
José Antonio Molina Farro
La obra épica de Goethe es una de las mayores obras de arte de todos los tiempos. Ha intrigado e inspirado a generaciones de todo el mundo y seguirá haciéndolo durante generaciones futuras. Hay ciertas obras de arte y literatura que se elevan tan por encima de la llanura de la existencia cotidiana que alteran permanentemente el paisaje cultural, enmarcando nuestros horizontes hasta el punto en que los transeúntes se orientarán por sus cimas sin conocer siquiera sus nombres. Las obras de Homero (material de base para gran parte de la religión y cultura grecorromana más de mil años después de que él viviera. Y Shakespeare que moldeó permanentemente la identidad nacional inglesa.
El arte refleja la vida, pero al servir de espejo y mostrar a la gente lo que es y lo que quiere ser, el arte puede repercutir en la sociedad e influir en el curso de la historia. Incluso puede hacer más que eso. No solo reflejan su propio tiempo; siguen resonando porque ofrecen una visión de algo más universal, una visión más profunda que informa nuestra comprensión de lo que significa ser humano.
FAUSTO. Puede situarse firmemente en la categoría de verdadero gran arte. De todas las obras de Goethe Fausto es la que ha tenido un efecto más amplio y duradero, inspirando innumerables obras arte, música, literatura y cine en todo el mundo.
Abarcar todo lo que contiene es tarea imposible. Van pinceladas.
La literatura francesa fue especialmente influyente durante la infancia de Goethe y el dominio de la cultura francesa en la Alemania de la época significó el dominio del teatro “neoclásico” francés. Pero esto, a su vez produjo una reacción contraria entre los artistas alemanes. Una nueva generación de escritores alemanes se rebeló contra este podrido régimen del “buen gusto”. Anhelaban algo nuevo, natural y, sobre todo, algo propio. Una figura importante fue Herder, quien destacaba el sentimiento natural y los cuentos populares por encima de las reglas formales de composición. Su influencia en Goethe fue muy grande.
La primera novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774 contenía el estado de ánimo inquieto que se estaba desarrollando en la sociedad y que le dio renombre. La historia de un individuo brillante pero torturado que se quita la vida conmovió tanto a Alemania que inspiró cientos de suicidios por imitación. Se trataba de la angustia adolescente de la burguesía alemana: muy culta, febril, con suen¿ños de grandes hazañas pero irrelevante tanto económica como políticamente aferrada aún a los faldones de la vieja aristocracia feudal. Goethe escribiría sobre la clase media alemana: “Aquí se trata de gente a la que la vida se le echa a perder por falta de cosas que hacer…”
En Fausto se abandonan todas las reglas del teatro “clásico”. La comedia y la tragedia se entrcruzan repetdamente y a menudo coinciden. La obra salta de un lugar a otro, de una época a otra y de un argumento a otro, sin pretender siquiera una narración coherente. En cuanto a la edificación moral del público, esta cuestión sigue siendo objeto de acalorados debates incluso hoy día.
CLASICISMO DE WEIMAR. El esfuerzo subjetivo y la preeminencia del sentimiento sobre el razonamiento formal y abstracto son temas poderosos en toda la obra, así como el descubrimiento de lo divino en la belleza de la naturaleza. En estos temas fausto se alinea muy estrechamente con el movimiento romántico que conquistó toda Europa tras la Gran revolución Francesa.
Sin embargo, Goethe renegó del romanticismo muy pronto. Despreciaba su subjetivismo y su embellecimiento del medievalismo, que se hizo especialmente prominente entre los seguidores alemanes del movimiento. En su lugar fue pionero de su propio género. El “Clasicismo de Weimar”. Junto con su amigo íntimo y colaborador, el poeta Friedrich Schiller.
En Fausto la tensión del esfuerzo individual subjetivo y las limitaciones reales de la realidad objetiva y externa ocupa un lugar central. La obra es una verdadera epopeya tanto por su escala como por su tema, abarca más de dosce mil versos que cambian de rima y recurren a referebcias de la mitología clásica, la Biblia, así como a importantes debates científicos y filosóficos de la época. El gran poeta Heine acertó al afirmar que la obra era “tan amplia como la Biblia”.
La longitud de la obra y la desconcertante estructura de su argumento han hecho que se considere imposible representarla íntegramente en un escenario. Además, los lectores modernos han encontrado intimidante el rico y múltiple simbolismo de la obra. Sin embargo hay ediciones que ofrecen útiles notas interpretativas, por lo que cualquier lector puede tener una comprensión básica de las referencias culturales y filosóficas de Goethe o también ignorarlas. Hay muchas cosa bellas que invitan a reflexión y reír a carcajadas.
No se trata de ilustrar una idea única y estrecha sino “la vida rica, abigarrada y muy diversa”. Si la realidad no se ajusta a un esquema ¿por qué habría de hacerlo el arte?
El todo sigue siendo inconmensurable, dijo Goethe, añadiendo que, como un problema sin resolver, “atrae constantemente a la humanidad a estudiarlo una y otra vez”. Un universo infinito en un número finito de páginas, que invita y recompensa la lectura y el estudio repetidos.
UNA TRAGEDIA HUMANA UNIVERSAL. Goethe empezó a escribir Fausto en 1771 y terminó su obra pocos meses antes de su muerte. En los 61naños transcurridos Europa experimentó una revolución profunda e irreversible en todos y cada uno de los aspectos de la vida social: filosófico. Político, artístico, científico y económico.
Goethe participó activamente en cada una de estas revoluciones, y Fausto acabaría conteniendo sus reflexiones sobre cada uno de estos temas, lo que la convierte en la obra de su época. Fausto dejó de ser una obra de moral cristiana para convertirse en una tragedia humana universal.
Fausto ya no sería una excepción maligna que sirviera de advertenxia al resto de la sociedad, en manos de Goethe se convertiría en un representante idealizado de la humanidad en general, y su búsqueda se convertiría en una alegoría de toda la experiencia humana.
Goethe caracterizó así el principio central dy motor del carácter de Fausto: “Esfuerzo ideal por lograr una influencia sobre toda la Naturaleza y un sentimiento hacia ella”. Bajo este lenguaje subyace el problema de la conciencia y la relación entre nuestras ideas subjetivas y el mundo objetivo fuera de nuestras cabezas.
Hay un esfuerzo sin límites que nos empuja como seres humanos a ir siempre adelante, lo que nos conduce a momentos de dicha y gloria, pero también de fracaso y desesperación. Esta es, para Goethe, la tragedia inherente a toda la existencia humana, “el punto secreto, que ningún filósofo ha visto y determinado todavía, en el que la idiosincrasia de nuestro yo, la pretendida libertad de nuestra voluntad, choca con el curso necesario del todo”.
Este conflicto está presente en todos nosotros, en la relación entre mente y cuerpo, pensamiento y ser.
Del mismo modo que nuestras ideas nos hacen saltar por encima del mundo, intentamos saltar por encima de nosotros mismos, negando y reprimiendo el lado natural y bestial de nuestra naturaleza en pos de algo superior. Como resultado pasamos de la alegría a la pena, de la belleza a la repulsión, del bien al mal y viceversa, sin escapar nunca de nuestro predicamento mientras vivamos.
Goethe espera comprender “lo que el mundo mantiene en sus entrañas”. Un problema con el que los filósofos se han debatido durante miles de años.
Todo lo que nos rodea está en permanente cambio, es impermanente, imperfecto. El mundo de los seres humanos es peor. Y en medio de toda esta crueldad, contradicción y dolor, la gente siempre ha buscado algo verdadero: leyes o principios que se oculten tras el poco fiable mundo de las apariencias y dicten la sentencia de las cosas.
Por miles de años los filósofos desde Platón hasta descartes insistieron en la capacidad de los seres humanos para penetrar el “velo de la experiencia” y percibir el mundo real más allá, utilizando el pensamiento puro y la deducción lógica.
David Humeexplicó que solo podemos conocer el mundo a través de nuestros sentidos, atrapados en nuestra ignorancia de lo que hay más allá. Kant llegó a la misma conclusión, afirmó que lógicamente tiene que haber algo ahí fuera, pues de lo contrario no tendríamos ninguna sensación, pero nunca podríamos saber nada al respecto.
Lo único que podríamos hacer es organizar nuestras experiencias de una manera que tenga sentido para nosotros utilizando categorías innatas, como el espacio y el tiempo. Tras haber prometió el conocimiento de verdades universales y eternas, la filosofía se había convertido en su contrario.
Fausto se desespera. No ve ninguna salida en la trampa en que ha caído. Por su bien y por el bien de la trama, es vital que encuentre una salida.
FIchte “resolvió” el problema llevando a Kant a su conclusión lógica: podemos conocer el mundo porque nosotros- o más exactamente yo- somos todo lo que hay; el mundo es algo que crea nuestra conciencia. El idealismo subjetivo de Fichte nunca convenció a Goethe.
Goethe era un gran amante de Baruch Spinoza a quien decía leer “como mi oración de cabecera”. Al igual que Spinoza , creía firmemente que no hay nada fuera o “por encima” de la naturaleza. La esencia de las cosas se encuentra, pues, en el mundo de las cosas.
Para Goethe la “esencia” o el principio organizador de una cosa hay que buscarlo en su vida: todo el curso de su desarrollo y la totalidad de sus interrelaciones. Esto puede comprenderse o vislumbrarse a través de la experiencia, a través de la actividad real y sensorial: “Gris , caro amigo, es toda teoría,/ y verde el dorado árbol de la vida”.
Goethe dio aquí en forma poética un paso más allá de su admirado Spinoza sino a toda la filosofía de su tiempo. Y con esta brillante idea contribuyó también a allanar el camino a la filosofía dialéctica materialista de marx y Engels: “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”.
Fausto da su primer paso de la teoría a la práctica, de la contemplación estéril a la vida activa. El resto de la obra: romance, arte, riqueza, política, guerra y mucho más.
Para Goethe la confrontación constante entre fuerzas opuestas “bipolaridad” lo que produce el desarrollo. Nacimiento y desaparición, de “devenir”, pero este devenir es el desarrollo hacia formas cada vez más elevadas.
Por eso no es de extrañar que el gran dialéctico Hegel escribiera a Goethe: “Cuando examino mi desarrollo intelectual, te encuentro por todas partes entretejido en él y bien podría llamarme uno de tus hijos”.
En la historia del mundo y de la humanidad, cada problema resuelto crea uno nuevo sin resolver. Como explicó el propio Goethe, pasamos del error a la verdad y de nuevo al error, pero en última instancia a una comprensión cada vez mayor del universo y de nuestro lugar en él.
En el corazón de Fausto hay un mensaje sencillo y optimista sobre la naturaleza humana y el progreso. Es una oda a la incesante lucha creativa de los seres humanos en el amor, el arte, la ciencia en la transformación de la naturaleza y de nosotros mismos, llevada a cabo en una innumerable sucesión de generaciones.
Un progreso contradictorio por su propia naturaleza. Ninguna generación de seres humanos sabrá jamás todo lo que hay que saber sobre el universo. El conocimiento no es un punto final al que hay que llegar sino un proceso, el esfuerzo mismo que constituye la esencia del carácter de Fausto.
Pero donde queda Fausto como ¿“tragedia humana universal”? Cualquiera que quiera extraer una lección moral de esto debería dirigirse a al Prólogo en el Cielo, al comienzo de la obra y considerar las instrucciones del Señor: “Lo que deviene, lo que vive siempre, abrazadlo en amor, dulces límites ¡Y lo que flota en oscilante imagen, con ideas perenes afirmadlo!”
Sal. Actúa. Esfuérzate por cambiar este mundo y utiliza los conocimientos que adquieras para hacer algo que perdure durante generaciones.
“¡En el principio era la acción!”


