
Uvel Vázquez
El regalo que no te di, mamá, mi corazón con listones de colores y alfileres. Tu muerte me tiró a la lona. Me dejó sin ciudad y sin cumpleaños. Me cuesta mucho entender que ya no estás en casa, como antes. Si tengo hambre, ya no estás para que nos sentemos a la mesa a comer tu muerte. Te moriste y pensé, ya estoy viejo, no la voy a extrañar. Me equivoqué. A veces, abordo la ruta rumbo a tu casa, para que me ayudes, para me saques de apuros. Me doy cuenta al llegar a la casa abandonada, y vuelvo a mi soledad con los ojos llenos de ceniza. Me gustaría amanecer platicando en la playa contigo. Ya no es posible. Acostado en la hamaca recuerdo tu frases: sin tanto lujo nana; tenía que decir, estás cagado hijo; la mujer es mala suerte; todo tiene su tiene; freile un huevo y que diga que jodió; allá en la muerte vamos a tener tiempo para platicar; ay, nanita, parecía tan honrado; cuando me vaya de tus ojos, no me llores cabrón. Eres viejo como un gargajo. El día que me sueñes, ponte una cebolla en tus orejas. Hay me pones una botella con aguardiente en el altar, no me pongas agua, con la muerte ya no hay sabor de nada. Acordarte que vivimos a pan y agua en Quintana.


