
Corina Gutiérrez Wood
Después de la columna sobre los therians, esos personajes convencidos de que son animales y grabándose ladrando en redes como si fuera lo más normal del mundo, me llegaron mensajes de todo tipo, los que se rieron, los que se ofendieron, los que me explicaron con mucha paciencia, los que decían que yo exageraba, que es solo una etapa, que siempre ha existido la imaginación infantil, que antes también jugábamos, y sí, claro que antes jugábamos, claro que antes había cámaras, esas enormes que sacaban en Navidad, bodas, reuniones familiares y en cumpleaños, que grababan quince minutos seguidos y luego se quedaban guardadas en un cajón, pero no eran para explotar a los niños, no eran para exhibirlos, no eran para subirlos a las redes esperando likes, patrocinios y, por supuesto, transferencias bancarias, eran para guardar recuerdos, no para fabricar personajes. De chicos nos disfrazamos, pero nunca nos creímos animales actuando como tales.
Y ahí fue cuando me cayó el veinte.
No es que me preocupen los niños que ladran, me preocupan los adultos que aplauden, porque ningún niño llega solo a internet, nadie se vuelve viral sin permiso, sin alguien sosteniendo el celular, sin alguien diciendo hazlo otra vez pero ahora más chistoso, más exagerado, más vendible, y luego se hacen los sorprendidos cuando ese mismo niño termina creyendo que mientras más raro sea más atención recibe, porque eso fue exactamente lo que le enseñaron desde bebé, sonríe para la cámara, repite para la cámara, posa para la cámara, vive para la cámara, aprende que tu valor está en cuántos te miran y no en quién eres, aprende que si no hay público no hay aplauso y si no hay aplauso no hay existencia.
Y después los papás se persignan cuando a los catorce años el morrillo ya no sabe quién es sin un personaje encima, sin un disfraz, sin una identidad prestada por internet, y dicen ay no, en qué momento pasó esto, como si no llevaran una década empujándolo a eso, como si no lo hubieran convertido en proyecto antes que en persona, en contenido antes que en hijo, en marca antes que en niño, porque no nos hagamos, muchos vieron en sus hijos éxito, seguidores, validación, y querían probarle al mundo que sí podían, aunque fuera usando a alguien que todavía no sabe defenderse.
Y lo disfrazaron de amor, de apoyo, de modernidad, de mente abierta, de crianza cool, cuando en realidad era ego con internet, frustración con filtros, sueños rotos reciclados en versión mini, y claro que lo defienden diciendo que se divierte, que le encanta, que pide grabar, como si un niño tuviera la madurez emocional para decidir qué partes de su vida quiere regalarle al algoritmo, como si entendiera que eso no se borra, que eso no se reinicia, que eso lo va a perseguir cuando quiera ser anónimo, cuando quiera equivocarse, cuando quiera desaparecer un rato.
Porque aquí no hay pausa, aquí todo se guarda, todo se recicla, todo vuelve.
Y entonces nos escandalizamos con los therians, ¡ay no!, ¡qué horror! cómo es posible que un niño crea que es un animal, qué estamos haciendo como sociedad, pero nadie quiere aceptar que eso no salió de la nada, que no fue un accidente, que no fue una locura espontánea, que es la consecuencia lógica de haberles enseñado toda la vida que mientras más extremo seas más premios recibes, que mientras más exageres más likes caen, que mientras más cruces límites más te aplauden, y luego fingimos sorpresa cuando cruzan todos, porque llevan años entrenándose para eso, porque nunca los dejamos ser invisibles, aburridos, normales, humanos sin público.
Porque siempre estaba lista una cámara, un adulto, una cuenta, una monetización, y nosotros felices consumiendo, compartiendo, comentando, creyendo que solo nos entretenemos, cuando en realidad estamos participando en un sistema que exprime la infancia y luego se lava las manos, y claro, no todos terminarán rotos, no todos quedarán marcados, no todos odiarán a sus padres, pero el riesgo existe, y es un riesgo que no tomaron ellos, lo tomaron otros por ellos, sin pedir permiso, sin esperar, sin pensar en el futuro, porque la viralidad no espera y la ternura caduca. Y entonces corrieron, grabaron, publicaron y, sobre todo, facturaron.
Y ahora que el chico se pierde, se confunde, se disfraza, ladra, maúlla o aúlla, voltean al cielo y preguntan ¿por qué?, cuando llevan años grabando la respuesta.
Y ojo, antes de que alguien saque el diccionario psiquiátrico para darme clases en los comentarios, sí, claro que existe algo llamado zoantropía, sí, hay personas que de verdad creen que son animales, sí, es un trastorno real, muchas veces ligado a episodios psicóticos, a esquizofrenia o a enfermedades mentales graves, estudiado y tratado por especialistas, y justamente por eso no tiene nada que ver con lo que estamos viendo en redes, porque eso no es un problema clínico, es un problema de crianza, de exposición, de límites inexistentes y de adultos irresponsables, lo otro es una enfermedad que merece atención profesional, respeto y cuidado, y si alguno de estos chicos de verdad presenta síntomas así, no debería andar haciendo circo, maroma y teatro en la calle ni en redes, debería estar acompañado, atendido y protegido.
Al final el problema no es que un chico se auto perciba como animal. El problema es que detrás de cada uno de ellos, hay un adulto que lo entrenó toda la vida para creer que solo vale cuando alguien lo mira.


