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Ludotecas / Al Sur con Montalvo

Ludotecas / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Ana Karen, Anoche recibí correo de Eugenia. Prometí responderle de inmediato, pero ahora no encuentro las palabras justas para expresarle mi beneplácito por la sonrisa amplia que reflejan sus frases. Sólo puedo constatar que efectivamente, las palmas de las manos son los colchones en que duermen nuestros destinos.

Ella tuvo un sueño algún día, lo amasó, lo acrecentó. El sueño la condujo a la ilusión y el deseo a la acción. Hoy acumula otros sueños más y un cofre lleno de realizaciones, es una de esas extrañas personas que nunca han tenido una pesadilla o que supieron sacar a tiempo una pierna fuera de las sábanas para escapar a tiempo de un mal sueño.

Aún no tengo claro si ella es profundamente lúdica por haber descubierto el placer de las ludotecas o llegó a interesarse en éstas por ser entrañablemente lúdica. Más bien creo en lo segundo, porque su madre le enseñó las ventajas del juego, el placer de jugar y el afán de crear, jugando.

El juego desplaza al relajo que carece de reglas y de sentido. El juego aglutina, congrega, organiza, traza reglas y procura la sana competencia bajo objetivos precisos y metas alcanzables. El relajo, por el contrario, distrae los sentidos, nos hace perder la brújula de lo importante para perdernos en la risa idiota del sin sentido. El relajo consume el tiempo inútilmente y al final nos queda la sensación de vivir en medio de un velorio, de esa fiesta sin anfitrión.

A Eugenia, ya no recuerdo cómo la conocí, pero sí mantengo firme la idea de cómo la he ido descubriendo al paso del tiempo; porque a las personas no se les conoce, se les descubre poco a poco,  a través de ese hilo que enlaza nuestros pensamientos por medio de la palabra, y en ocasiones, a través de los silencios.

Ambos compartimos el interés por las ludotecas; ambos desearíamos ver una ludoteca en cada ciudad, en cada pueblo, en los rincones más alejados de las urbes. Un día imaginábamos el futuro viendo tantas ludotecas como cantinas existen en el mundo. Lugares propicios para despertar y cultivar la imaginación de los niños, canalizar la rebeldía de los jóvenes, apaciguar las angustias de los adultos y recrear las hazañas de los ancianos.

Pero la realidad es diferente, y me temo que en Tapachula existen cerca de quinientas cantinas por cada biblioteca, y no creo exagerar. Lo mismo sucede en el resto de municipios de Chiapas.

El asunto de las ludotecas nos condujo al tema de los hijos, la familia, los compañeros de trabajo, los vecinos de la cuadra y las amistades que siempre son contadas. Hasta hoy, disfruto de las charlas con Eugenia quien detesta hablar mal de la gente porque sabe que cuando la boca estalla, hiere irreparablemente a las personas y nada se puede remediar una vez lanzada la granada. Sus pies se alejan presurosos de la gente necia y busca en sus dos hijas el nicho donde cobijar sus anhelos.

El amor nunca llega si no es a través de la admiración. No se puede amar sin admirar, eso ya se sabe. Eugenia y Miguel se encontraron en un cruce de caminos, donde ambos continuaron por la misma ruta caminando al parejo tras una idea que no se cristalizó, pero en ese andar, se descubrieron como personas y hoy comparten sus juegos con las hijas de Eugenia.  Esa idea me llena de emoción.

Las ideas no llegan solas, vienen acompañadas de intenciones de otros quienes comparten el mismo interés. Pati también coincide en la necesidad de crear ludotecas y bibliotecas virtuales, de modernizar las actuales y multiplicar las municipales. Chiapas debiera contar cuando menos con 40 bibliotecas esparcidas en sus localidades, desde el mar hasta la sierra; al menos con tres ludotecas bien diseñadas para hacerlas proliferar con inversión privada como lo han hecho algunos Cyber cafés.

Jugar significa aprender, reproducir y mejorar la realidad; crear nuevas opciones, explorar alternativas impensables. Jugar es ejercer el intelecto para aprender a resolver problemas antes de caer en los lamentos. Por eso, Chiapas también requiere de espacios deportivos en cada colonia, canchas de usos múltiples, donde las familias puedan congregarse en torno a la competencia que engrandece y dejar la banqueta con la “chela” en la mano que poco a poco envilece.

Mientras charlaba con Pati, imaginaba a los propietarios de predios baldíos invertir su dinero en la creación de canchas particulares para la práctica de fútbol de salón o en la instalación de ludotecas, que sumadas a las municipales ya no dieran opción al ocio estéril y malsano.

Justo, en Tapachula, observaba a muchos jóvenes divertirse en las canchas del parque de la onceava, jugando sin tregua bajo el torrencial aguacero. Los pueblos cultos del mundo han aprendido a través del juego a cultivar la mente, el espíritu y el cuerpo; cuando el arte de jugar desaparece, todo se degrada. Con el juego surge la risa, el ánimo de competir y la derrota no es más que un desafío para buscar el triunfo.

Conocí el concepto de las ludotecas en un programa de la BBC de Londres transmitido en 1980, donde narraban la iniciativa de la UNESCO por establecer el programa de ludotecas con los ministerios de educación, especialmente en los países en vías de desarrollo. Más tarde, supe que la UNAM contaba con su propia ludoteca y otras universidades de México impulsaban este proyecto.

Así surgió la idea del Museo del Papalote en la ciudad de México, donde lo único que está prohibido es NO TOCAR TODO cuanto se encuentra exhibido. Los niños y jóvenes disfrutan manipulando las máquinas, palpando las texturas de los juguetes, experimentando la sensación que producen los aparatos instalados.

En cada municipio chiapaneco, la Ciudad de la Ciencia sería también una buena opción complementaria a las ludotecas. Lo digo en voz alta y algunos me miran con cara de what?, menos Pati con quien comparto esta idea suya de modernizar las bibliotecas y promover las ludotecas.

El error de muchos es pensar que el desarrollo se finca en la construcción de caminos, infraestructuras costosas, financiamientos a la producción, servicios públicos sofisticados y obras por todas partes. El desarrollo de los pueblos inicia con la obra humana, no con la obra pública que es simplemente su medio, no su fin.

La obra humana conduce a la cultura y la cultura, a la convivencia en armonía alejándonos de la simple coexistencia. Las LUDOTECAS contribuyen a la comprensión de nuestra realidad, a comprendernos los unos a los otros, a descubrir que siempre hay soluciones y en vez de quedarnos instalados en la angustia, nos enseña a encontrar las salidas posibles.

La cultura no es una sucesión de presentaciones artísticas culteranas, de exposiciones pictóricas de élite, muestras de teatro a las que nadie acude; cine internacional que a pocos les interesa. Todo ello forma parte de la cultura, sin duda alguna, pero no es suficiente ni conveniente iniciar por ahí. La cultura inicia cuando el hombre es capaz de mirar hacia adentro, explorar en su interior sus capacidades e ideas y a partir de ahí, motivar el deseo por transformar la realidad.

La cultura no nace fuera de nosotros, se hace y se construye a partir de nosotros quienes la creamos o la reproducimos. La cultura inicia con la admiración de nuestra propia historia como personas, como comunidad, municipio y Nación. La cultura es un cúmulo de hábitos que nos conduce a no tirar la basura fuera de su lugar; a respetar las puertas abiertas de una casa, a respetar las propiedades de las personas y a las personas mismas.

La cultura no se carga bajo el brazo en forma de libros, se expresa en palabras y acciones cotidianas que nos conducen a la convivencia. Un pueblo culto requiere de menos leyes y reglamentos que un pueblo inculto y salvaje. Mientras más policías, leyes, reglamentos y prohibiciones se requieran, más será el grado evidente de atraso cultural que exprese un pueblo. La cultura no se decreta ni se alcanza con mercados, centrales de abasto, puentes o vías rápidas, sino con actitudes que conducen al desarrollo de nuevas aptitudes y mejores actitudes.

Por la tarde acudí a la colonia Delicias, desde donde se disfruta de un paisaje tapachulteco pleno de vegetación y de una vista panorámica de la ciudad. Ahí, sentado en el campo de fútbol platicaba con Nicanor, un viejo conocido a quien hacía tiempo no visitaba. Hablamos de las 515 localidades con que cuenta Tapachula en el medio rural y de las casi 185 colonias de la ciudad, y nos preguntábamos cuántas de todas ellas conocerán los tapachultecos.

Me recuerdo que existen miles de comunidades que nunca han sido visitadas por ninguna autoridad ni por Diputados, ni siquiera por candidatos. Comunidades perdidas entre la sierra o entre los manglares; colonias ocultas en cada uno de los municipios en general y en Tapachula en particular.

¿Dónde queda La Adelita, Acapulco Hidalgo, Albion, Las Anclas, Badoe, Asake, Carrizal, Oro Verde, Mexiquito, El Paraíso? ¿Cuándo se crearon? ¿Cómo y quién las fundó? ¿Cómo se llega hasta estas comunidades? ¿Qué producen? ¿Cuántos habitantes tiene y cuáles son sus necesidades? ¿Qué grado de marginación presentan? ¿Con qué tipo de servicios y obras cuentan? Miles de preguntas surgen en torno a las comunidades de Tapachula, la mayoría sin respuesta. Ahí inicia la cultura, en el reconocimiento de quiénes somos y cómo somos.

Cada comunidad debiera escribir su propia historia, su origen y evolución, sus logros y tropiezos, expresar el orgullo de sus personajes, sus luchas y alcances. Cada comunidad cuenta con una patrimonio histórico digno de ser rescatado, narrado y transmitido a las nuevas generaciones. Este es el punto de partida para la cultura. No hay cultura sin reconocimiento de uno mismo y de los otros. La identidad es todo aquello que nos identifica a nosotros en oposición a los otros. Pero sin historia no hay identidad ni engrandecimiento cultural.

La tasa de café empieza a enfriarse como de costumbre mientras trato de hilar ideas. Las monografías de cada comunidad chiapaneca nos harían mucho bien a todos. Nos devolverían el orgullo de ser, sentirnos y comprometernos por Chiapas.

Las ludotecas como empresas sociales, son redituables en cultura y educación, las canchas deportivas comunitarias sin duda constituyen una opción para la prevención del delito.

Apenas me queda tiempo para decirle a Eugenia que quise expresarle mi alegría al sentirla tan feliz pero creo que no hay palabras para ello. Los actos expresan mejor las ideas que las simples intenciones. Todo es cuestión de amor.

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