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El arte de justificar traiciones / Sarcasmo y café

El arte de justificar traiciones / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Últimamente me he topado muchísimo con esta idea de que la infidelidad y la deslealtad son cosas distintas. Y como el tema empezó a aparecer muy seguido en sobremesas, conversaciones casuales y confesiones que nadie pidió, pero igual terminaron llegando, me dio curiosidad escuchar cómo la gente defendía esa teoría con tanta seguridad. Después de platicarlo con varias personas terminé fascinada con la cantidad de gimnasia mental que alguien puede hacer con tal de no sentirse culpable de sus propias decisiones.

Porque además descubrí algo muy interesante casi siempre, detrás de toda esa explicación sofisticada sobre fidelidad, libertad emocional y “conexiones humanas complejas”, termina apareciendo el mismo protagonista de siempre, el ego.

Ese ego que necesita sentirse deseado constantemente. Que quiere la estabilidad emocional de una relación, pero también la adrenalina de gustarle a alguien nuevo. Que quiere intimidad, compañía, alguien que permanezca, pero al mismo tiempo no soporta dejar de sentirse disponible para el resto del mundo.

Y entonces empiezan las teorías.

Que una cosa es el sexo y otra el amor.
Que la fidelidad no necesariamente define la lealtad.
Que “solo fue algo físico”.
Que “no hubo sentimientos”.
Que “a quien amo realmente es a ti”.

Y yo nomás me les quedo viendo. Porque entiendo el punto hasta cierto límite. Claro que existe una diferencia entre sentir deseo sexual y enamorarse. Sería absurdo negarlo. Los seres humanos no somos robots que automáticamente desarrollan amor eterno cada vez que sienten atracción. Lo raro empieza cuando esa diferencia se usa para tratar de reducir el daño.

Ahí es donde la conversación se pone interesante. Porque una cosa es decir “no significó nada para mí” y otra muy distinta creer que entonces no hubo traición. Como si el problema fuera únicamente enamorarse de alguien más y no toda la cadena de decisiones conscientes que hubo antes.

Porque, además, si uno escucha bien este tipo de discursos, casi siempre hay algo profundamente conveniente en ellos. La narrativa rara vez nace desde una reflexión genuina sobre la libertad emocional. Nace desde el deseo de hacer algo sin cargar completamente con el peso moral de haberlo hecho.

Y honestamente creo que ahí está la raíz de todo, porque al final no es profundidad emocional sino ego buscando absolverse.

Porque hay personas que no quieren perder la seguridad de alguien que las ama mientras salen a comprobar que todavía pueden despertar deseo en alguien más. Necesitan sentirse elegidas constantemente. Necesitan validación, novedad, atención, esa pequeña descarga de adrenalina que da sentirse irresistibles otra vez.

Y hasta ahí, bueno, todos tenemos ego. El problema es cuando el ego empieza a disfrazarse de filosofía para no verse tan mal frente al espejo.

“Sí pasó algo, pero a quien amo es a ti.” Ajá. ¿Y eso exactamente qué cancela?

Porque además la frase suele venir acompañada de una tranquilidad que me impresiona muchísimo. Como si la persona estuviera esperando reconocimiento por haber administrado correctamente sus sentimientos mientras destruía la confianza de su pareja.

Y luego aparece esa otra joya:


“Con esa persona solo fue sexo. Contigo hago el amor.” ¡Ay no por favor! ¡Perdón! pero eso siempre suena a alguien intentando poetizar una falta de responsabilidad emocional. Como ponerle filtro vintage al desastre para que se vea más profundo de lo que realmente es.

Porque al final el problema nunca es solamente el sexo. Si así fuera, todo se resolvería con una explicación técnica y listo. Lo que duele casi siempre es otra cosa. La mentira, la sensación de que mientras una persona cuidaba el vínculo, la otra necesitaba validarse en otro lado y después regresar como si nada hubiera pasado.

Y algo que me parece revelador es que estas teorías funcionan increíble, hasta que cambia el sentido de la historia. Porque una cosa, es decir:


“El sexo no significa nada.”

Y otra muy distinta es escuchar de tu pareja decirte:


“Tranqui. Solo fue algo físico. A quien amo es a ti.”

Ahí sí la conversación cambia rapidísimo. Ahí sí el cuerpo importa. Ahí sí aparecen palabras como respeto, acuerdos y dignidad. Porque por más moderna que quiera sonar la narrativa, la mayoría de las personas sigue entendiendo perfectamente cuándo algo se siente como traición.

Y tampoco creo que el tema sea vivir bajo una moral antigua ni fingir que todas las relaciones tienen que funcionar igual. Hay parejas abiertas, acuerdos distintos, dinámicas donde la exclusividad sexual no es lo central y mientras exista claridad mutua, perfecto. De hecho, ese tema ya lo había tocado en otra columna cuando hablaba sobre libertad sexual y desapego emocional. Aquí el problema nunca ha sido cómo cada pareja decide relacionarse. El problema es cuando alguien rompe un acuerdo y luego intenta convencerse y convencer al otro de que técnicamente no hizo nada tan grave.

Es cuando todo empieza a sonar más a relaciones públicas emocionales que a honestidad.

Porque si realmente no hubiera nada desleal en lo que pasó, nadie sentiría la necesidad de esconderlo. Nadie borraría mensajes. Nadie acomodaría versiones distintas de sí mismo dependiendo de con quién está hablando.

Y creo que por eso esta narrativa siempre me deja la misma sensación, la gente no está redefiniendo la lealtad; está intentando redefinir la culpa para poder vivir más cómoda con ella.

Al final, el punto no es solamente cuánto sientes cuando amas a alguien, sino cómo decides actuar con ese sentimiento cuando nadie te está viendo.

Porque decir “te amo” mientras exiges lealtad de alguien al que no estás dispuesto a ofrecerle la misma consideración, no es complejidad emocional. Es ego ultra pro max.

Así que, entonces tal vez la pregunta no es si hubo sentimientos.

La pregunta es si tu pareja hiciera exactamente lo mismo y te dijera exactamente las mismas frases que tú usaste para justificarte ¿De verdad lo aceptarías con la misma calma con la que lo justificas?

Porque curiosamente la teoría se derrumba rapidísimo cuando ya no eres tú quien tiene el control de la narrativa.

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