Carlos Perola Chandomí
Con el debido permiso del escarabajo
Antes de empezar, pido disculpa.
Disculpa pública y permiso expreso —si es que el permiso existe— para invocar a Durito de la Selva, escarabajo pensante, fumador incorregible y lector voraz de economía y política.
Desconozco a quién pertenece su copyright: si es propiedad privada o del bien común; si pertenece a la selva, a la palabra colectiva, a la memoria rebelde, a Subcomandante Marcos, a Subcomandante Galeano, al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, o a esos que no tenemos voz pero sí tenemos palabras, como esos poemas que no son del poeta, sino de quien los necesite. Por eso no lo uso: converso con él. No lo imito: lo escucho.
El perro sí es mío, y yo le pertenezco. Pero al final no somos de nadie y somos para todos. Pueden usarlo como mejor les plazca, pero sin lastimarlo.
Porque el perro pertenece —aunque no tenga credencial— a esa sociedad inmensa de animales maltratados por el gobierno, por el Estado, por las leyes que le quitaron la derechos en su nombre y por su bien y aun así pretenden que ladre agradecido.
Pido beneplácito ético para hacerlo, porque esta conversación no pretende apropiarse de nada, sino provocar eco —especialmente en ese Semillero, donde no se reparten consignas sino preguntas, y donde se advirtió, una y otra vez, sobre las pirámides del poder.
Así que empiezo, bajo el riesgo propio de lo debido y hasta de lo indebido.
Encontré a Durito a un costado del Semillero. No dentro, Tantito afuera. Ahí donde se juntan los que escuchan sin micrófono, los que no toman nota pero sí memoria. Estaba parado sobre un folleto lleno de palabras grandes: poder, historia, amor, desamor. Palabras bien acomodadas, Esas palabras que, como se dijo en el Semillero, pueden servir para sembrar… o para construir pirámides nuevas.
—¿No entras? —le pregunté.
—No —dijo—. Yo soy muy pequeño para los grandes discursos. Desde abajo se les entiende mejor… y se ve cuándo una semilla trae cemento o cuando trae candado.
Me senté a su lado. Yo soy perro negro y callejero; sé cuándo sentarme y cuándo desconfiar.
—Adentro —le dije— hablan de que las derechas duras las fascistas avanzan en el mundo. Que regresan porque los gobiernos progresistas fallaron.
Durito soltó una risa mínima, de esas que no buscan aplauso.
—¿Regresan? —preguntó mirándome directamente a los ojos—. En México nunca se fueron. Solo aprendieron a hablar como si hubieran pasado por un Semillero… pero sin cambiar nada por dentro. Solo aprendieron a hablar con acento de izquierda social.
Lo miré y repetí lo que muchos repiten, como quien reza sin fe, como si fuera diagnóstico y no consuelo:
—Dicen que dieron becas, apoyos, despensas, que distribuyeron el dinero, pero que nadie tocó la pirámide capitalista.
Durito me miró con ese desdén suave que solo tienen los pequeños cuando detectan una mentira grande.
Durito acomodó su casco.
—Claro que no la tocaron —respondió—. aprendieron a vivir dentro de la pirámide, a administrar sus escalones, a vigilar que nadie la empujara desde abajo. El problema no fue no derribarla. El problema fue confundir justicia con estabilidad.
Caminamos un poco. Él, lento. Yo, atento.
—Aquí en el Semillero —dijo— se habló claro: muchas izquierdas no fracasaron por falta de poder, sino por exceso de desconfianza en el pueblo. Gobernaron como quien teme que la gente piense, como si la autonomía fuera un riesgo y no una fuerza.
Interrumpí como es mi costumbre —Pero dicen —le respondí— que primero hay que imponer, que luego vendrá la participación.
Durito suspiró, como quien ya escuchó esa mentira en otros siglos.
—Eso decía la colonia. Eso predicaba el centralismo. Eso juró el liberalismo cuando prometió igualdad y entregó despojo. Eso administró el desarrollismo con cifras que nunca llegaron al suelo. Eso maquilló el neoliberalismo llamándole mercado a la rapiña. Eso ensaya hoy el progresismo, cambiando la justicia por relato y la transformación por consigna. Eso repite toda pirámide —sea imperio, república, partido, tecnocracia o revolución institucionalizada— cuando presiente que el suelo piensa. El “luego”, mi querido perro, es el disfraz civilizado del nunca, y el nunca es el idioma oficial del poder asustado.
Nos sentamos. Más que por cansancio, por falta de paciencia.
—Entonces —le pregunté—, ¿por eso ahora el poder se blinda?
Durito no dudó.
Con esa calma obstinada del caballero andante que siempre lo acompaña, sacó su pipa. Miró al cielo, no como quien espera respuesta, sino como quien mide el viento. Escudriñó cada rincón, despacio, calculando el segundo exacto en que las palabras debían salir:
ni antes —para no desperdiciarlas—
ni después —para no llegar tarde—.
Entonces habló, con frases cortas, cuidadosamente contraídas, como quien no quiere dar margen al equívoco.
—Exacto.
Hizo una pausa mínima. De esas que no son silencio, sino advertencia.
—Porque cuando el poder deja de convencer, se atrinchera. Y hoy el blindaje ya no es solo policial ni militar.
Dio una calada lenta.
—Hoy el blindaje es jurídico.
Sacó un papel arrugado, como si fuera una nota escrita al margen del Semillero, no para interrumpirlo, sino para recordar lo que suele olvidarse cuando las palabras crecen demasiado:
—Mira perro:
El artículo 105 constitucional, junto con el 107 reformado, levantan una pirámide perfecta.
Lo que el Poder Reformador decide no se discute: no hay amparo, no hay acción, no hay revisión.
A eso le llaman voluntad del pueblo, aunque solo hayan sido 568 peludos decidiendo por millones.
Imposición, sí… pero dicha con palabras bonitas, en tu nombre te quitan tus derechos y garantías.
—Eso no es estabilidad —dijo—Eso es inmunidad normativa del poder.
Levantó la antena, como cuando se dectecta una mentira y la descubres,
—Aquí, mientras se habla de pirámides económicas y políticas, se está construyendo una pirámide constitucional intocable.
La Constitución deja de ser límite, deja de ser del pueblo y se vuelve escudo del poder en turno.
—¿Y el Amparo? —pregunté.
Durito explicó sin levantar la voz, como quien describe una amputación ya consumada.
—Mutilado —respondió—. Los artículos 129 y 148 ahora sirven para proteger al Estado del ciudadano, no al revés. El amparo ya no corrige al sistema: lo administra.
Hizo una pausa breve, de esas que dejan ver el hueso.
—No hay efectos generales. Todo es inter partes. La protección alcanza solo a quien puede pagar su defensa.
Guardó silencio un segundo.
—Los demás quedan sujetos a leyes inconstitucionales, no porque sean justas, sino porque aún no pueden pagarlas.
Levantó la vista, con esa media sonrisa que solo usan los pequeños cuando ven claro.
—Así, la ley deja de ser igual para todos. No se aplica según la razón, sino según el bolsillo.
Encendió la pipa y añadió, como quien conoce bien el monte:
—Y claro… en la selva nunca falta comida cuando el ratón ya aprendió a moverse por los mismos senderos que quienes reparten el grano.
Durito dio una última calada a la pipa, como quien ya vio el truco completo. Mientras me rascaba la oreja tratando de quitarme una idea que no cuadraba. Durito prosiguió,
—Y el artículo 7 de la ley de amparo es la ironía final —dijo—: el gobierno puede ampararse contra el gobernado. ¿Quién carajos les dijo que el amparo es para protegerse del ciudadano?.
Dejó que la frase se asentara, como polvo fino.
—El poder convertido en víctima legal. Sonrió apenas, sin burla, más bien con cansancio. —Eso no lo dijeron con micrófono en el Semillero, ni en la mañaneras, ni en ningún lado. pero se siente igual. Porque cuando el poder aprende a presentarse como indefenso, ya no busca justicia: busca inmunidad.
—¿Y el agua? —pregunté, clavando las patas en la tierra, como quien no quiere que se la quiten mientras habla.
Durito no esquivó la mirada.
—La reforma a la Ley de Aguas Nacionales hace lo mismo que toda pirámide —dijo—: toma algo común y lo vuelve expediente.
Gruñí bajo. No por rabia, sino por reconocimiento.
—El agua deja de ser derecho vivo —continuó— y se convierte en concesión administrable. No se defiende: se gestiona para otros.
Levanté la cabeza. Y lo peor —entendí— es que ya no hay quien la defienda.
Entonces, Durito dio un paso al frente. Como leyendo mis pensamientos. No alzó la voz. No hizo falta.
Con el casco bien puesto —como buen estratega— habló despacio, midiendo cada palabra, como quien dicta una maniobra y no una opinión.
—Porque esto —dijo— no se defiende celebrando nacimientos, ni brindando en un café, ni repitiendo aniversarios bien intencionados.
Clavó la punta de la pipa en el suelo, como si marcara el mapa.
—Esto se defiende en la trinchera del poder.
Ahí donde se escriben las reglas. Ahí donde se blindan. Ahí donde pretenden que duren siglos.
Hizo una pausa. La necesaria.
—Y es justo ahí donde hay que rompérselas. No con gritos. Con argumentos que quiebren los siglos, que sacudan la mente, que despierten la memoria dormida.
Levantó el casco, caballero andante diminuto, pero firme.
—Ahí mismo donde nació nuestra independencia, donde se consumó la Revolución,donde quedó asentado —aunque hoy quieran olvidarlo— que la soberanía no pertenece al poder, sino al pueblo.
Bajó la pipa.
—Lo demás es ceremonia. Esto es combate. Termino.
sintiéndome entendido y fuerte, entendiendo por fin que sí se puede, di un paso al frente. No fue un salto ciego, fue un avance medido. Como quien ya entendió el terreno y aun así decide entrarle. Se me erizó el lomo, no de miedo, sino de certeza. Y entonces me abalancé con otra pregunta,
no para pedir permiso, sino para abrir el siguiente flanco del combate.
—¿Y la ley contra la extorsión? —pregunté, mostrando los dientes sin gruñir todavía.
Durito sonrió chueco. No de burla. De reconocimiento.
—Los artículos 15 y 17 —dijo— son tan amplios que cualquier organización social puede caber ahí… como sospecha penal.
Clavó la mirada.
—No persiguen al crimen estructural. Eso sería incómodo. Lo que hacen es ordenar, disciplinar, inhibir.
Sentí el cuerpo tensarse.
Cuando le llaman extorsión a juntarse, ya no es ley: es advertencia.
Durito remató, sin elevar la voz:
—Es la lógica de toda pirámide cuando se siente amenazada: criminalizar lo horizontal antes de que aprenda a sostenerse solo.
Durito apagó la pipa contra una piedra. No con enojo. Con método.
—¿Para qué sirven realmente estas reformas? —dijo—.
No para gobernar mejor. Sirven para gobernar sin estorbo.
Di un paso al frente. Yo Ya no preguntaba desde la duda, sino desde el colmillo.
—Sirven —continuó Durito— para cerrar todas las rendijas por donde el pueblo podía meter la cabeza, la voz o el expediente.
Alzó una antena.
—La Constitución se volvió escudo. La Ley de Amparo, candado. Y el interés legítimo… —hizo una pausa— ese se perdió.
Me tensé.
—Pero no se perdió para todos —aclaró—. Se perdió solo para el pueblo.
gruñí bajo. Eso ya lo entendía.
—El poder sí conserva interés legítimo —siguió Durito—.
Puede impugnar, puede demandar, puede ampararse. Incluso contra el gobernado.
Clavó la mirada en el horizonte como buscando el solsticio de invierno.
Prosiguio—Y lo hace diciendo que actúa por el pueblo.
Aunque sea contra el pueblo. Aunque lo silencie. Aunque lo discipline. Aunque lo persiga.
Se acomodó el casco, caballero andante diminuto, pero implacable.
—Ese es el truco perfecto: quitarle al pueblo la posibilidad de defenderse y usar su nombre como coartada jurídica.
El perro entendió el golpe completo.
Cuando al poder se le permite hablar en nombre del pueblo, pero al pueblo se le niega hablar por sí mismo, ya no estamos ante democracia, ni siquiera ante ley.
Durito cerró, sin adornos:
—Estamos ante un poder que se protege a sí mismo mientras jura que lo hace por tu bien.
Me miró fijo.
—Dile al Semillero —dijo—
que las semillas no solo son ideas. Que también son defensas concretas. Que la palabra sin acción jurídica se vuelve ceremonia. Que la dignidad del pueblo también se defiende en el expediente, en el litigio, en la impugnación, incluso cuando el poder intenta cerrar todas las puertas.
Se acomodó el casco..
Yo me quedé. Pensando viendo como el humo subía
No hable de inmediato. Porque Cuando se entiende algo de verdad, primero se acomoda el cuerpo, se revitaliza el alma y se encomienda el espíritu.
Miré mis patas. Callosas. Marcadas por la calle. Nunca hechas para el expediente.
Pero algo ya no encajaba.
Había entendido —por fin— que no entrar al litigio no era neutralidad, era dejar el terreno libre. Que mientras uno se queda afuera, el poder escribe solo. Y escribe largo.
Levanté la cabeza.
—Entonces —dije— esto no se pelea solo en la calle.
Durito no respondió. No hacía falta.
—Si el poder se blindó con leyes —seguí—entonces hay que entrarle por donde se blindó. No para pedir permiso. Sino Para romper el cerco. Sentí algo distinto. No miedo. No rabia. sino Responsabilidad.
—El litigio no es rendirse —entendí en voz alta—.
Es meterse a la trinchera del enemigo sin dejar de ser perro. Entrar al lugar donde no te esperan, donde las reglas no fueron hechas para ti, ni para mí y donde cada palabra pesa más que un golpe.
Es caminar entre expedientes como quien cruza territorio hostil, oliendo trampas, leyendo silencios, reconociendo el miedo que se disfraza de formalidad. Es no cambiar el lomo por corbata, ni el colmillo por firma, ni la memoria por protocolo.
Es llevar la calle a los pasillos del poder, la dignidad a los escritos, la rabia contenida a los argumentos. Es saber que el juicio no es neutral, pero que la ausencia sí es derrota. Es entrar no porque creas en la justicia del sistema, sino porque te niegas a dejarle la última palabra.
Es pelear con leyes torcidas como quien pelea con huesos rotos: de frente, sin ilusión, pero sin rendirse. Es litigar como perro, no para agradar, sino para que quede constancia de que el pueblo estuvo ahí, peleando incluso cuando todo estaba en su contra.
Durito asintió apenas.
—El expediente —dijo— también puede ser arma. Depende de quién lo empuñe y para qué.
Apreté los dientes.
—Entonces le entro —dije—. No porque confíe en el sistema, sino porque no pienso dejarle la última palabra.
Entro a litigar para que no digan que el pueblo no quiso defenderse, cuando en realidad le cerraron todas las puertas.
Di un paso al frente. Ya no como perro que ladra desde afuera, sino como perro que cruza la línea, sabiendo que el juicio no es limpio, pero que la dignidad no se negocia.
Durito encendió la pipa. —Así empieza —dijo—. No cuando ganas, sino cuando decides no ausentarse.
Este texto no expresa el pensamiento de ninguna organización, ni del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, ni de sus vocerías, ni del Subcomandante, ni del Capitán, ni de nadie que no sea el propio relato.
Nada de lo aquí dicho fue pronunciado, autorizado o sugerido por estructura alguna, colectiva o individual. Lo aquí escrito pertenece exclusivamente a dos voces narrativas:
● Durito, escarabajo andante, personaje de ficción, estratega diminuto,
habitante de la ironía y de la palabra que incomoda.
● El perro negro y callejero, que no representa a nadie más que a sí mismo,
que no habla por encargo ni por consigna, que pregunta, duda, gruñe y decide, desde la calle, el cuerpo y la experiencia.
Si algo de este texto incomoda, no se atribuya a nadie más, No lo dijo el Sub. No lo dijo el Capitán. No lo dijo ninguna organización. Quizás lo despertó el semillero, pero solo quizás…
Lo dijeron —tal vez— un escarabajo y un perro, cruzándose en un cuento que nació de una conciencia colectiva, a ratos jurídica, a ratos política, a ratos cósmica. Un cuento que quizás se llama México.
Aquí ya quedó claro quién habla… .y, sobre todo, quién no.
Salud.
Soy Hijo del polvo del camino,
Caravana por destino y mi vida,
una travesía que se inventa al caminar.