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Entre Bachajón, Chilón y Yajalón / Crónicas de frontera

Entre Bachajón, Chilón y Yajalón / Crónicas de frontera
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Antonio Cruz Coutiño

Dejamos Ocosingo a las ocho y cuarto. Nuestros ayudantes me produjeron una impresión tan insignificante que he olvidado enteramente a cada uno de ellos [sic]. En verdad, este fue el caso durante todo el viaje. En otras regiones un arriero griego, un barquero árabe o un guía beduino eran [verdaderos] compañeros; aquí la gente no tenía carácter, y nada había que nos pudiera interesar excepto sus espaldas [sic]. Cada indio llevaba, además de su carga, una bolsa de red [morral o talega] que contenía sus provisiones para el camino; es decir, unas cuantas tortillas y grandes bolas de maíz amasado envuelto en hojas. Una taza para beber, que, siendo la mitad de una calabaza [huacal o jícara, Cresentia cujete de bignoniáceas], llevaba a veces sobre la cabeza.

En cada corriente llenaba de agua su taza, dentro de la cual batía un poco de su [masa de] maíz, haciendo una especie de potaje frío [pozol]; y esto, por toda la región, es lo que sostiene la vida de los indios durante [los] viajes.

En media hora pasamos a cierta distancia, sobre nuestra derecha, grandes montículos, en otros tiempos estructuras que formaban parte de [alguna] antigua ciudad [probablemente los cerros Chixtontic, Taravía y Chisnahuite]. A las nueve de la mañana cruzamos el río Grande o Huacachahoul [probablemente el río Bachajón], seguimos por alguna distancia sobre la ribera, y pasamos tres saltos que se extendían sobre el rocoso lecho del río, único y singular en hermosura [cascada Joybé o Tzobojitle Jotoaquil]; y probablemente muchos más del mismo estilo estarán rompiéndose, inadvertidos e ignorados en medio de la soledad por donde fluyen; [aunque] al dar la vuelta por una escarpada montaña, los perdimos de vista.

El camino era quebrado y montañoso. No encontramos ni una sola persona, y a las tres de la tarde, moviéndonos en dirección norte-noroeste, entramos al pueblo de Huacachahoul [Bachajón], situado en un paraje abierto, rodeado de montañas y poblado enteramente de indios incultos, más rústicos y salvajes que ninguno de los que hasta entonces habíamos visto [sic]. Los hombres andaban sin sombrero, pero usaban un largo cabello negro que les llegaba a los hombros; y los ancianos y las ancianas, con semblante áspero y macilento y ojos oscuros y redondos, tenían apariencia de no haber sido bautizados.

No nos saludaron, y su mirada, salvaje pero penetrante, hizo que nos sintiéramos algo nerviosos. Un grupo de pequeñas y pequeños desnudos, llamaron al señor Catherwood “tata”, al confundirlo con un padre [sacerdote cristiano]. Tuvimos cierta aprensión en cuanto dejamos atrás el pueblo y nos sentimos encerrados en un territorio de indios salvajes. Nos detuvimos una hora junto a una corriente de agua, y a las seis y media llegamos a Chilón, donde, para nuestra sorpresa y alegría, encontramos un subprefecto. Un hombre blanco e inteligente, que había viajado hasta San Salvador y conocía al general Morazán [José Francisco Morazán Quezada, 1792-1842, gobernante hondureño]. Estaba ansioso por saber si había alguna revolución en Ciudad Real, pues con la flexibilidad que conviene a un empleado público, deseaba manifestar su adhesión al [nuevo] gobierno.
A la mañana siguiente, a las siete menos cuarto, emprendimos la marcha con una nueva cuadrilla de indios. El camino era bueno hasta Yahalón [Yajalón], a donde llegamos a las diez en punto. Antes de entrar allí nos encontramos a una muchacha india que iba con su padre, de extraordinaria belleza de rostro, usando el traje [propio del lugar], pero con una modesta expresión en el semblante que, todos notamos particularmente como prueba de su inocencia y de su falta de conocimiento acerca de que algo malo pudiera haber en su apariencia.

Cada pueblo que pasábamos se hallaba en muy pintoresca posición, y aquí la iglesia era [bastante] eficaz, [y] al igual que en los pueblos precedentes, estaba en reparación.

En este punto nos vimos obligados a tomar otro grupo de indios [cargadores], y quizás hubiéramos perdido el día a no ser por el párroco, quien nos proporcionó algunos hombres que trabajaban en la iglesia. A las once y cuarto nos pusimos otra vez en marcha; a la una menos cuarto nos detuvimos para comer a la orilla de un arroyo. En este sitio nos alcanzó un joven indígena, con un rostro inteligente, quien se sentó a mi lado y dijo, en español notoriamente bueno, que debíamos guardarnos de los indios. Yo le di unas tortillas. Rompió un pequeño pedazo, y asiéndolo con los dedos, me miró, y con gran énfasis dijo que ya había comido lo suficiente; que de nada le servía comer; comía todo lo que podía conseguir y a pesar de ello no engordaba; y metiendo su lívido rostro en el mío, dijo que me fijara cuán delgado estaba.

Su rostro era apacible, pero una expresión accidental lo delató como un maniático; y entonces observé en su cara y por todo su cuerpo, las manchas blancas de la lepra y me aparté de él. Procuré persuadirlo de que regresara al pueblo, pero dijo que le era indiferente regresar o no; que lo que necesitaba era un remedio para su delgadez.

Pronto llegamos a las márgenes del río Yahalón [Yajalón]. El calor era excesivo, el río estaba tan claro como pudiera serlo el agua, y nos detuvimos para gozar de un delicioso baño. Después de esto comenzamos a subir una empinada montaña, y cuando estábamos a cierta altura vimos al pobre enloquecido muchacho indígena, parado en el mismo lugar a la orilla del río. A las cinco y media, tras un trabajoso ascenso, llegamos a la cima de la montaña, y continuamos a lo largo de los bordes de una meseta a varios miles de pies de altura, mirando hacia abajo un inmenso valle; y torciendo a la izquierda, cerca del extremo de la selva, entramos a los arrabales de Tumbalá.

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Pie de foto:
©️ Dibujo de Catherwood. Cuesta arriba. c1840.

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