Ernesto Gómez Pananá
Está su semanal columna lleva ya casi diez años desde sus primeras aproximaciones. En ocasiones, cuestiones públicas, en ocasiones memorias personales, y no obstante la temática no siempre es festiva -ni la violencia ni la corrupción lo son- escribir suele ser un acto intimísimo cuya calidad no soy quien para calificar, pero que sin duda alguna representa un ejercicio de gran gozo para este su tecleador de cabecera.
Hoy, inspirado en las crónicas citadinas del maestro Juan Villoro, traigo para ustedes querides 25 lectores, el intenso, angustiante, tenebroso e hilarante relato de *#ComoPorFinRenovéMiLicenciaDeManejo
Aquí inicia:
Aprendí a conducir automóviles a los diecinueve años, casi veinte. Tomé mi curso y tramité la respectiva licencia en 1992, era por un año. A su vencimiento la renové tal vez por tres. Era un documento costoso, pero además engorroso.
Durante la administración de AMLO como jefe de gobierno de la Ciudad de México, se implementó la expedición de licencias de manejo con vigencia permanente. Un documento por el que no había que pagar para renovarlo cada cierto tiempo. Fue un hitazo administrativo. Los conductores hacían -hacíamos- fila para obtener tan preciado documento perpetuo. Era como estar en Dinamarca. O bueno, casi.
De ese lejano 2005 a la fecha han transcurrido veinte años, he renovado en más de cinco ocasiones el pasaporte y al menos tres la credencial del INE. En estas dos décadas surgió la CURP, se inventaron los códigos QR y los títulos digitales. Mientras tanto, el inevitable desgaste en el plástico y la impresión fueron haciendo mella en mi preciada licencia de conducir permanente: un documento desgastado, maltratado, cuasi ilegible y francamente impresentable que era necesario reemplazar.
La opción de obtener una licencia permanente fue permeando en otros sitios del país. A la Ciudad de México le siguieron otras entidades aunque con intermitencia, pues a cambio de la ovación ciudadana viene el castigo a la recaudación.
Mi objetivo era que en alguna visita a la capital del país, pudiera agendar la cita respectiva y reemplazar mi documento. Innumerables veces lo intenté sin éxito. Gestión obligadamente en línea y confusa. Agenda de citas saturada y espacios no disponibles.
A la par de estos intentos infructuosos, de manera inexorable mi nombre se tornaba más borroso y mi rostro indistinguible. El reemplazo era más y más urgente, pero conseguir la cita era poco más difícil que viajar a Dinamarca -a pie, obvio, porque conducir portando ese pedazo de “licencia” se tornaba cada vez más temerario.
En abril del 2024 viajaría a la gran capital por prácticamente una semana, me propuse la alta encomienda, ahora si, de obtener el tan anhelado documento de reemplazo, nuevo, reluciente, legible.
Indagué sobre el trámite actualizado y me encontré con que había que pagar primero y posteriormente, ya con ese salvoconducto electrónico denominado “línea de captura” en mano, buscar la cita en la página electrónica respectiva. Fail. Mi estancia en la Ciudad de México habría tenido que prolongarse hasta septiembre para, con un poco de suerte logran la tan cotizada cita. Sobra decir que el pago de esa ocasión, abonó a las finanzas capitalinas pero no me permitió obtener el documento. Dinero a la basura.
Así pasaron los meses, acaso poco más de un año hasta llegar a noviembre pasado. Ingenuamente volví a pagar, presuponiendo que la alta demanda de citas era cuestión del pasado y que esta vez si habría disponibilidad. Intenté una vez más, agendar la mía, previo pago por supuesto. Nuevamente el sistema saturado. Saturado en noviembre, saturado en diciembre. Imposible agendar en 2026. Sistema no disponible, indicaba la pantalla.
Ayer por la tarde, último día de enero, decidí asomarme de nuevo a la página y oh sorpresa, el sistema indicaba que mi pago era inválido porque ya estábamos en 2026 y yo lo había realizado en 2025. El sistema y su burocracia me atropellaban cual trailero sin licencia.
Persistente, obstinado o acaso ingenuo, decidí llamar al número de información correspondiente. La amable operadora al teléfono me elevó del pavimento y me volvió a la vida:
“señor Gómez de acuerdo al decreto recién emitido por la secretaría de finanzas, su pago es válido. El gobierno de la ciudad ha habilitado más de 30 sedes alternas para trámites de licencia. Si me indica la zona en la que se encuentra, puedo indicarle el más cercano. La cita es deseable mas no indispensable. Basta con acudir con su comprobante de pago, identificación oficial y comprobante de domicilio”.
Al término de la explicación se hizo la luz pero también el silencio. Mis oídos no daban crédito. Apenas atiné a responder:
“Señorita, le estoy creyendo todo lo que me explica. Prepararé ahora mismo mis documentos y de inmediato salgo para la oficina de Gran Sur, confío que todo sucederá así como usted me indica”.
Tal cual lo hice. Noventa minutos más tarde presentaba mis papeles en el mostrador. El joven burócrata a cargo analizó los papeles en silencio, mientras yo en la esperanzada incertidumbre observaba. Al final, algo terminó apestando en Dinamarca, el INE era una foto con celular y no una copia fotostática, y el pago debía complementarse porque en 2026, el costo se incrementó, aunque dicho complemento no podrá pagarse sino hasta hasta el martes 3 en ventanilla bancaria. Fail 2.
Desconsolado recogí mis papeles inservibles, salí de la oficina en comento y marqué de nuevo para aclarar la información.
“Señorita llamé hace un momento… -y aquí repetí la historia-“, la respuesta contundente fue que pidiera ser atendido por el jefe del módulo y que le explicara la validez del pago. Decidí hacerle caso y tuve éxito. La persona responsable del módulo revisó nuevamente los papeles, estampó un sello y me indicó que debía presentar mi INE en fotocopia, y el comprobante de domicilio. Respecto del recibo de pago, me explicó que debía presentarlo en ampliación y que efectivamente, el monto del año pasado si era válido. Adicionalmente señaló que para esa jornada los espacios se encontraban ya agotados, y que en todo caso podría volver al día siguiente, o sea hoy.
Puntual me presenté al módulo de nuevo, con fotocopias nuevas y con la esperanza, igualmente renovada. Increíble cómo un folder puede contener tan colosal expectativa.
Una vez más me sometí al análisis del joven de la mesa de informes -el mismo de ayer- quien cuidadoso revisó una vez más mis papeles y solicitó una enésima fotocopia adicional de mi identificación oficial.
Voy por el documento extra. Vuelvo a comparecer. De nuevo me someto al análisis. El joven recibe y revisa cual detective o perito. De manera callada acomoda una vez más los documentos, los ordena, los engrapa, coloca encima una ficha con el número cero-dieciséis junto a mi INE original. Yo espero ansioso sin saber si avanzo al paraíso de la legalidad legible, si me vuelven de nuevo al infierno de los documentos desgastados, si quedo en el purgatorio vial o en el limbo de las citas no disponibles. “Pase a la fila de allá y espere a que mencionen su turno”, me indica. Obediente camino sin saber lo que me depara el porvenir.
Turno 016, dice una voz detrás de un cristal. Me acerco temeroso y entrego mi expediente. El joven -otro- revisa también los documentos en cuestión. Luego de un par de minutos le entrega una serie de formatos que debo de contestar y en los que debo de estampar mi firma. Quiero pensar que avanzo en el camino del bien y que mi tan deseada licencia automovilística se encuentra ahora sí, más a mi alcance. No lo sé de cierto, solamente lo supongo.
“Pase al fondo. Allá lo llamarán por su nombre”, me indica. Así, sin entregarme nada, no hay expediente devuelto, no debo corregir ninguna copia, no hace falta nada adicional. Me siento desnudo. Un ciudadano que hace un trámite sin papeles en mano.
Desnudo espero algunos minutos más hasta que otro joven -puros jóvenes- menciona mi nombre y me instruye pasar a otro escritorio. Este joven ya ha recibido mi expediente. Veo que revisa, veo que captura y mira atento la pantalla de su computadora. La incertidumbre es constante. Por momentos agobia.
“Índice derecho. Ahora índice izquierdo. Ahora pulgares. Ahora forme en esta pantalla digital”. Acato atento mientras de nuevo el silencio brota y permanece por algunos minutos que se hacen eternos y que solo se interrumpen por el trinar de una máquina a espaldas del joven.
Sentado, veo que el joven gira en su silla, estira el brazo, toma y me entrega por fin, una licencia legible, reluciente y permanente que si conservo lo mismo que la anterior, deberá durarme hasta más allá de los 70, cuando tenga que tramitar la que me acredite como adulto mayor. Procuraré para entonces, llevar las fotocopias correctas.
Oximoronas 1. Y Adán finalmente fue expulsado del paraíso.