
Corina Gutiérrez Wood
Sé que ya se habló muchísimo del tema. Que las mesas de análisis ya lo masticaron, que las redes ya hicieron sus teorías dignas de expediente clasificado y que medio país ya decidió si esto parecía más capítulo de Narcos o episodio de House of Cards versión norteña. Pero cada vez que vuelvo a leer o escuchar algo sobre el desmantelamiento del narcolaboratorio en Chihuahua, hay una inquietud que simplemente no se me quita de encima. Y no precisamente por la CIA, ni por la gobernadora, ni por lo que ha dicho o dejado de decir la tía de todos ustedes, ni por el desfile político alrededor del asunto. Lo que en serio me sigue haciendo ruido es otra cosa, el cómo logramos convertir el hallazgo y desmantelamiento de una enorme fábrica clandestina de drogas en un simple accesorio de toda esta telenovela política.
México tiene una habilidad verdaderamente admirable para distraerse de lo importante. Aquí puedes encontrar un laboratorio clandestino gigantesco, digno de serie criminal con presupuesto millonario, y aun así lograr que la conversación nacional termine girando alrededor de algo completamente distinto.
Porque sí, en Chihuahua desmantelaron un enorme narcolaboratorio. ENORME. No una cocina improvisada con dos tambos, un anafre y un señor sospechosamente nervioso. No. Estamos hablando de infraestructura, químicos, producción industrial, logística, operación sofisticada. Una pequeña fábrica del horror funcionando mientras seguramente alguien cerca decía que “todo está bajo control”.
Pero el país vio la noticia y dijo:
Ajá sí, ¿pero había gente de la CIA?
Y listo. Se acabó. El laboratorio pasó a segundo plano como actor secundario en su propia película.
La conversación dejó de ser:
“¿Cómo demonios llegó a existir una instalación de ese tamaño?”
Y se convirtió en:
“¿La gobernadora sabía?”
“¿Había agentes estadounidenses?”
“¿Es intervención extranjera?”
“¿Esto viola la soberanía?”
“¿Quién filtró la información?”
“¿Quién quedó peor políticamente?”
Y el narco seguramente viendo todo esto ofendidísimo de que nadie apreciara la magnitud de su ingeniería logística.
Porque honestamente, hay algo muy mexicano en escandalizarnos más por las siglas “CIA” que por el hecho de que existiera una especie de Breaking Bad edición norte del país funcionando a toda máquina. Nos alteró más la posibilidad de unos agentes extranjeros rondando por ahí que la existencia de toneladas de químicos cocinándose tranquilamente en territorio nacional.
Y ojo, el tema de la soberanía sí importa. Claro que importa. El problema es que aquí solemos usarla como cortina teatral dependiendo de quién esté en el poder y quién salga mal en la foto. Entonces el debate se vuelve un espectáculo rarísimo donde todos fingen indignación mientras el punto central se evapora elegantemente.
Porque entre ruedas de prensa, declaraciones ambiguas y políticos jugando ping pong con la culpa, casi nadie se detuvo un segundo a pensar en la dimensión real del laboratorio.
¿Saben lo que implica montar algo así?
Territorio controlado.
Distribución.
Dinero.
Protección.
Corrupción.
Redes.
Movimiento de químicos.
Operación constante.
Y mucha, mucha gente, haciéndose de la vista gorda.
Eso no se monta así nada más como puesto ambulante afuera del metro. Ni nace por accidente, ni por obra del Espíritu Santo. Pero pareciera que el laboratorio terminó siendo el detalle menos importante de toda la historia. Como si hubieran encontrado una puerta al inframundo criminal y el país estuviera más ocupado discutiendo quién llevaba el gafete diplomático.
Y luego vino el ingrediente favorito de nuestra política moderna, el pleito narrativo.
Unos diciendo:
“Estados Unidos se está metiendo demasiado.”
Otros respondiendo:
“Pues si ellos no ayudan, nadie hace nada.”
Y mientras tanto, el verdadero protagonista del escándalo, el crimen organizado operando a escala industrial, quedó sentado en una esquina viendo cómo todos peleaban alrededor de él sin tocar realmente el problema.
Por cierto, me detengo tantito a pensar que, a raíz de los operativos y decomisos recientes, los narcos deben mirar con nostalgia la era del “abrazos, no balazos” de su tío mayor. Porque hoy por hoy el crush de muchas, guste o no, sí parece haber entendido que el crimen organizado no se combate con conferencias dignas de aquellos grupos ochenteros tipo “Up with People” y su eterno “únete a los optimistas”.
Es fascinante cómo hemos normalizado niveles absurdos de violencia y criminalidad. Tanto que necesitamos que aparezca la CIA, un dron, tres teorías conspirativas y un funcionario contradiciéndose en televisión para reaccionar emocionalmente ante algo, porque un laboratorio gigante por sí solo ya no alcanza.
Tal vez ahí está lo más inquietante de todo esto; el narco dejó de sorprendernos. Lo que nos sorprende ahora es el casting internacional.
Y en medio del espectáculo, la gobernadora intentando explicar versiones, funcionarios acomodando discursos y medio país jugando a los detectives geopolíticos, el laboratorio terminó reducido a utilería. Una utilería bastante cara, bastante tóxica y bastante peligrosa, por cierto. Pero utilería al fin.
Porque así es, en México incluso el crimen organizado puede quedar opacado cuando entra a escena el verdadero protagonista nacional, el escándalo político con tintes de thriller estadounidense.


