
Juan Carlos Cal y Mayor
La educación no se reforma: se transforma o se destruye. Y lo que estamos presenciando en México no es una modernización pedagógica, sino un experimento ideológico de alto riesgo. La llamada “Nueva Escuela Mexicana”, impulsada desde la Secretaría de Educación Pública bajo la conducción de Marx Arriaga en la Dirección de Materiales Educativos, no nació como una respuesta técnica a los rezagos académicos del país, sino como un proyecto político con pretensiones culturales.
No es casualidad que el diseño curricular haya sido acompañado por discursos que descalificaban la “excelencia” como concepto neoliberal, que relativizaban el mérito académico y que colocaban en el centro una narrativa de lucha ideológica. El problema no es discutir la desigualdad o la justicia social. El problema es sustituir el conocimiento por el adoctrinamiento.
MENOS MATEMÁTICAS, MÁS CONSIGNA
México arrastra desde hace años un déficit estructural en comprensión lectora y matemáticas.
Las evaluaciones
internacionales como PISA han mostrado que más de la mitad de los estudiantes mexicanos no alcanzan niveles básicos en razonamiento matemático. En lugar de fortalecer esas áreas, el nuevo modelo diluye las asignaturas en “campos formativos” difusos donde el rigor conceptual desaparece.
La aritmética se fragmenta. La historia se relativiza. La ciencia se subordina al relato. Y lo que debería ser una plataforma para competir en un mundo tecnológico se convierte en una narrativa militante.
Cuando un país con rezagos en ingeniería, innovación y productividad decide restarle peso a las matemáticas y a las ciencias duras, está hipotecando su futuro. La educación no puede ser una asamblea permanente.
HISTORIA COMO HERRAMIENTA POLÍTICA
Los nuevos libros de texto no ocultan su intención: reinterpretar el pasado bajo una óptica ideológica. Se presenta una versión simplificada y maniquea de la historia nacional, donde los procesos complejos se reducen a opresores y oprimidos, sin matices, sin debate académico serio, sin pluralidad historiográfica.
La historia deja de ser disciplina crítica para convertirse en instrumento narrativo del poder. Se alimenta una visión victimista permanente que no fomenta pensamiento autónomo sino resentimiento identitario.
Educar no es inculcar rencor. Es formar criterio.
ERRORES BÁSICOS, PRETENSIONES MAYÚSCULAS
Diversos especialistas señalaron errores conceptuales, omisiones técnicas y fallas metodológicas en los textos. Desde problemas en ejercicios matemáticos hasta imprecisiones científicas elementales. Cuando se cuestionó el contenido, la respuesta no fue académica, sino política: acusar a los críticos de conservadores o reaccionarios.
La educación pública no puede blindarse bajo el argumento ideológico. Si los libros tienen errores, deben corregirse. Si el modelo tiene fallas, debe ajustarse. El problema es que aquí la defensa no fue pedagógica, fue doctrinaria.
EL RIESGO GENERACIONAL
Las naciones que avanzan fortalecen su educación científica, su competitividad tecnológica y su pensamiento crítico. Corea del Sur, Singapur, Finlandia, por citar ejemplos, invirtieron en excelencia académica, disciplina curricular y evaluación constante.
México, en cambio, parece experimentar con una generación completa bajo la premisa de que el contenido es secundario frente a la narrativa política.
El país no necesita estudiantes ideologizados. Necesita ingenieros, médicos, matemáticos, científicos, emprendedores. Necesita ciudadanos capaces de debatir con argumentos, no de repetir consignas.
La educación es el cimiento de la movilidad social. Convertirla en trinchera ideológica es una irresponsabilidad histórica.
No se trata de izquierda o derecha. Se trata de rigor o improvisación.
Y cuando el aula se convierte en tribuna, el conocimiento es el primero en abandonar el salón.


