
Antonio Cruz Coutiño
[Cuenta asimismo el prefecto que] hace cincuenta años el padre Calderón, tío de la esposa del Prefecto, acompañado por su sacristán, un indio, se estaba bañando en el río. Cuando este lanzó un grito de alarma al ver a algunos caribes que estaban mirándolos, intentó huir, pero el padre, tornando su báculo se dirigió hacia ellos.
Los caribes se prosternaron ante él, lo condujeron a sus chozas y lo invitaron a volver, para que les hiciese una visita [algún] día. EI día señalado, el padre se fue con su sacristán, y se encontró con una congregación de caribes y con una gran fiesta preparada en su honor. Se quedó con ellos por algún tiempo y, en recompensa los invitó para que fueran al pueblo de Palenque el día de la fiesta de Santo Domingo. Un grupo considerable de estos indios salvajes se presentó, llevando consigo carne de [jaguar], de mono y cacao como presentes. Oyeron misa y observaron todas las ceremonias de la iglesia; entonces invitaron al padre [a] que se quedara entre ellos y los instruyera; y los indios erigieron una choza en el lugar donde lo encontraron por primera vez, a la que consagró él como iglesia, e instruyó a su sacristán para que les dijera la misa todos los domingos.
Según dijo el Prefecto, si el padre hubiera vivido, muchos de ellos seguramente habrían sido cristianizados; pero desafortunadamente murió. Los caribes se retiraron hacia la Selva [Lacandona], y desde entonces ninguno de ellos ha aparecido por el pueblo.
Las ruinas [de la ciudad maya] quedan como a ocho millas de la población, completamente desoladas. El camino era tan malo que, para poder llevar a cabo algo, era preciso quedarse allá, y tuvimos que hacer los preparativos para tal fin. En el pueblo había tres pequeñas tiendas, cuyas existencias en conjunto no valdrían setenta y cinco dólares; pero en una de ellas encontramos libra y media de café, que aseguramos inmediatamente. Juan nos comunicó la grata nueva [de] que a la mañana siguiente matarían un puerco, y que ya había negociado una porción de manteca; también, que había una vaca con un ternero que andaba suelta, y que se podía hacer [algún trato] para mantenerla y ordeñarla. Prontamente se atendió a todo esto, y se hicieron los arreglos necesarios para visitar las ruinas al día siguiente.
Los indios generalmente conocían el camino, pero sólo había un hombre en el lugar, capaz de servirnos como guía en el terreno, y tenía entre manos el negocio de matar y distribuir el puerco, razón por la cual no pudo partir con nosotros; pero prometió seguirnos. Al atardecer, la tranquilidad del pueblo se vio perturbada por un estallido, y al salir nos encontramos con que se había caído una casa. Una nube de polvo [se] levantó de ella, y las ruinas probablemente yacen todavía tal como cayeron. El cólera la había privado de sus moradores, y por varios años había permanecido deshabitada.
CAPÍTULO DIECISIETE
Preparativos para visitar las ruinas. Salida de casa. La partida. El camino. Los ríos Micol [Misoljá] y Otulá [Otulúm]. Llegada a las ruinas. El palacio. Un Feu-de-joie. Alojamiento en el Palacio. Inscripciones de los visitantes anteriores. La muerte de Beanham. El descubrimiento de las ruinas de Palenque. La visita de Del Río. La expedición de Dupaix. Los dibujos de la presente obra. Primera comida en las ruinas. Enormes luciérnagas. Dormitorios. La extensión de las ruinas. Obstáculos para la exploración. Sufriendo por los mosquitos.
Temprano, a la mañana siguiente, nos preparamos para trasladarnos a las ruinas. Tuvimos que aprovisionarnos para el manejo de los asuntos domésticos en gran escala; nuestros utensilios de cocina eran de tosca alfarería, nuestras tasas eran duras cáscaras de ciertas verduras redondas [guacales o jícaras. Cresentia cujete de bignoniáceas], todo ello con un valor que quizás ascendería a un dólar. No pudimos conseguir un jarro para agua en el lugar, pero el alcalde nos prestó uno sin cargo, a menos que se quebrara, [que] como ya entonces estaba rajado, probablemente lo consideraba vendido.
Dicho sea de paso, nosotros obligamos al alcalde a que nos estimara, pues le dejamos nuestro dinero en depósito. Hicimos esto con gran publicidad, a efecto de que pudiera ser sabido en el pueblo que allá en las ruinas habría plata, pero el alcalde lo consideró una prueba de especial confianza. En verdad no podíamos haberle mostrado una mayor. Él era un viejo tacaño, desconfiado, que guardaba su dinero dentro de un cofre en un cuarto interior; y nunca salía de casa sin cerrar la puerta de la calle, llevando la llave consigo. Nos hizo pagar [por] adelantado todo lo que necesitábamos, y no nos habría confiado medio dólar por ningún motivo.
Era necesario que nos llevásemos del pueblo todo lo que pudiese contribuir a nuestra comodidad, y pusimos un gran empeño en conseguir una mujer; pero ninguna quiso confiarse sola con nosotros. Fue esta una gran privación; una mujer era deseable, no como el lector pudiera suponer, con fines de embellecimiento [sic], sino para hacer tortillas, [pues ellas], para que sean tolerables, deben comerse en el momento de ser cocidas; más nos vimos obligados a hacer un arreglo con el alcalde para que nos las enviara cada día junto con el producto de nuestra vaca.
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