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Crónica de un Super Bowl salvado por Bad Bunny / Sarcasmo y café

Crónica de un Super Bowl salvado por Bad Bunny / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Yo estaba ahí, frente a la tele, con la esperanza de que los New England Patriots consiguieran su séptimo anillo, soñando con touchdowns espectaculares, jugadas que me hicieran levantar del sillón y gritar como loca. Y sí, no eran los favoritos, pero llegaron hasta aquí; ¿y para qué? Si el partido terminó siendo tan aburrido. Apenas empezó el juego y ¡puff! Flojo desde el inicio. No era ese Super Bowl que uno imagina. Era un juego de relleno, puro trámite, sin nada que nos hiciera brincar de emoción.

Los Seahawks tomaron el control desde el principio con una defensa que más que jugar parecía estar de vacaciones, bueno, de vacaciones, pero con disciplina. Cada vez que los Patriots intentaban mover el balón, la defensa los frenaba en seco. Era tanta presión que por momentos uno se preguntaba si los Patriots habían traído a un equipo de práctica en lugar de su ofensiva titular. Claro que, si la defensa de New England no hubiera hecho su trabajo, esto se habría salido de control, lograron contener algunos embates y mantener los daños un poco más limitados, aunque no alcanzó para poner emoción real.

La ofensiva de Nueva Inglaterra estaba completamente contenida, y lo peor, parecía que no encontraban ni el ritmo ni la paciencia para hacer algo medianamente interesante, y uno ahí, viendo cómo el reloj avanzaba y pensando: “¿Estoy viendo el Super Bowl o un partido de pretemporada?” Para colmo, Drake Maye fue atrapado varias veces pobrecito, cada intento de avanzar terminaba en las manos de la defensa rival, y los Patriots nunca pudieron establecer ningún ritmo sostenido.

Por su parte, los Seahawks tampoco se volaron la cabeza con la ofensiva. Sam Darnold hizo su trabajo, lanzamientos seguros, cero errores graves, pero nada espectacular que merezca un highlight de esos que vemos en redes. El verdadero protagonista fue Kenneth Walker III, que corrió 135 de las 141 yardas totales del equipo, llevando el balón con fuerza y estilo, y manteniendo el reloj a favor de Seattle. Así, con goles de campo, un par de jugadas sólidas y un touchdown, los Seahawks fueron sumando puntos mientras los Patriots no podían ni acercarse.

Claro que hubo un destello de esperanza al final del partido, los Patriots lograron un touchdown tardío, un pase largo de Maye a Mack Hollins que finalmente anotó. Pero llegaba tarde, así como echarle agua fría a una fogata que ya se apagó sola. Por un momento pensé; “Bueno, algo de emoción”, y luego recordé que quedaba solo un cuarto y el daño ya estaba hecho.

No entendía cómo es que todo ese espectáculo deportivo que se espera con ansias, esta vez se sentía… ¡meh! Dos cuartos de defensas dominantes, ofensivas tímidas, y yo preguntándome si la emoción de verdad se había quedado en el vestidor. Hasta que llegó el medio tiempo y recordé un comentario que en su momento me dio risa: “¿Quién va a jugar en el concierto de Bad Bunny?”. Y de pronto, ese comentario dejó de ser chiste y cobró sentido.

Porque lo que vimos no fue solo un artista cantando canciones pegajosas o pasos de baile bien ensayados. Bad Bunny lo rompió, y no lo digo por presumir un gusto musical que normalmente no tengo, porque honestamente, no soy fan suyo y no escucho su música en mi vida diaria, sino porque lo que hizo en ese escenario fue mucho más grande que un show de medio tiempo.

Lo que presentó fue una celebración de cultura, identidad y unidad que hizo vibrar a millones. Su performance fue en español, o al menos eso parecía en las frases que alcancé a entenderle, con escenografía que evocaba tradiciones latinas, música que resonaba con sabor caribeño y momentos que hablaban de raíces profundas. Pero lo que realmente marcó la diferencia, lo que hizo que muchos espectadores dejaran de lado cualquier prejuicio, fue el mensaje que transmitió.

Mientras algunos esperaban que se fuera por la ruta del conflicto o la protesta, Bad Bunny eligió unir. Cerca del final del show paró, tomó el micrófono y dijo “God bless America” antes de nombrar uno por uno a países de América Latina, incluyendo México, Puerto Rico, Colombia y otros, y también a Estados Unidos y Canadá, con bailarines ondeando banderas de todo el continente detrás de él. El estadio se llenó de color, de historia, de nombres y de sentido de pertenencia.

Detrás de él, una pantalla gigante mostró un mensaje que resumió todo “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. No era campaña política, ni espectáculo vacío. Era una declaración de humanidad, de inclusión y orgullo por la diversidad. Todo esto se sintió aún más poderoso por la cantidad de problemas que enfrentan los inmigrantes hoy en Estados Unidos, la presión, la discriminación y la lucha diaria por ser aceptados y reconocidos.

Ese gesto, ese acto de nombrar países, de unir culturas, de mostrar que somos parte de una historia más grande que simples fronteras fue lo que convirtió esos minutos en algo realmente emotivo y profundo. Lo que hizo que no importara si te gusta o no su música sentías el mensaje.

Y mientras algunos políticos y críticos lo calificaban de “terrible” o decían que no entendían una palabra, millones veían algo diferente una celebración de identidad, comunidad y esperanza en un momento en que ese tipo de mensajes, sobre inmigración, diversidad y unidad, se sienten más necesarios que nunca.

En resumen, si alguien mañana me pregunta qué pasó en el Super Bowl LX, le diré que los Seahawks fueron campenoes, los Patriots no encontraron ritmo y la única emoción real vino de un artista que demostró que, en el 2026, el entretenimiento puede comerse al deporte sin pedir permiso. Y sí, aunque me dolió ver a mi equipo favorito ser aplastado, tengo queadmitirlo, Bad Bunny no solo dio un show, dio algo que se sintió personal, algo que hizo que ahí, en medio del espectáculo más visto del año, muchos sintieran que pertenecen, que importan y que ese país, con todas sus culturas y raíces, es casa para todos. Y si eso no es digno de un Super Bowl; entonces ya nada lo es.

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