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Un zorro indomable / Odiseas Posmodernas

Un zorro indomable / Odiseas Posmodernas
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Esdras Camacho

“Lo esencial es invisible a los ojos”, esa inmortal frase del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry me viene a la mente al recordar un hecho reciente en la política nacional, donde se ve involucrado el académico y exfuncionario del gobierno federal, Marx Arriaga.

Galardonado con el Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Chihuahua en 2015 y doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, autor de múltiples artículos indexados y de más de un centenar de conferencias y talleres nacionales e internacionales, se vio envuelto en una polémica noticia a mediados de febrero de 2026 al ser destituido de su cargo en la Dirección General de Materiales Educativos en la SEP.

En un clip de vídeo se observa la voz que lo destituye, la orden de abandonar su refugio de trabajo. En minutos, las crónicas se multiplican, desnudando las tramas del poder, esas arquitecturas frágiles que se levantan y se derrumban, del esplendor al abandono, del sueño al desvelo. Mientras Lou Reed susurra al fondo Perfect Day, convertido en banda sonora de un episodio injusto. 

Marx Arriaga sirvió al sistema político desde 2018 hasta 2026. Fue utilizado, exprimido y finalmente agradecido.  Creyó que contaría con el respaldo y la protección de su mentor, aquel que lo colocó en su posición y le otorgó libertad para la construcción de los actuales libros de texto gratuitos distribuidos en el marco de la Nueva Escuela Mexicana.

Como uno de los principales artífices del nuevo modelo educativo, Arriaga buscaba priorizar lo comunitario sobre lo individual y la “justicia social”. Rediseñó los Libros de Texto Gratuitos, impulsó a los docentes a diseñar sus propios programas analíticos en lugar de seguir un currículo nacional rígido, y promovió la creación de materiales que rescataran la historia regional y la identidad comunitaria.

Su salida tendría de la Secretaría tendría distintas interpretaciones, pero básicamente es una, la esencial, la necesidad de mejorar la cuarta transformación, en la que los que sí se les llama la atención obedecen, callan y continúan como si no nada.

En “La víspera del trueno”, la última novela de la saga “La costumbre del poder” (1980, Siglo XXI Editores), su autor, Luis Spota, relata cómo el poder transforma y corrompe, y cómo un hombre puede cegarse frente a la realidad. Esta trama combina intriga política con reflexión ética: “No se puede gobernar y tener remordimientos…”

El poder cuenta con sus propias reglas: total lealtad al líder, actuar con inteligencia y prudencia, y nunca permitir que los intereses personales interfieran. Marx Arriaga olvidó que era reemplazable, que no era más que una pieza en el tablero. Maquiavelo, en “El príncipe”, sostiene que el poder se administra mejor con mente fría y cautela, emitiendo frases célebres como: “el fin justifica los medios”, “más vale ser temido que amado” y “quien no se adapta, se hunde”.

Aunque Arriaga se aferraba a denominarse como un militante de la pedagogía crítica, en realidad jugaba según conveniencia: en ocasiones como soldado raso, otras como capitán o teniente, dependiendo de lo que le favoreciera. Su única lealtad debió estar siempre en sostener el discurso presidencial, no en el ramo de la educación.

Al atrincherarse en su oficina, transmitir intermitentemente coloquios y charlas con sus colegas en vivo, Arriaga expresaba su ira y frustración. A esto le seguiría una etapa de depresión y negociación. Recuerde amigo: “¿Qué es la vida? Un frenesí, una ilusión, una sombra”.

Incluso las páginas oficiales que antes lo aclamaban como un gran héroe del cambio educativo han empezado a borrar su huella: los textos que lo exaltaban como una figura extraordinaria del sistema están desapareciendo como si nunca hubiera existido. El mismo sistema que lo aplaudía, ahora lo elimina de la historia.

De estrella a estorbo: de ser idolatrado a ser borrado, pues al final resultó ser un zorro indomable… y como bien sabemos, “lo esencial es invisible a los ojos”.

En las presentaciones políticas contemporáneas, un personaje alzaba su puño declarando: “No somos iguales”, y dejaba un espacio de silencio para que la mayoría interpretara: “Son peores”.

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