Corina Gutiérrez Wood
No hablo de política. Eso digo a veces, como cuando digo que estoy a dieta, pero me como una dona de chocolate. Decir que uno no toca esos temas suena prudente, suena a que no quieresbroncas. Pero la verdad es que la política no pide permiso para sentarse en tu sala. Llega, se quita los zapatos y pone los pies sobre la mesa, aunque tú jures que no la invitaste.
La migración es uno de esos temas que mucha gente prefiere mirar como si fuera una serie, sucede en otra pantalla, en otro idioma, con actores que no se parecen a nosotros. Hasta que un día aparece en el noticiero de la mañana, en el feed de redes, o en un video borroso grabado con un celular tembloroso donde alguien corre, grita o alguien es detenido. Y entonces resulta que sí, que la serie se filmó en una ciudad como la tuya.
Últimamente Estados Unidos anda particularmente creativo con ese tema. ICE, esa sigla que suena a bebida light o a cubitos para el whisky, se ha convertido en el villano favoritode esta temporada. No es nuevo, pero ahora es más escandaloso. Redadas que parecen montajes, agentes que llegan como si estuvieran en una película de acción, familias separadas con la naturalidad con la que otros separan la basura reciclable.
Lo curioso es cómo se narra todo esto. Porque siempre hay alguien dispuesto a explicar pacientemente que “son las reglas”, que “la ley es la ley”, como si las leyes cayeran del cielo, talladas en piedra por un dios neutral que no tiene intereses, votos ni campañas. Como si no hubieran sido escritas, cambiadas y torcidas por personas de carne y hueso, muchas de ellas descendientes de migrantes que ahora miran desde la comodidad de su sillón.
A mí me encanta esa amnesia selectiva. Esa capacidad admirable de olvidar que Estados Unidos se construyó, literalmente, con gente que llegó de otro lado. Que cruzó mares, desiertos, fronteras inexistentes. Pero claro, eso era antes, cuando los migrantes tenían apellidos impronunciables,pero tono de piel aceptable. Ahora ya no es épico, ahora es molesto. Antes era “el sueño americano”, ahora es “el problema migratorio”.
Se habla de invasiones como si estuviéramos viendo una película de ciencia ficción. Utilizan palabras grandes para describir a personas que, en la vida real, suelen cargar mochilas gastadas, niños dormidos y una mezcla de miedo y esperanza. No vienen a conquistarte el jardín, vienen a buscar trabajo, seguridad, un futuro menos frágil que el que dejaron atrás.
Y mientras tanto, ICE hace su trabajo. O eso dicen. Porque “hacer su trabajo” se ha vuelto una frase comodín que sirve para justificar casi cualquier cosa. Detenciones en escuelas, en hospitales, en centros de trabajo. Porque nada dice “orden” como arrestar a alguien frente a sus hijos o sacarlo esposado de un lugar donde fue a ganarse la vida.
Lo más interesante no es solo lo que pasa, sino cómo se normaliza. Un video más, una noticia más, un scroll más. Nos indignamos rápido, compartimos algo con un emoji enojado y seguimos con nuestra vida. No porque seamos malas personas, sino porque el sistema también cuenta con eso, con el cansancio, la saturación, con esa sensación de que todo es demasiado y nada cambia.
En el discurso oficial, la migración es un problema técnico. Números, estadísticas, porcentajes. En la vida real, es la señora que limpia casas y conoce mejor tu cocina que tú. Es el repartidor que sabe exactamente a qué hora sales de la oficina. Es el trabajador del campo que sostiene una industria entera mientras vive con el miedo constante de una patrulla.
Pero de eso se habla poco. Es más cómodo discutir sobre muros, visas y deportaciones como si fueran conceptos abstractos. Como si no hubiera nombres, historias, acentos. Como si no hubiera gente que paga impuestos, que cría hijos, que construye comunidades enteras mientras finge que no existe para no meterse en problemas.
Estados Unidos, tan experto en contar historias sobre libertad, tiene una relación muy particular con la gente que se mueve buscando exactamente eso. Le gusta la idea del migrante heroico solo cuando ya pasó suficiente tiempo como para convertirlo en estatua. Mientras está vivo, mientras estorba, mientras necesita, resulta incómodo.
Y no, no es un tema sencillo. Nadie dijo que lo fuera. Pero reducirlo a un asunto de “buenos ciudadanos” contra “malos inmigrantes” es una simplificación tan torpe que da risa, si no diera miedo. La realidad es más enredada, humana ycontradictoria. Como casi todo lo importante.
Tal vez el problema no es la migración, sino la necesidad constante de encontrar a quién culpar. De señalar al otro, al que llegó después, al que habla distinto. Porque mientras discutimos eso, nadie pregunta por qué hay lugares de donde la gente huye en masa. Nadie quiere hablar de guerras, de desigualdad, de políticas internacionales que se firman con pluma Mont Blanc y consecuencias devastadoras.
Así que no, no hablo de política. O eso digo. Pero la política habla de nosotros todo el tiempo. Se mete en la frontera, en la patrulla, en la redada. Se mete en la vida de millones que solo querían cruzar de un punto “A” a un punto “B” sin convertirse en amenaza nacional.
La migración no es una anomalía, es una constante. Lo raro no es que la gente se mueva, sino que sigamos fingiendo sorpresa cada vez que ocurre. Y lo verdaderamente inquietante no es que crucen fronteras, sino lo bien que hemos aprendido a cruzarnos de brazos sin siquiera dimensionar la magnitud del problema, distraídos, cambiando de canal, refugiándonos en cualquier cosa que no nos obligue a mirar.