantarnos y, mientras ocupábamos una mano en los [alimentos], usábamos la otra para sacudirnos los insectos ponzoñosos.

Pronto notamos que había una mala perspectiva para esa noche; encendimos fuegos por todo el contorno del rancho, y fumamos desordenadamente. No teníamos prisa alguna por acostarnos y permanecimos sentados hasta una hora avanzada, consolándonos con el pensamiento de que, si no fuera por los mosquitos, nuestra satisfacción seria ilimitada. El borde oscuro del claro se veía alumbrado por luciérnagas de extraordinario tamaño y brillantez, que revoloteaban por entre los árboles; no brillaban y desaparecían, sino que mantenían una luz fija; y, salvo por su ruta serpentina, semejaban estrellas errantes.

En diferentes lugares había dos que permanecían quietas, emitiendo una pálida pero hermosa luz, [mismas que] parecían señoritas rivales en día de recepción. Los encendidos círculos revoloteaban de una a otra; y cuando alguno más atrevido que los demás se aproximaba demasiado, la coqueta retiraba su luz y el agitador partía. Una, sin embargo, las atrajo a todas frente a ella, y contamos hasta siete revoloteando a su alrededor.
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