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México en el tiempo de las potencias largas y el Estado que decide transitar

México en el tiempo de las potencias largas y el Estado que decide transitar
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Carlos Perola Burguete

Mientras el gobierno de México celebra haber superado a China como principal socio comercial de Estados Unidos, China ya superó a Estados Unidos como la primera economía del mundo en términos de paridad de poder de compra. Las dos afirmaciones son ciertas. Las dos describen realidades simultáneas. Y, juntas, revelan la tensión silenciosa que define nuestro momento histórico.

Mientras Estados Unidos responde con subsidios industriales masivos y control tecnológico; Europa redefine su autonomía energética. No se trata de ciclos comerciales ordinarios. Es una reconfiguración estructural del poder productivo global.

En ese escenario, México aparece como una paradoja.

Por un lado, México vive un momento de fortaleza. Las exportaciones hacia Estados Unidos alcanzan niveles históricos. La inversión extranjera directa mantiene el dinamismo. El fenómeno del nearshoring coloca al país como plataforma estratégica para cadenas norteamericanas que buscan reducir riesgos geopolíticos y logísticos. Se busca insistentemente, profundizar la integración productiva y comercial con Norteamérica.

Las cadenas productivas norteamericanas se densifican con mayor presencia mexicana. La complejidad económica mejora gradualmente. Hay capacidad de negociación, hay estabilidad macroeconómica, hay inserción competitiva.

Ese es el tiempo corto de la política económica: el de la gestión coyuntural eficiente. Consiste en operar con inteligencia dentro de las reglas vigentes. Maximizar ventajas comparativas. Reducir fricciones. Atraer capital. Aprovechar la relocalización productiva. En ese plano, México ha mostrado destreza. Es el tiempo de la gestión coyuntural eficaz.

Pero ese tiempo convive con otro más profundo: el de la transición sistémica.

Las naciones no sólo existen en el tiempo de los resultados trimestrales. Existen también en el tiempo largo de las transformaciones estructurales. Y ese tiempo se está moviendo con mayor velocidad de lo que solemos admitir.

China ya no es un fenómeno emergente ni una anomalía ideológica. Es una potencia económica integral con capacidad industrial, tecnológica, financiera y logística que ha reconfigurado la arquitectura del comercio global. Es el principal socio comercial de más de ciento veinte países. Es líder en sectores estratégicos como baterías de litio, energías renovables, telecomunicaciones, infraestructura ferroviaria de alta velocidad y manufactura avanzada. Domina una parte sustantiva de la manufactura de paneles solares, concentra capacidad decisiva en minerales críticos y controla nodos logísticos en Asia, África y Europa. Su Estado planifica sectores estratégicos con horizontes de décadas, subordinando el mercado interno a objetivos nacionales de largo plazo.

Aquí se produce el primer desplazamiento conceptual

Durante décadas, buena parte del análisis occidental intentó clasificar a China dentro de categorías binarias: capitalismo o socialismo, mercado o planificación. Pero el desempeño chino ha desbordado esas etiquetas. No porque haya eliminado el mercado, sino porque lo utiliza como instrumento dentro de una arquitectura estatal más amplia. Se puede debatir su sistema político; lo que no se puede ignorar es su eficacia productiva.

Ese desplazamiento no es ideológico. Es estructural.

El sistema internacional dejó de ser unipolar. El centro de gravedad económico ya no se ubica exclusivamente en el Atlántico. Asia concentra hoy una proporción creciente de manufactura avanzada, innovación tecnológica e inversión en infraestructura. Las cadenas globales de valor no desaparecen; se reconfiguran.

Pero el mundo dejó de serlo.

El mundo transita hacia una economía donde tecnología, energía y logística se subordinan cada vez más a decisiones estatales.

Estados Unidos, ante esa competencia, abandonó la neutralidad industrial. La política de subsidios a semiconductores, energías limpias y manufactura avanzada refleja que la economía volvió a ser instrumento de poder estratégico.

Y México, en medio de ese reordenamiento, ocupa una posición singular.

Su integración histórica con Estados Unidos es profunda, densa, institucionalizada. No es sólo comercial; es geográfica, demográfica, productiva. Esa integración explica su éxito reciente. Pero también define sus márgenes de maniobra.

Durante más de tres décadas, el país apostó por un modelo de integración abierta centrado en el mercado norteamericano. Ese tránsito le otorgó estabilidad macroeconómica y dinamismo exportador. No fue una decisión menor ni errada. Fue coherente con un mundo unipolar.

La pregunta central ya no es cuánto exporta México, sino qué lugar ocupa en la jerarquía tecnológica de las cadenas que integra.

La mayor parte de la inversión asociada al nearshoring se concentra en manufactura automotriz, dispositivos electrónicos, autopartes y logística industrial. Sectores relevantes, sin duda. Pero la cuestión estratégica es otra: ¿México captura diseño, investigación y desarrollo, propiedad intelectual? ¿O se consolida como eslabón eficiente de ensamblaje dentro de plataformas tecnológicas externas?

En energía ocurre algo similar. La transición global hacia electrificación y almacenamiento redefine el mapa productivo. China lidera baterías; Estados Unidos subsidia producción local; Europa acelera energías renovables. México posee litio, potencial solar y posición geográfica privilegiada. La pregunta es si existe una política industrial integral que articule minería, transformación, tecnología y manufactura avanzada o si cada segmento se desarrolla de manera fragmentada.

El plano territorial añade otra dimensión.

El norte del país concentra la mayor parte de la relocalización industrial. El sur-sureste, históricamente rezagado, busca integrarse mediante infraestructura logística y energética. Pero la brecha productiva persiste. Si el Estado no articula política industrial con desarrollo territorial, el nearshoring podría profundizar asimetrías internas en lugar de corregirlas.

Y hay un plano adicional que rara vez se discute: el campo y la soberanía alimentaria. Mientras México se integra con éxito a cadenas manufactureras norteamericanas, mantiene dependencia significativa en granos básicos y fertilizantes. En un mundo donde las cadenas de suministro se politizan, la soberanía productiva no es sólo industrial; es también alimentaria y energética.

Aquí emerge la cuestión de fondo.

Un Estado en transición no se limita a administrar flujos de inversión. Define sectores estratégicos. Coordina financiamiento. Articula ciencia y tecnología. Diseña escalamiento productivo. Diversifica relaciones externas sin romper equilibrios internos.

China transitó su arquitectura estatal para ascender en la jerarquía global. Estados Unidos está reconfigurando la suya para preservar centralidad. Europa revisa sus marcos regulatorios e industriales.

México, en cambio, parece debatirse entre administrar con eficacia el modelo heredado o redefinirlo ante la nueva estructura mundial.

Este entorno no simplifica las opciones; las complejiza. 

La relación México–China no es bilateral. Está atravesada por la competencia estratégica entre Washington y Beijing. Cualquier acercamiento significativo ocurre bajo la lógica de esa rivalidad. La política comercial se convierte en asunto de seguridad nacional. Las decisiones económicas adquieren dimensión geopolítica.

La relación con China ilustra esa tensión. Ignorarla implicaría marginarse de una parte central de la innovación y del financiamiento global. Abrazarla sin estrategia podría generar fricciones con su principal socio comercial. La decisión no es binaria. Es estratégica.

La verdadera encrucijada no es elegir entre Washington o Beijing. Es decidir si el Estado mexicano asumirá la transición global como oportunidad para construir autonomía relativa —tecnológica, energética, productiva— o si continuará optimizando su inserción dentro de reglas diseñadas por otros.

México vive una fortaleza coyuntural en el momento preciso en que el sistema internacional redefine sus centros de poder. Esa coincidencia puede ser punto de partida para una transformación estructural o episodio favorable dentro de una arquitectura ajena.

En este punto emerge la distinción central que define la encrucijada mexicana.

Gestionar la coyuntura significa operar con eficacia dentro del orden vigente. Negociar aranceles. Defender el T-MEC. Atraer inversión asociada al nearshoring. Garantizar certidumbre macroeconómica. Es una tarea indispensable y, en buena medida, bien ejecutada.

Pero la encrucijada histórica obliga a formular preguntas que trascienden la administración del presente.

¿En qué sectores estratégicos quiere posicionarse México cuando se consolide el nuevo mapa productivo global?

¿Desea limitarse a ser plataforma de ensamblaje eficiente o aspira a escalar hacia diseño, ingeniería y propiedad intelectual?

¿Está construyendo autonomía tecnológica o profundizando dependencia de estándares externos?

¿Diversificar relaciones económicas es visto como riesgo o como ampliación de soberanía estratégica?

El riesgo no es perder comercio mañana. El riesgo es quedar rezagado en los segmentos donde hoy se están definiendo las plataformas tecnológicas del futuro: almacenamiento energético, digitalización industrial, automatización avanzada, infraestructura inteligente. Quien fija estándares fija poder.

Si México concentra su estrategia exclusivamente en el eje norteamericano sin desarrollar capacidades propias ni vínculos diversificados, puede crecer, sí. Pero podría hacerlo en los eslabones de menor captura de valor agregado. Integrado, pero no influyente. Productivo, pero no decisor.

Al mismo tiempo, intensificar los vínculos con China no es una decisión inocua. Supone calibrar cuidadosamente impactos diplomáticos, comerciales y estratégicos. Supone reconocer que el margen de autonomía no es absoluto.

Esa es la complejidad real.

México vive, simultáneamente, un momento de fortaleza coyuntural y una transición estructural global. El éxito presente no es ilusión; es real. Pero tampoco es garantía de posición futura.

Las potencias que transforman su lugar en el sistema internacional no lo hacen sólo gestionando bien el presente. Lo hacen diseñando su inserción en el largo plazo.

El dilema mexicano no es elegir entre Washington y Beijing. Es decidir si quiere limitarse a administrar con eficiencia su integración actual o si aspira a formular una estrategia de Estado capaz de navegar en un mundo multipolar, con capacidad de negociación ampliada y visión industrial propia.

Las encrucijadas históricas no siempre llegan con estruendo. A veces se instalan silenciosamente, mientras los indicadores económicos lucen saludables.

México enfrenta entonces una paradoja delicada. Disfruta de un momento favorable dentro del orden norteamericano justo cuando ese orden pierde centralidad exclusiva en el sistema mundial. La fortaleza presente puede generar confianza; también puede inducir complacencia.

Diversificar no significa sustituir. No implica romper alianzas. Significa ampliar márgenes de maniobra en un mundo que ya no es unipolar. Significa asumir que la relación con China no es sólo comercial ni ideológica, sino estratégica.

La verdadera pregunta no es con quién comerciar más, sino si México quiere limitarse a administrar con eficiencia su inserción actual o si aspira a diseñar su posición en el largo plazo.

Las naciones que sólo gestionan el presente suelen adaptarse al orden que otros diseñan. Las que piensan en la encrucijada histórica intentan influir en ese diseño.

México está, silenciosamente, en ese cruce de tiempos.

Y la pregunta no es si el momento mexicano es real. La pregunta es si ese momento será utilizado para construir una posición estructural en el nuevo orden global o si quedará como un episodio favorable dentro de una arquitectura diseñada por otros.

El mapa mundial está en proceso de redibujarse.

La cuestión es si México quiere ser lector del nuevo mapa… o autor parcial de su trazo.

¿Está el Estado mexicano operando con conciencia de transición histórica o simplemente administrando una coyuntura favorable?

Cuando hablo de “visión y análisis de Estado” me refiero a incorporar en la estructura tres preguntas centrales que rara vez se formulan explícitamente en el debate público:

Primero: ¿México tiene hoy una política industrial explícita con jerarquización sectorial? No una lista de incentivos, sino una definición de sectores estratégicos vinculados a soberanía tecnológica, energética y productiva.

Segundo: ¿Existe una estrategia deliberada de posicionamiento frente a la competencia sistémica EE.UU.–China? No para elegir bloque, sino para maximizar margen de autonomía.

Tercero: ¿Se está utilizando el momento exportador actual para escalar en la cadena de valor o simplemente para profundizar integración dependiente?

Y ahí el concepto de “Estado en transición” adquiere peso.

Porque el sistema internacional está transitando de un orden unipolar a uno multipolar, pero la pregunta es si el Estado mexicano también está transitando en su forma de pensar el desarrollo.

Un Estado en transición no es sólo uno que enfrenta cambios externos. Es uno que redefine su forma de planificar, regular, negociar y proyectar poder económico.

China, por ejemplo, transitó de economía periférica a potencia industrial mediante una transformación interna del Estado: planificación sectorial, disciplina tecnológica, control de nodos estratégicos.

México, en cambio, transitó en los noventa hacia un modelo de integración abierta centrado en el mercado norteamericano. Ese tránsito fue exitoso en estabilidad, pero limitado en autonomía tecnológica.

El mundo está transitando.

China transitó.

Estados Unidos está reconfigurando su política industrial.

¿México está transitando o está administrando el modelo heredado?

Eso le da profundidad sin convertir la pieza en confrontación.

*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas.

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