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Memorias de un poeta II

Memorias de un poeta II
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Uvel Vázquez

CAPÍTULO DOS

Soy un muchacho que escribe. Y busca estar solo por el resto de sus días.

Soy esta ave volando entre la polvareda de lo gris.

Soy un poeta inculto tocando una tonada en los tobillos de la poesía.

Busco salvarme del olvido, escribiendo.

Me oculto entre la maleza de las sílabas.

A esta cabaña ha venido Jaime Sabines, Raúl Garduño,

Y ahora Uvel Vázquez.

Sudaban los árboles de pino.

Deslumbraba la niebla.

El frío me desterraba de mi ombligo.

Leímos a Vallejo y a Neruda,

Bebiendo vino y fumando mariguana.

Escribimos un solo poema entre ambos.

No sé por qué miro a otra mujer que no es mi mujer. 

Busco a la perfecta, o la imperfecta. 

Busco el rastro de algún recuerdo. 

O algún pedacito de suspiro. Me dicen que todas las mujeres tienen lo mismo.

En cierto sentido tienen razón. Sin embargo, no todas huelen igual, ni sonríen igual, ni se mueven igual, ni besan igual. Todas las mujeres son diferentes. Una mujer chaparrita está llena de encanto y de misterio. Una mujer alta está llena de silencio y de bullicio. Una mujer flaca se acomoda tan de lo bien entre los brazos. Una mujer gordita te llena de calor en cada quejido. La fina lencería lo distingue a cada una. El perfume los distingue a cada una de la otra. No todas comen lo mismo. No todas hablan de lo mismo. No todas te deslumbran con lo mismo. 

CAPÍTULO TRES

Golpeo esta hoja de papel y cae una palabra de la primera línea y me inunda de fantasía.

La angustia transcurre de una línea a otra. 

La esperanza brinca con la cuerda de la O.

Allá, dijo el niño.

Tratando de regresar a casa de los abuelos.

No era posible el regreso.

Sólo tenía un año.

Pa’ allá, señalaba. El retorno era imposible.

Vengo de allá.

Vuelvo allá algún día.

Soy de la tercera edad y todavía se me para. Con los años me quedé sin muelas y sin fuerzas. Dios es mi refugio a todas horas. Ya no me conocen. No es que me cambiara de rostro. Ganas no me faltaron. El tiempo se apretó de arrugas. El tiempo se hizo hipertenso. El clima se llenó de triglicéridos. La luna con colesterol ya no era misma. La tierra se hizo dulzorada. Me acostumbré a jalar mi esqueleto a todas partes. Marchitas las piedras de mis ojos. Las canciones me gritaron tu nombre. Los animales del bosque se repartieron mi soledad. Mi abundante pobreza lo compartí con las hormigas. Con las focas me enviaba WhatsApp. Me divertía en facebook con mi querida de la Mar. Con el barco de mis huesos anduve por el mundo. El puño de mi corazón me golpea con rabia. 

Después de la vida, hablan las piedras que anduve.

Aglomeraciones de suspiros me dicen adiós, desde el excremento que fui mañana.

CAPÍTULO CUATRO

Caigo como elefante en esta página vacía, escribo borrando mi dolor sobre la tierra.

Tapizo mi falto de amor para ocupar orgullosamente la multitud de espíritus que soy. 

Desaparecí de tu monosílabo,

                                                     de la oración más sentida y sensible,

                                                                                                          de tus ojos, aquella noche en el taxi.

Me gusta verte feliz. Sentada frente a la ventana, con delicadeza cruzas las piernas, dejando ver el perfume de tu cuarto. Tu ropa interior verde, blanca, roja, negra, morada, café. Amo cuando con maestría cruzas tu pierna derecha sobre la izquierda. Luego la izquierda sobre la derecha. Ese movimiento me pierde en tu silencio de manzana. La fragancia de tu ropa. Me enredo en tus encajes. 

El sol exprime mis manos, mis suspiros cortados. Ah, el bello silencio de tus piernas agitándose en la incansable luz de mis deseos. Te encontré hoy al saludarte, me quedé con el rastro de tu aroma, me atrajo a ti, tu dura soledad. Nos olimos. En silencio nos olimos sin prisa. Desamparados. Tú ropa cubría tu enigmática belleza.  Tu blusa de labios. Tu falda corta de limón y sal. Tu piel fuego intenso e inocente. Tus rodillas de mar. Tus quejidos crepitaban en la ausencia del silencio. La cama era la habitación más hermosa para estar juntos como la muerte.

Después de varios días de no desnudarme con desconocida, andaba venenoso. Mi mujer se fue de viaje. Estaba solo como un solo de piano. Salí a que me diera el aire. Me fui jalando calles. No me di cuenta las calles y avenidas que caminé feliz de la vida. Me senté en la banca del parque a contemplar. Se acercó a mí un limpiador de calzados. Hice que limpiará mis zapatos. Se alejó después. Continúe deambulando sin destino. Las mujeres me atraen mucho, desde niño. Me gusta ir mirando las hermosas caderas. Los colores diversos de sus ropas. Me encanta ver cómo el viento les golpea las nalgas. Ver mujeres me relaja demasiado.  ¿Qué busco en una mujer? No busco nada. Me gusta oler como perro a cada una. Cada mujer huele a milpa reventada, a jazmín, a naranja. Trato de conservar cada aroma de cada mujer en mi olfato fácil y delicado. Sueño con todas y con ninguna. Y nos encontramos. Me abrazaste bien fuerte, sentí tu olor a sudor. Ah, te olí con los ojos cerrados. Tu olor me recordó a mi madre. No te solté de mis brazos. Nos manchamos ambos las ropas. Ah, oler tu cuello sudado, recorrer el hermoso territorio de tu cuerpo dulce, apretado.

Me encanta los pies de una mujer. Reconozco a la belleza por el arco de sus pies. Me agacho para recorrerte de pies a cabeza. Ah, qué maravilla ver tus uñas pintadas, tu hermoso talón de piel recién nacida. Yo leo las líneas de tus pies. Con mi dedo índice lentamente, lento dibujo tus pies como el alfarero. Te formo a mi medida. Te hago mía como mi sudor y mi dolor de muela. Acaricio pacientemente tu dura soledad de durazno. Cuidadosamente te levanto el pie izquierdo, hasta mi hombro izquierdo. Acariciándote suavemente coloco tu pie derecho sobre mi hombro derecho. Con tus pies sobre mis hombros. Te muevo más cerca de mi corazón. Te golpeo con mis espermas varias veces. Gritas. Te enciendes toda. Ardemos sobre la tierra. Nuestros deseos se atan y desatan insaciables como olas reventando sobre rocas antiguas.

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