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Los nuevos ídolos de la moral colectiva / A Estribor

Los nuevos ídolos de la moral colectiva / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

Hace algunos años visité Chicago invitado al Museo Nacional de Arte Mexicano, fundado y dirigido por Carlos Tortolero. Desde Chiapas viajaron el artista plástico indígena Juan Chawuc y el pintor japonés avecindado en San Cristóbal de las Casas, Akio Hanafuji (QEPD), quien dedicó sus últimos años a retratar la riqueza de los textiles indígenas chiapanecos. El museo es impresionante, alberga más de once mil piezas que recorren el arte prehispánico hasta el contemporáneo. Fue posible gracias a los donativos de fundaciones y ciudadanos estadounidenses, no precisamente latinos.

Me llamó la atención la Trump Tower, a un costado del Chicago River. En el piso 16 hay una terraza con vista espectacular. Una mexicana, avecindada desde hacía más de veinte años en Estados Unidos, me ofreció un aventón. Cuando le dije que iba a ese lugar, casi me baja del coche. Me mostró fotografías donde mexicanos radicados allá posaban enseñando el dedo mediob frente al edificio, en señal de rechazo a Trump, que entonces aún no era presidente.

Le pregunté cómo le había ido viviendo en los EU. Me respondió que su vida cambió por completo desde que llegó a Estados Unidos. Lo que me sorprendió fue su declarado odio hacia los “gringos”. Para mí no tiene lógica el repudio hacia una nación que abrió sus puertas, ofreció oportunidades y permitió acceder a una calidad de vida impensable en su país de origen. En esa misma ciudad hay incluso una estatua de Benito Juárez.

Estados Unidos es, sin duda, una nación de migrantes. Pero una cosa fueron quienes llegaron bajo reglas claras y construyeron sus instituciones, y otra distinta es la migración reciente que, aun entrando sin permiso en muchos casos, encontró trabajo, prosperidad y libertad de expresión.

Si alguien entra en casa ajena, no es razonable que actúe como dueño ni que descalifique a quien lo recibió. Y, sin embargo, eso es lo que ocurre en ciertos discursos culturales contemporáneos: se goza del sistema, pero se desprecia su fundamento. Eso pasa también en Europa con los musulmanes. Se aprovechan sus libertades, pero se atacan los valores que hicieron posible esa prosperidad compartida.

EL FENÓMENO BAD BUNNY

El caso de Bad Bunny es paradigmático. Puede decir lo que quiera, provocar, blasfemar y criticar porque habita una democracia que lo permite. Llena estadios, firma contratos millonarios y se convierte en símbolo global gracias a un sistema que protege la libertad individual y la propiedad privada.

Pero no se puede canalizar el odio alimentado por el resentimiento en un país cuya prosperidad ha sido compartida, y esperar que la mayoría histórica de su población aplauda una narrativa que percibe como hostil o invasiva.

La libertad de expresión es un pilar de la democracia estadounidense. Precisamente por eso es posible que un artista Puertorriqueño con nacionalidad estadounidense cuestione sus fundamentos . Esa misma libertad, sin embargo, no obliga a la sociedad a celebrar un discurso que considera agresivo o desleal.

EL MEOLLO DEL ASUNTO

Lo que sí resulta llamativo es el silencio frente a las dictaduras latinoamericanas que generaron la pobreza y expulsaron a millones hacia el norte. Allí no hay canciones incendiarias contra el régimen. Allí no hay giras multimillonarias criticando al poder. Allí no hay libertad para morder la mano que oprime. Ese es el punto central.

No es coherente descalificar al país que ofreció oportunidades mientras se absuelve a los gobiernos que provocaron la miseria que obligó a emigrar. No es lógico atacar los valores fundacionales de una democracia que permitió prosperar, mientras se ignoran los regímenes que niegan las libertades más básicas.

Las democracias fuertes toleran la crítica. Pero la crítica también exige responsabilidad moral. El artista es circunstancial. Pero la contradicción cultural es evidente.

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