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El cobrador

El cobrador
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José Luis Castillejos

Antes de escribir columnas, Rodrigo Ramón Aquino aprendió a leer rostros.

Lo hacía desde la puerta abierta de una combi en la ruta Tuxtla Chico-Tapachula, con medio cuerpo afuera, una mano aferrada al vehículo y la otra cobrando monedas que iban y venían entre pasajeros apretados por el calor.

Era niño-adolescente y su trabajo consistía en gritar destinos, recordar quién había pagado, acomodar donde ya no había espacio y reconocer, casi por instinto, quién levantaría la mano unos metros adelante.

La combi avanzaba por esa frontera del sur de México donde todo parece estar de paso y, al mismo tiempo, todo deja huella. Ahí viajaban comerciantes, campesinos, estudiantes, mujeres que regresaban del mercado y migrantes centroamericanos con esa forma discreta de mirar de quienes aprendieron que llamar la atención puede ser peligroso.

Rodrigo cobraba pasajes, pero también iba juntando historias.

Quizá todavía no lo sabía.

Tuxtla Chico, su lugar de origen, está en esa franja del Soconusco donde México y Guatemala se observan todos los días. La frontera no vive únicamente en los documentos ni en las garitas: aparece en los acentos, en la comida, en los apellidos, en la manera en que las personas aprenden a despedirse.

Ahí creció sin su padre en casa. Las ausencias familiares rara vez dejan espacios vacíos; casi siempre alguien, algo o la propia vida termina ocupándolos.

En su caso apareció el doctor José Bartolo Córdoba Ávalos: médico familiar, guía de la Iglesia Mormona y Maestro de Física y Química en una secundaria pública. Un hombre que podía hablar del cuerpo, de las fórmulas y de la fe sin cambiar de personaje.

De él guarda una frase: “Peor que la ignorancia es saber y no hacer”.

Pero la otra enseñanza llegó en movimiento. En aquella combi donde cada pasajero traía un pedazo del mundo.

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