
Edgar Hernández Ramírez
La oposición leyó la carta de AMLO como siempre lee todo lo que viene del obradorismo: con el hígado primero y el cerebro después.
Dicen que López Obrador “estorba” a la presidenta Claudia Sheinbaum, pero esa lectura es floja. Si un expresidente sale a decir “apoyo sin condiciones a la presidenta”, eso no debilita a la presidenta, la fortalece. La oposición quisiera vender la idea de que Sheinbaum está tutelada, pero la carta hace exactamente lo contrario: cierra filas alrededor de ella en un momento de presión externa. En política, cuando el adversario intenta abrir grietas, la unidad no es estorbo, es defensa.
También dicen que la carta distrae del tema del narcotráfico. Falso dilema. Una cosa no cancela la otra. México debe investigar cualquier acusación seria, venga de donde venga, pero eso no significa aceptar sin chistar que Washington convierta sus expedientes, filtraciones, visas, agencias y declaraciones en instrumentos de presión política. Defender la soberanía no es defender criminales. Defender la soberanía es decir: si hay pruebas, que se presenten; si hay delitos, que se investiguen; pero México no puede gobernarse al ritmo de los intereses electorales de Estados Unidos.
La oposición quiere que creamos que todo señalamiento extranjero es automáticamente verdad si golpea a Morena. Ese es su problema, confunden justicia con revancha y soberanía con propaganda. Si mañana una agencia estadounidense acusa a uno de los suyos, pedirían debido proceso, pruebas, respeto institucional y presunción de inocencia. Pero como el golpe viene contra sus adversarios, entonces se vuelven súbitamente fanáticos de la justicia gringa.
La carta de AMLO no es inocente, claro que no. Es política pura. Pero precisamente por eso hay que leerla bien. No es una carta sentimental ni una postal desde Palenque. Es un mensaje de contención: a Sheinbaum le dice “no estás sola”; a Morena le dice “cierren filas”; a la oposición le dice “no se monten en la presión extranjera”; y a Trump le dice “todavía puedes negociar como jefe de Estado, no como rehén de tus halcones”.
La oposición se burla de la frase “que regrese el otro Trump”, pero ahí está la jugada. AMLO no rompe el puente con el presidente estadounidense; le deja una salida. Le dice: tú antes negociaste, tú antes respetaste ciertos límites, tú antes entendiste que México no es patio trasero. Es una forma de presionarlo sin cerrar la puerta. Eso, en diplomacia, vale más que cien discursos inflamados.
Lo más curioso es que quienes acusan a AMLO de usar políticamente la carta están haciendo exactamente lo mismo. Quieren convertir la tensión México-EU en munición electoral contra Sheinbaum. No les importa si eso debilita la posición negociadora del país. Su cálculo es simple: si a Morena le va mal, aunque sea por presión extranjera, ellos creen que ganan.
Pero ahí está el error. En una coyuntura de presión externa, la oposición debería cuidar no parecer sucursal emocional de Washington. Puede criticar al gobierno, exigir investigaciones y pedir resultados en seguridad; eso es legítimo. Lo que no puede hacer, sin pagar costo político, es celebrar cualquier golpe extranjero como si fuera triunfo propio.
La carta de AMLO no resuelve todos los problemas ni absuelve a nadie. Pero sí coloca el debate donde debe estar: México puede cooperar con Estados Unidos, sí; puede combatir al crimen, sí; puede investigar a sus funcionarios, sí. Pero no puede aceptar que otro país use la seguridad como pretexto para meter la mano en su política interna.
La oposición quiso leer una carta de miedo. Lo que hay, más bien, es una carta de advertencia. Y la advertencia es sencilla: en México se puede disputar el poder, pero no se debería disputar la soberanía.
La oposición no está obligada a defender a AMLO, pero sí debería tener tantito pudor antes de aplaudir presiones extranjeras sólo porque cree que le convienen electoralmente.


