
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Ana Karen,
Dediquemos este artículo a los millones de niños sin infancia como la pequeña Fabiola cuyos deseos de estudiar son tan grandes como su inteligencia y miseria familiar. Esta mañana regresó la niña que tocó a la puerta el sábado pasado muy de mañana. Volvió porque los fines de semana también come y si no trabaja la comida no llega a su mesa. Fabi llegó a la casa como quien busca su balón que ha traspasado la cerca con una gran patada. Pero no. Fabi buscaba otra cosa.
Con su sonrisa infantil de 8 años y una mirada entre dulce y triste, la pequeña pregunta:
― ¿Quiere que le corte el pasto, le limpie el patio o lave el automóvil?
―No gracias. Ahora no. –le respondo. Su rostro esboza una nueva sonrisa, pero en el fondo refleja una desilusión más. Quién sabe en cuántas casas le han respondido lo mismo, quién sabe qué tanta necesidad tenga para trabajar en vez dormir hasta tarde en sábado. La niña no pidió pan ni limosna; se acercó a solicitar trabajo; y escuchar una negativa. Eso es doloroso. Tan doloroso como tener que trabajar en vez de jugar, tan doloroso como enfrentar esta cruda realidad en vez de viajar por los países de la fantasía propios de su edad.
― ¡Ey!, espera! Quieres trabajar, ¿verdad? – le pregunto, como si no fuese obvio. Entonces la niña sonríe como quien ha conquistado una medalla de oro en las olimpiadas y regresa hasta la reja de la casa. Su aspecto es limpio y sus modales, de quien ha sido bien educada a pesar de su pobreza.
― ¿Quiere que le limpie el patio? –pregunta ansiosa de empezar su labor.
―No. Quiero que me ayudes a ordenar unos cuantos libros. ¿Sabes leer? La pegunta. ya no es tan elemental en estos tiempos de miseria en que los niños desertan de la escuela para completar el gasto familiar con tanto desempleo y bajos ingresos como hay.
―Sí, señor, sé leer. Iba a pasar al tercer grado, pero mi papá no tiene trabajo y debo ayudar a mi mamá que hace el aseo en algunas casas. Pero leo bien, era la mejor de mi clase. Me llamo Fabi, responde con aplomo― En su mirada inteligente se adivina que en verdad pudo ser la mejor de su clase, pero quizá no lo vuelva a ser más.
―Bien, el trabajo es sencillo. Me ayudarás a sacudir y ordenar algunos libros― entramos a la casa, le explico de qué se trata y en tanto, le ofrezco algo de comer. El sudor perla su frente y se nota que ha caminado bastante antes de encontrar el empleo. Cuando regreso con agua y comida, Fabi hojea el libro ilustrado de las “Aventuras de Tom Sawyer” y lo observa con verdadero entusiasmo. Pasa con cuidado cada una de las páginas y empieza a leer. La observo de reojo sin decirle nada.
― ¿De qué trata este libro?, ―me pregunta con interés.
―Verás, es la historia de un niño muy travieso que vivía a la orilla de un enorme río llamado Mississippi y junto con sus amigos juegan a ser piratas… lo escribió un señor llamado Mark Twain hace muchos años en 1876… Lo puedes leer mientras yo termino de acomodar libros. Fabi se acomoda en el piso, toma el libro con delicadeza y empieza a leer en voz baja. La escucho con disimulo; me sorprende su dicción y buena lectura.
― ¿Y todo esto que dice, es verdad?, pregunta Fabi con la inocencia de quienes alguna vez buscamos al autor de la voz detrás de la radio. ¿Los niños eran piratas en verdad? Y adivino en la sonrisa de Fabi el deseo de obtener una respuesta positiva porque a esa edad la fantasía y la imaginación no tienen límite. Es como si hubiera encontrado una tregua a su triste realidad y la magia de Tom Sawyer la hiciera soñar despierta viajando hacia territorios desconocidos posibles gracias a la palabra y la inagotable fantasía infantil.
De pronto, me reflejé en esa niña viendo cada domingo el Teatro Fantástico de Enrique Alonso. Ese personaje a quien reconocíamos como que Cachirulo con su pelo zanahoria y amplia carcajada haciendo teleteatro para los niños, los papás de los niños y los papás de los papás de los niños… porque la fantasía no tiene edad.
En el 2004 enterraron al sinaloense Enrique Alonso a sus 80 años de edad, pero nadie podrá sepultar a Cachirulo, la Bruja Escaldufa ni al Fanfarrón y menos a Cuqui la Ratita quienes construyeron historias sin violencia, vulgaridad ni guerras, haciéndonos volar la imaginación a los niños que entonces presenciábamos cada domingo el Teatro Fantástico de Chocolates La Azteca.
Ese año, Enrique Alonso nos dijo, ¡Aaaaaaaadiós amigoooos! Y ahora veo a la pequeña Fabi devorando las páginas del libro, hurgando en su propia imaginación, deseosa de conocer a Tom Sawyer en persona.
Pocholo fue mi compañero en la primaria. Un día, debía recoger su libreto y cuando Cachirulo salió a abrirnos, lo vi con un suéter verde y su cabello oscuro, pensé que bromeaba. Ese señor no podía ser Cachirulo, al menos, no el que yo conocía por la televisión. Ese era un hombre como de 40 años, amable y sonriente pero no era Cachirulo, porque en la fantasía de un niño la ficción y la realidad no tienen frontera. Eso lo comprendí más tarde cuando Enrique Alonso escribió: “Porque el teatro es lo más maravilloso que se cruzó por mi vida”. Y en la mía también.
Enrique Alonso, nació para alegrar a los niños, para despertarnos la imaginación y la fantasía; para alejarnos de la triste realidad que vive Fabiola.“Érase que se era…” un mago de los sueños que venció a las enfermedades más encarnizadas, “Érase que se era… un hombre de cabello color zanahoria, pantalones ridículos y enorme corbata de moño rojo. “Érase que se era… un hombre capaz de convencernos que el bien siempre triunfa sobre la maldad y que en los bosques habitan hadas y duendes que rondan nuestros sueños y nos defienden de la realidad. “
Érase que es y seguirá siendo por siempre Fabiola imaginándose una pirata al lado de Tom Sawyer. Pues como calificó la Jesusa a Cachirulo: “Hay seres que enaltecen a la raza humana y la salvan, son luces que dan la oportunidad de seguir creyendo” o Cristina Pacheco: “Veo a Cachirulo como gran visir, relojero, mago, brujo. El alimentó amorosamente el teatro mexicano y con su magia permitió a muchos el sueño magnífico de volver a la patria verdadera: la infancia”. Y yo veo a Fabi, absorta en la lectura de Tom Sawyer, le obsequio el libro. Me mira incrédula y me pregunta:
― ¿Puedo regresar a limpiar más libros como este?
―¡Claro que puedes! ― ¿Y puedo traer a mi hermanito?
Observo a Fabi y me pregunto: ¿hasta adónde podrá viajar con Tom Sawyer antes que la realidad la devuelva a la limpieza de patios y automóviles a su corta edad? ¿Quién se atrevió a cortarle el sueño y la fantasía? ¿Quién podrá devolvérsela si Enrique Alonso ya nos ha dicho ¡Adiós amigos…!?
¿Cuántos niños como Fabi se sumarán mañana a las calles para dejar sus años de magia tallando carrocerías o trapeando pisos? La historia de Fabi no es un cuento de Cachirulo, sino el drama presente que se vive en México; un drama que debiésemos sepultar como una cuestión de amor.


