
Juan Carlos Cal y Mayor
La visita de Isabel Díaz Ayuso presidente de la comunidad de Madrid a México no tendría por qué haber desatado mayor polémica. Se trata, en esencia, de una agenda institucional orientada a ciertos sectores para fortalecer vínculos económicos, culturales y políticos entre dos países que comparten una historia profunda y una relación estratégica vigente. Sin embargo, en el México de hoy, incluso los gestos más elementales de diplomacia son sometidos al tamiz de la sospecha ideológica.
LA REACCIÓN AUTOMÁTICA
Bastó su llegada, acompañada por la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, para que sectores políticos y mediáticos de izquierda reaccionaran con una mezcla de descalificación anticipada e indignación prefabricada. No se trataba de escuchar, sino de condenar. No de debatir, sino de etiquetar.
Y es que Ayuso no se ha quedado callada -no ahora sino de antes- al señalar a Claudia Sheinbaum y otros líderes de la izquierda en América Latina, por su apoyo a las dictaduras y el ataque a las libertades.
Paradójicamente, quienes con mayor frecuencia acusan a sus adversarios de “fachos” o ultraderecha, exhibieron una actitud que reproduce exactamente aquello que dicen combatir: la negación del otro, la cancelación, el rechazo visceral a cualquier visión que no encaje en su marco ideológico.
EL FANTASMA
La polémica alcanzó tintes absurdos cuando se comenzó a hablar de un homenaje a Hernán Cortés. Nada más alejado de la realidad. Lo que estaba en el fondo era un discurso sobre la mexicanidad entendida como un proceso histórico complejo, fruto del mestizaje cultural, lingüístico y religioso.
Pero en lugar de debatir esa idea —legítima, discutible, enriquecedora— se optó por revivir el expediente fácil: el de la condena moral simplista.
Aparecieron acusaciones de “genocidio”, la exigencia de la exhumación de los restos de Cortés y protestas sobredimensionadas por La Jornada y algunos medios como si se tratara de una rebelión popular.
LA HISTORIA COMO TRINCHERA
El problema de fondo no es la visita de Ayuso. Es la manera en que hemos convertido la historia en una trinchera política. Se insiste en narrar el pasado como un conflicto binario entre opresores y oprimidos, héroes y villanos, ignorando deliberadamente la complejidad de los procesos históricos.
La realidad es más incómoda para quienes viven de la victimización: la Nueva España no fue una colonia, sino una extensión del reino bajo un marco jurídico que reconoció a los habitantes originarios como súbditos de la Corona. La propia Isabel I de Castilla impulsó disposiciones que buscaban protegerlos, y figuras como Bartolomé de las Casas abrieron debates que anticiparon, siglos antes, la noción moderna de derechos humanos.
Eso no significa idealizar el pasado. Significa entenderlo en su contexto y evitar la tentación de juzgarlo con categorías ideológicas contemporáneas y simplistas.
UNOS CUANTOS
Resulta revelador que un grupo reducido de disque indigenas pretenda monopolizar la narrativa pública, presentándose como portavoz de identidades que en muchos casos instrumentaliza. La escenificación de la protesta, los penachos de Moctezuma, la teatralización del agravio, hablan más de una puesta en escena que de una representación auténtica.
Y sin embargo, ese gesto encuentra eco en sectores que prefieren amplificar el conflicto antes que matizarlo. Porque en el México polarizado de hoy, la historia no se estudia: se utiliza.
RECONCILIARNOS
México no puede seguir construyéndose sobre la negación de una parte esencial de su origen. Somos, nos guste o no, el resultado de un encuentro. Difícil en muchos momentos, sí. Pero también fundacional.
Pretender borrar a España de nuestra historia es tan absurdo como negar la raíz indígena que nos define. Ambos elementos conviven en nuestra rica identidad, no como contradicción, sino como síntesis.
Quizá por eso incomoda tanto una visita como la de Ayuso. Porque nos obliga, sin proponérselo, a mirarnos a nosotros mismos.
Y lo que vemos no siempre nos gusta, pero ignorarlo no lo hará desaparecer.


