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Dos años después / Ágora

Dos años después / Ágora
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Juan Carlos Toledo

Dos años después: la distancia entre el discurso y la realidad
Con motivo del segundo aniversario del triunfo de la primera mujer presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Morena volvió a celebrar una victoria que cambió la historia política del país. Nadie puede regatear la importancia de ese hecho.

Sin embargo, detrás de los festejos, los discursos y las felicitaciones partidistas, persiste una pregunta incómoda: ¿qué pasó con la honestidad que prometieron?
Porque Morena no llegó al poder únicamente ofreciendo un cambio de gobierno. Llegó ofreciendo una transformación y superioridad moral. Durante años aseguró que era distinto a los partidos tradicionales, que no mentía, que no robaba y que no traicionaba. Se presentó como el remedio para todos los vicios de la política mexicana.

Pero gobernar tiene una mala costumbre: pone a prueba los discursos.
Y cuando la realidad aparece, las consignas suelen quedarse cortas.

No hace falta ir muy lejos para encontrar ejemplos. Basta mirar hacia Mapastepec.

Ahí, según declaraciones públicas realizadas por el presidente municipal, la síndica y miembros del Cabildo, existen señalamientos contra dos regidores plurinominales que, presuntamente, no se presentan a cumplir con las responsabilidades inherentes a sus cargos, aunque sus pagos sí llegan con puntualidad ejemplar. Curiosamente, los señalados son Cecilia Cano y Rubén Noriega Cano, esposa e hijo del expresidente municipal Nicolás Noriega.

Y es aquí donde el asunto deja de ser una simple diferencia política para convertirse en una cuestión de congruencia.
Porque mientras miles de ciudadanos salen todos los días a trabajar para ganarse el sustento, mientras comerciantes, campesinos, transportistas y empleados cumplen horarios para llevar dinero a sus hogares, hay representantes populares que son señalados por no presentarse a desempeñar las funciones para las cuales fueron electos, pero que aparentemente no tienen problema alguno en recibir el dinero proveniente de los impuestos de esos mismos ciudadanos.

La situación resulta todavía más delicada cuando se observa el vínculo familiar y político que existe detrás de estos cargos.
Morena llegó prometiendo terminar con las viejas prácticas de grupos políticos familiares que se repartían espacios de poder como si fueran una herencia.

Prometió acabar con los privilegios, con los compadrazgos y con la política entendida como un negocio familiar.

Sin embargo, los ciudadanos observan cómo una misma familia sigue ocupando espacios de representación pública y no pueden evitar preguntarse si aquello que antes denunciaban hoy simplemente se administra desde otro partido.

Porque la pregunta es inevitable: si los regidores señalados pertenecieran a un partido de oposición, ¿cuántos discursos de indignación habríamos escuchado ya? ¿Cuántas conferencias, comunicados y publicaciones en redes estarían exigiendo explicaciones?
Lo que antes era corrupción, hoy parece llamarse omisión.
Lo que antes era privilegio, hoy parece justificarse con silencio.

Y lo que antes era indignación moral, hoy parece depender de quién sea el señalado.
Ese es el verdadero problema para Morena. No la crítica de la oposición. No los cuestionamientos de los medios. No las publicaciones en redes sociales.
El problema es que cada caso de este tipo erosiona la principal moneda política con la que construyeron su movimiento: la credibilidad.

Porque cuando un partido basa su identidad en la honestidad, cualquier acto que contradiga ese principio pesa el doble.
La honestidad no puede ser un eslogan de campaña y una excepción en el gobierno.
No puede exigirse para los adversarios y relativizarse para los propios.
No puede convertirse en una herramienta electoral que aparece durante las campañas y desaparece cuando llegan las responsabilidades.

Dos años después de aquella victoria histórica que hoy celebran, Morena enfrenta una realidad que ninguna propaganda puede ocultar: los ciudadanos ya no evalúan al partido por lo que prometió, sino por lo que hace.

Y en lugares como Mapastepec, la pregunta sigue flotando en el ambiente.
Si esto es la transformación, ¿en qué parte ocurrió el cambio?
Porque hasta ahora, para muchos ciudadanos, lo único que parece haber cambiado son los colores de quienes ocupan el poder.

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