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Toniná y el capitán Dupaix 1807 / Crónicas de frontera

Toniná y el capitán Dupaix 1807 / Crónicas de frontera
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©️ Dibujo de Catherwood. Presionando para avanzar. c1840.

Antonio Cruz Coutiño

El señor Catherwood se arrastró al interior para hacer un dibujo de ellos, pero, a consecuencia del humo de las velas, de la estrechez [del espacio] y del excesivo calor, era imposible permanecer allí el tiempo suficiente. En apariencia general y carácter, eran iguales a las que más tarde vimos esculpidas sobre piedra en Palenque.

Por medio de un árbol que crecía junto al muro de este edificio subí hasta la parte superior, y vi otro edificio muy cerca, encima de una estructura aún más elevada. Trepamos hasta ella y la encontramos del mismo modelo general, pero más deteriorada. Al descender pasamos entre otros dos edificios situados sobre elevaciones piramidales, y salimos a una abierta meseta que probablemente había sido en otro tiempo el asiento de la ciudad.

Estaba protegida por todos lados mediante las mismas elevadas terrazas, dominando a lo largo de una gran distancia todo el campo en derredor; lo que hacía imposible que [potenciales] enemigos se aproximasen por cualquier dirección sin ser vistos. Al otro lado de la meseta había un elevado y angosto terraplén. Que parecía en parte natural y en parte artificial, sobre el cual, a cierta distancia, se encontraba un montículo con los cimientos de un edificio que probablemente había sido una torre. Más allá de este, el terraplén se extendía hasta unirse a una cordillera de montañas.

En los pocos libros que he tenido a mi alcance no he podido averiguar absolutamente nada acerca de la historia de este lugar, ni si existía o no en la época de la Conquista. Me siento inclinado a creer, sin embargo, que sí existía, y que se hace mención de él en los escritos de algunos autores españoles. De todas maneras, no había lugar alguno que hubiéramos visto que nos diese idea de la grandeza de las obras erigidas por los primitivos habitantes.

Apremiados como estábamos, determinamos quedarnos y realizar una exploración completa.

Ya casi anochecía cuando regresamos al pueblo. Inmediatamente visitamos al alcalde, pero desde el umbral mismo encontramos atraso y demora. Nos repitió la advertencia del maestro de escuela acerca de que nada se podía hacer apresuradamente. Se necesitarían dos días para reunir hombres y herramientas, y de estas últimas no podían conseguirse las del tipo que se requería. No había una barreta de hierro en el lugar; más el alcalde dijo que se podía hacer una, y al mismo tiempo dijo que no había hierro; había medio-herrero, pero no se podía conseguir hierro en ningún lugar más cercano que Tabasco, como a ocho o diez días de camino.

Mientras estábamos con él se nos vino encima otra terrible tempestad. Regresamos apresuradamente en medio de ella, y determinamos seguir sin tardanza rumbo a Palenque. Tengo la firme convicción de que en este lugar hay mucho con qué recompensar al futuro viajero. Se nos informó que existían otras ruinas como a diez leguas de distancia, a lo largo de la misma cordillera de montañas; y a nuestros ojos esto le confería un interés adicional. Por la circunstancia de que ese sería el mejor punto desde el cual intentar el descubrimiento de la misteriosa ciudad vista desde la cumbre de las cordilleras.

En Ocosingo nos hallábamos sobre la línea de viaje del capitán Dupaix [Guillaume Joseph Dupaix, 1746-1818, anticuario belga], cuya gran obra sobre antigüedades mexicanas, publicada en Paris en 1834 y 1835, despertó la atención de los sabios de Europa. Su expedición a Palenque se realizó en 1807. Llegó a este lugar desde la ciudad de México, en comisión del gobierno, asistido por un dibujante y un secretario, y parte de un regimiento de dragones.

“Palenque —dice él— está a ocho días de marcha desde Ocosingo. El viaje es [en extremo] fatigoso. Los caminos, si se les puede llamar así, son sólo angostas y difíciles veredas, que serpentean a través de montañas y precipicios, [mismos que] es necesario seguir algunas veces en mulas, otras a pie, otras en hombros de los indios, y otras veces en hamacas. En ciertos lugares se hace necesario pasar sobre puentes, o, mejor dicho, sobre troncos de árboles mal asegurados, y por terrenos cubiertos de bosques, desiertos y despoblados, y dormir al aire libre, exceptuando unos pocos pueblos y chozas.

“Teníamos con nosotros treinta o cuarenta indios vigorosos para cargar nuestro equipaje y hamacas. Después de haber experimentado en este largo y penoso viaje toda clase de fatigas e incomodidades, llegamos, gracias a Dios, al pueblo de Palenque”.

Este era el viaje que ahora teníamos frente a nosotros, y, de acuerdo con las etapas que habíamos preparado para evitar dormir al aire libre durante la noche, debíamos efectuarlo en cinco días en vez de ocho. Los terribles aguaceros de las dos noches anteriores nos habían inoculado una especie de terror, y Pawling estaba completamente desalentado en su propósito de continuar con nosotros. La gente del pueblo le contó que una vez que las lluvias se hubieran establecido plenamente, sería imposible dar marcha atrás; y por la mañana, aunque de mala gana, decidió precipitadamente dejarnos para regresar.

Nosotros no queríamos separarnos de él, pero bajo tales circunstancias, no podíamos insistir en que continuara. Nuestro equipaje y los pequeños enseres que habíamos usado en común fueron separados; el señor Catherwood se despidió de él y se adelantó; [aunque] mientras montaba, y al momento de darle la mano para seguir nuestras rutas opuestas, le hice una propuesta que lo indujo de nuevo a cambiar su determinación, a riesgo de permanecer al otro lado de las montañas hasta que la estación de lluvias terminase.

En pocos minutos dimos alcance al señor Catherwood. El hecho es que nosotros teníamos algunos temores por lo malo de los caminos. Nuestra ruta se extendía a través de una [comarca] indígena, en algunas de cuyas partes los indios tenían un carácter notoriamente malo [sic]. No llevábamos dragones, nuestro grupo de auxiliares era pequeño, y, en realidad, no contábamos con un solo hombre en quien pudiéramos confiar. En tal estado de cosas, las pistolas y la escopeta de dos cañones de Pawling eran un asunto de alguna significación.

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