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Felicidad

Felicidad
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José Antonio Molina Farro

Una de nuestras aspiraciones más sensatas en un mundo con tantas turbulencias no es la felicidad entendida como euforia constante sino algo más más sencillo y a la vez complicado. No vivir en permanente contradicción con uno mismo. No sentirse traicionado por lo que uno piensa, dice, hace o desea. Ese desajuste interno es caos, tumulto interior, ruido constante que termina pasando factura. Sobre eso reflexiono, sobre la congruencia, con mi fraterno, entrañable amigo Juan Carlos Cal y Mayor, un intelectual de gigantesca estatura intelectual y moral. Rara avis.  

No se trata de eliminar las contradicciones sino de aprender a escucharlas, reconocerlas y, en lo posible, integrarlas. Vivir de tal forma que uno no tenga la sensación íntima de haberse fallado. Precisamente uno de nuestros grandes males es la desconexión con la propia  de identidad. Hay mucha gente que, aunque parezca descabellado, no tienen idea de quiénes son. Y eso impide  alcanzar algo esencial: la serenidad que  puede ayudarnos a ser felices. La sabiduría no tiene que ver con acumular conocimientos ni con una erudición fría y distante. La verdadera sabiduría consiste en convertir el conocimiento en algo vivo, en permitir que dialogue con las emociones, que madure la relación que uno mantiene consigo mismo y con el mundo. Ser coherentes, congruentes, una virtud muy escasa. Pedro Vivar autor de El arte de la coherencia  nos explica la congruencia entre valores, emociones, pensamientos y comportamientos. Es difícil en un entorno social preñado de oportunistas y arribistas de toda laya, un entorno social de ambiciones sin límite que empuja a hacer ajustes en los principios, cuando se tienen, y al miedo de quedar fuera, sin poder y sin hueso. Muchas personas sabiendo lo que sienten no se atreven a actuar en consecuencia. Otros actúan por inercia, consigna, presión externa,  o por expectativas ajenas, aún sabiendo que no encaja con lo que son. En principio esa factura no es evidente al principio, pero con el tiempo pasa factura  en forma de ansiedad, culpa, irritabilidad o sensación de vacío. Aunque subrayo que es tanta la falta de escrúpulos y el cinismo de muchos que no a todos les pasa factura. Nuestra realidad lo evidencia. Por ello hay que tener en cuenta que la coherencia no tiene que ver con ser rígido  ni con no cambiar de opinión. Tiene que ver con revisar desde dónde se toman las decisiones  y si esas decisiones corresponden a una convicción propia o a un miedo no expresado. Esta tensión no es nueva, esa diferencia ha estado presente en casi todas las culturas marcando lo que se espera socialmente  frente a lo que cada persona siente como propio. El condicionamiento más profundo no se construye en la edad adulta, se interioriza desde la infancia. El niño aprende todo por imitación: observa qué conductas  reciben aprobación y cuales generan rechazo, qué actitudes relajan el entorno y cuáles le incomodan. “El sistema nervioso infantil qué es seguro sentir. Pensar y expresar. Y ese aprendizaje temprano deja una huella duradera. Cuando estos patrones se repiten durante años, terminan cristalizando en la identidad. Aparecen ideas como “yo soy así” o “el mundo funciona así”, y esa identidad se protege más de lo que se pone en duda. Esto ayuda a entender por qué personas inteligentes, formadas y bien informadas reaccionan de manera casi automática  ante determinados temas, más allaá del fanatismo  y el rencor social tan característico en nuestro país: no están razonando desde cero sino defendiendo un marco mental construido micho antes de contar con herramientas para cuestionarlo. Michel Foucault quien sostenía que el poder más eficaz  no es el que prohíbe sino el que genera normalidad. No impone un “no puedes” sino un “esto es lo que se hace”, que no se percibe como una orden sino como algo evidente. Desde el punto de vista psicológico este tipo de condicionamiento resulta tan sólido porque está íntimamente ligado a la pertenencia. Cuestionar ese marco o es solo un ejercicio intelectual, implica poner en riesgo vínculos, identidad  y uha sensaión básica de seguridad y eso conlleva costos adicionales y sociales que muchas personas no están dispuestas a asumir. 

LA COHERENCIA, PILAR DE LAS RELACIONES HUMANAS. Es clave para el desarrollo de la integridad personal. La incoherencia debilita la confianza en uno mismo y la de otros hacia nosotros. Ser coherentes no garantiza relacones fáciles pero sí relaciones más limpias donde lo que se ofrece coincide con lo que se es. Y eso genera una base mucho más firme para el respeto mutuo. La coherencia, aventuro, no es solo un valor moral, es una condición fisiológica. No se alcanza pensando mejor sino organizando mejor el cuerpo, la energía y la atención. Por eso personas muy inteligentes viven agotadas  y personas más simples pero coherentes están llenas de energía y plenitud. Vivir de forma coherente no elimina los conflictos pero reduce el ruido interno. Y cuando el ruido baja la vida se vuelve más habitable, más sencilla. Más propia  

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