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Desde Ocosingo excursión a Toniná / Crónicas de frontera

Desde Ocosingo excursión a Toniná / Crónicas de frontera
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Antonio Cruz Coutiño

En breve, tras la salida del rancho, y aproximadamente a una milla de distancia, distinguimos sobre una alta eminencia, a través de claros entre los árboles que crecían en uno de los edificios de Tonilá [Toniná], nombre indígena que en esta región sirve para designar casas de piedra. Al aproximarnos a ella pasamos sobre un terreno plano frente a dos imágenes de piedra que yacían en el suelo, con las caras hacia arriba; estaban bien esculpidas, pero los grabados se hallaban un tanto deteriorados a consecuencia de la larga exposición a la intemperie, aunque todavía claros.

Los dejamos y seguimos sobre nuestras monturas hasta el pie de una elevada estructura, probablemente una fortaleza, que se levantaba en forma piramidal, con cinco espaciosas terrazas. Todas estas [explanadas] habían sido cubiertas con piedra y revestidas de argamasa, pero en muchos lugares estaban rotas y cubiertas de hierba y maleza.

Aprovechando una de las partes rotas subimos al primer declive, y, siguiendo la plataforma de la terraza, ascendimos por otra brecha hasta la segunda, y del mismo modo hasta la tercera. Allí amarramos nuestros caballos y escalamos a pie. Sobre la cima había una estructura piramidal cubierta de árboles, que soportaba al edificio que habíamos divisado desde el llano. Entre los árboles había varios limoneros silvestres, cargados de frutos de muy buen sabor, los que, si no fueron traídos por los españoles, deben ser indígenas.

El edificio tiene cincuenta pies de frente y treinta y cinco de fondo, y está construido con piedra y cal, y todo el frente estuvo alguna vez cubierto con estuco, del cual, parte de la cornisa y las molduras aún permanecen. La entrada se [efectúa] por una puerta de diez pies de ancho [tres metros] que conduce a una especie de antecámara en cada uno de cuyos lados hay una pequeña puerta que da acceso a una habitación de diez pies cuadrados. Los muros de estas habitaciones estuvieron en otro tiempo cubiertos con estuco, el cual ya se había desprendido; parte del techo se había vencido, y el piso estaba lleno de escombros.

En uno de ellos encontramos la misma sustancia resinosa que habíamos notado en el sepulcro de Copán [Honduras]. El techo estaba formado de piedras, puestas una junto a otra en el estilo habitual [el arco falso, típico de la civilización maya], e integrando una aproximación tan cercana al arco como la que hicieron los arquitectos del viejo mundo.

En el muro posterior de la cámara central había una entrada del mismo tamaño que la del frente, [misma que] conducía a un aposento sin división alguna; pero en el centro había un espacio oblongo cerrado, de dieciocho por once pies, que, evidentemente estaba concebido como la parte más importante del edificio. La puerta se hallaba obstruida por escombros hasta unos cuantos pies de su límite superior, pero sobre ella, y extendiéndose a lo largo de todo el frente de la estructura, había un gran ornamento de estuco, el cual desde el principio nos impresionó fuertemente por su admirable parecido al “globo alado” que se encuentra sobre las puertas de los templos egipcios.

Parte de este ornamento había caído al suelo y, al chocar con el montón de escombros que estaban debajo, había rodado al otro lado de la puerta de entrada. Intentamos empujarlo hacia atrás para restablecerlo a su sitio, pero resultó excesivamente pesado para la fuerza de cuatro hombres y un muchacho. La parte que queda se representa en el grabado, y difiere en detalle del globo alado. Las alas están invertidas; queda un pedazo de un ornamento circular que pudo haber sido concebido como globo, pero no hay restos de serpientes entrelazándolo.

Había otro rasgo sorprendente en esta puerta: el dintel era ¡Una viga de madera!, de qué clase no lo sabíamos, pero nuestro guía dijo que era del árbol zapote [chicozapote, Manilkara achras, o Achras chicle de sapotáceas]. Era tan dura que al golpearla sonaba como metal, y se hallaba en perfectas condiciones; sin un agujero de polilla o señal alguna de deterioro. La superficie era tersa y plana, y tras un minucioso examen, llegamos a la conclusión de que debía haber sido desbastada con un instrumento de metal.

La abertura debajo de esta puerta era la que el alcalde había señalado como “la boca de la cueva que conducía a Palenque”, y la que, de pasada, nos había contado que estaba tan completamente escondida en el monte que se requerirían dos días de cavar y limpiar antes de llegar a ella. Nuestro guía se rio de la ignorancia que prevalecía en el pueblo con respecto de la dificultad [para] llegar a ella, pero con firmeza sostuvo la historia de que conducía a Palenque. No pudimos inducirlo a que penetrara al interior. Un atajo hasta Palenque era exactamente lo que necesitábamos. Me quité la chaqueta, y, echándome sobre el pecho, comencé a arrastrarme por debajo. Cuando había avanzado como la mitad del largo de mi cuerpo, oí un espantoso silbido, y saltando hacia atrás vi un par de ojos pequeños, que en la oscuridad brillaban como bolas de fuego.

No vale la pena mencionar la porción exacta de tiempo que ocupé en salir. Mis compañeros habían oído el ruido, y el guía dijo que era “un tigre” [probablemente un jaguar]. Yo pensé que era un gato montés; más, sea lo que fuere, decidimos hacerle un disparo. Dábamos por supuesto que el animal saltaría tras nosotros, y en pocos momentos nuestras escopetas y pistolas, espadas y machetes, estuvieron preparados. Habiendo tomado nuestras posiciones, Pawling reclinándose junto al muro, metió por debajo un largo palo, y con un ruido horrible revoloteó un enorme zopilote, que aleteó por el edificio y se refugió en otra cámara.

Una vez pasado el peligro, renové el intento, y sosteniendo una vela frente a mí, pronto descubrí la extensión total de “la cueva que conducía a Palenque”. Era una cámara que correspondía a las dimensiones de los muros exteriores, que ya hemos dado. El piso se encontraba lleno de escombros de dos o tres pies de profundidad; los muros estaban cubiertos con figuras de estuco, entre las [que] se distinguía la de un mono, y contra el muro del fondo, en medio de curiosos e interesantes ornamentos, había dos figuras de hombres de perfil, con las caras vueltas una hacia la otra, bien dibujadas y de tamaño natural, pero con los pies ocultos por los escombros que había sobre el piso.

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© En el sendero. Mulas de carga.

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