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Stephens en la frontera con México / Crónicas de Frontera

Stephens en la frontera con México / Crónicas de Frontera
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©️ Dibujo de Catherwood. Algún río en la frontera de México. c1840.

Antonio Cruz Coutiño

Tomamos posesión de San Antonio de Güista, dividiéndonos nosotros mismos entre el cabildo y el convento; mandamos llamar al alcalde (aún en los confines de Centro América el nombre de carrera era omnipotente), y le dijimos que se estuviera allí para servirnos, o que enviara un alguacil. El convento quedaba contiguo a la iglesia, sobre una abierta meseta, dominando el panorama de un espléndido valle rodeado de inmensas montañas, y hacia la izquierda una vista entre dos cadenas de montañas, agrestes, ásperas y elevadas, cuyas cimas se perdían en las nubes.

Delante de la puerta del convento había una gran cruz sobre un alto pedestal de piedra, con el repello destruido y cubierta de flores silvestres. El convento estaba cerrado por una valla de ramas secas, sin ninguna entrada hasta que nosotros se la hicimos. El [párroco] no estaba en casa, lo que fue mucha fortuna para él, pues allí no habría habido espacio suficiente para todos. En efecto, todo parecía exactamente preparado para nuestra compañía; había tres camas, justamente tantas como las que podíamos ocupar de modo conveniente; y el estilo de ellas era nuevo: estaban fabricadas de largos palos como de una pulgada de grueso, amarrados con cuerdas de corteza por arriba y por abajo, y descansando sobre horquillas como de dos pies de alto, sembradas en el piso terroso.

El alcalde y su mayor habían levantado al pueblo. A los pocos minutos, en vez de la mortificante respuesta “no hay”, las provisiones preparadas para nosotros eran casi iguales a las que ofrece el paraíso turco [refiere a la Turquía asiática]. Veinte o treinta mujeres llegaron al convento al mismo tiempo, con canastos de maíz, tortillas, dulces, plátanos, jocotes, zapotes, y una variedad de otras frutas, cada uno de cuyos surtidos, al tratarlo, valía tres centavos; y entre ellas había una especie de tortillas, delgadas y bien cocidas al horno, como de doce pulgadas de diámetro, a ciento veinte por seis centavos, de las cuales, como no eran dispendiosas, hicimos una gran provisión.

En ese lugar nuestro arriero iba a separarse de nosotros. No teníamos sino una mula de carga apta para el servicio, y acudimos al alcalde por dos cargadores para que fueran con nosotros a través de la frontera hasta Comitán. [Pronto él] salió, según dijo, a consultar con los mozos, y nos informó que ellos pedían seis dólares por cada uno. Nosotros le hablamos de nuestro amigo Carrera [el general José Rafael Carrera y Turcios, 1814-1865], y en una segunda consulta la demanda se redujo a la tercera parte. Tuvimos necesidad de hacer provisiones para tres días, y aun de llevar maíz para las mulas; y Juan y Santiago pasaron una noche atareada cociendo las gallinas y los huevos.

Capítulo catorce. Cómodo alojamiento. El viaje continúa. Camino pedregoso. Hermoso río. Puente colgante. El [río] Dolores. Río Lagartero. Cede el entusiasmo. Otro puente. Entrada a México. Un baño. Una iglesia solitaria. Un paisaje de esterilidad. Zapaluta. Comitán. Otro paisano. La perplejidad aumenta. Cortesía oficial. El comercio de Comitán. Contrabando. Escasez de jabón.
A la mañana siguiente nos encontramos con que el convento era tan acogedor, [y] se nos atendía tan obsequiosamente, pues el alcalde o su mayor, con vara en mano, se hallaba en constante solicitud, y el paraje era tan hermoso, que no teníamos prisa alguna por marcharnos; más el alcalde nos dijo que ya todo estaba listo. No vimos a nuestros cargadores, y entonces averiguamos que él y su mayor eran los mozos a quienes había consultado. No podían dejar escapar dos dólares por cabeza y, postrando sus varas y su dignidad, se desnudaron las espaldas, colocaron el mecapal sobre sus frentes, alzaron la carga y salieron trotando.

Emprendimos la marcha cinco minutos antes de las ocho. El tiempo era hermoso pero nublado. Desde el pueblo descendimos por una colina hasta un extenso llano pedregoso y, como a una legua de distancia llegamos al borde de un precipicio, desde donde miramos hacia abajo un fértil valle oblongo, a dos o tres mil pies de profundidad [o entre 600 a mil metros], aislado por una muralla de montañas que lo circundaba en todo su [alrededor], y con la apariencia de una excavación inmensa.

Hacia el otro extremo del valle había un pueblo con una iglesia en ruinas, y el camino ascendía por una escarpada pendiente hasta un llano en el mismo nivel de aquél en que nos encontrábamos, ondulante e ilimitado como el mar. Hacia abajo parecía como si pudiéramos dejar caer una piedra hasta el fondo.

Descendimos por uno de los senderos más abruptos y pedregosos con que nos hubiésemos topado hasta entonces en la región, cruzando en un sentido y en otro mediante una ruta en zig-zag por la ladera de la eminencia, prolongando el descenso quizás hasta una milla y media [menos de 2.5 km]. Muy pronto llegamos a la orilla de un hermoso río [el río Huixta] que corría a lo largo del valle, orlado en ambas márgenes por inmensos árboles que extendían sus ramas hasta la ribera opuesta, cuyas raíces [eran] bañadas por la corriente y, si bien más allá el llano era seco y árido, ellos permanecían verdes y lozanos.

Seguimos su curso sobre nuestras monturas y llegamos a un puente colgante de apariencia y construcción primitivas, llamado por los nativos “la hamaca”, el cual existía allí desde tiempo inmemorial. Estaba hecho de mimbres trenzados en forma de cuerdas, colocadas éstas como a tres pies de distancia una de la otra [90 cm], y tendidas a través del río con una malla colgante de enredaderas, con los extremos atados a los troncos de dos árboles opuestos.

Se hallaba suspendido como a veinticinco pies de altura sobre el río [entre siete u ocho metros], que aquí tenía unos ochenta pies de ancho [o veinticuatro metros], y estaba sostenido en distintas partes por bejucos atados a las ramas. Se ascendía a él por una tosca escala que conducía hasta una plataforma en la horquilla del árbol. En la parte inferior de la hamaca había dos o tres palos sobre los cuales caminar. [El artilugio de tránsito] se mecía con el viento, era inestable y un tanto inseguro. [Sin embargo], desde el centro, la vista del río en ambos sentidos, bajo los arcos de los árboles, era hermosa; y hacia cualquier dirección la hamaca constituía un objeto de la más pintoresca apariencia.

Proseguimos hacia el pueblo y, después de una breve pausa y de fumar con el alcalde, continuamos sobre nuestras monturas hacia el extremo final del valle, y tras un empinado y pedregoso ascenso, a las doce y veinte minutos alcanzamos el terreno plano en la parte superior. Aquí desmontamos, le quitamos el freno a las mulas, y nos sentamos a esperar a nuestros indios, mirando hacia abajo el hondo y oculto valle, y hacia el fondo, la gran fila de cordilleras, coronadas por la Sierra Madre, que parecía una barrera apta para separar dos mundos.
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