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La conspiración de lo insignificante / Sarcasmo y café

La conspiración de lo insignificante / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Hay días en los que todo está bien. No bien de película cursi, sino bien de verdad y sobre todo funcional, el café sale decente, no le gritas ni te grita nadie en el tráfico, el cuerpo no duele por razones misteriosas y, milagro adicional, tus pestañas están perfectas. Largas, alineadas, casi postizas. Pero basta que una sola decida amanecer doblada hacia adentro para que el día se vaya al demonio.

Ahí estás tú, con nueve cosas buenas ocurriendo al mismo tiempo, pero completamente secuestrada por esa mínima traidora que hace que te duela el ojo como si tuviera algo personal contra ti. No importa que todo lo demás funcione, la atención, la energía y el drama se van directo a la pestaña rebelde. Porque así somos.

La vida opera igual. Nos pasan diez cosas buenas y una mala, y hacemos un resumen emocional que dice; qué día tan horrible. No porque sea cierto, sino porque lo malo tiene un talento especial para hacer ruido. Lo bueno es educado llega, cumple y se va sin levantar la voz. Lo malo, en cambio, entra pateando la puerta, prende la luz y exige atención inmediata.

Uno podría sentarse con calma, hacer una lista honesta y admitir que el balance es positivo. Que hubo mensajes que sí llegaron, puertas que no se cerraron, conversaciones que sostuvieron. Pero no funcionamos así. No vivimos con hojas de cálculo emocionales, vivimos con sensores de alerta y esos sensores se activan con lo que incomoda, no con lo que sostiene.

Por eso lo malo ocupa más espacio del que merece. No porque sea más grande, sino porque duele más, interrumpe y no nos deja seguir como si nada. Nadie pierde el sueño por algo que salió razonablemente bien. Pero basta una sola preocupación para que el cuerpo se tense, la mente se acelere y el día entero cambie de color.

Y no es que ignoremos lo bueno. Eso es importante decirlo. Lo vemos, lo sabemos, incluso lo agradecemos. Pero lo hacemos de pasadita, sin detenernos demasiado, como quien da por hecho que el piso no va a desaparecer bajo sus pies. Lo bueno se vuelve la base, lo esperado, casi una obligación del universo hacia nosotros. En cambio, lo malo se siente como una falla del sistema, una anomalía que no debería existir y que exige explicación rápida.

Lo malo no solo duele, también se impone. Se vuelve tema de conversación, pensamiento recurrente, referencia constante. Lo repetimos una y otra vez, lo masticamos, lo llevamos de un lugar a otro como si al hacerlo pudiéramos reducirlo. Mientras tanto, lo bueno sigue ahí, funcionando en silencio, esperando que alguien lo note sin necesidad de gritar.

Además, están los otros. Los que no tienen la pestaña doblada. Los que te miran desde sus ojos cómodos y no entienden por qué parpadeas raro, por qué estás de mal humor, por qué no puedes simplemente “dejarlo pasar”. Desde fuera, todo se ve normal. Desde fuera, exageras. La pestaña no se ve. El dolor sí, pero solo para quien lo siente.

Intentar explicar esa molestia suele ser inútil. Para quien no la vive, una pestaña es insignificante. Algo que se arregla, algo que no merece tanta atención. Y tal vez tengan razón desde su lugar. El problema es que no están parpadeando con el ojo irritado. No llevan esa pequeña incomodidad clavada en cada movimiento.

Así pasa con muchas cosas. Lo que no se vive en carne propia parece pequeño. Lo que no duele en el propio cuerpo se minimiza con facilidad. Y entonces uno se debate entre justificarse o callar, entre explicar o simplemente aguantar. Porque explicar cansa, y aguantar también.

Tal vez el problema no sea que lo malo exista, sino la facilidad con la que dejamos que se vuelva el narrador oficial de nuestra historia. Como si una sola falla tuviera derecho a definir el día completo. Como si una pestaña torcida pudiera convencernos de que todo el ojo está mal, cuando en realidad sigue viendo, sigue funcionando, sigue ahí.

No se trata de negar la molestia. Sería absurdo. Claro que duele. Claro que incomoda. Claro que merece atención. Nadie propone sonreír mientras algo arde. Pero una cosa es reconocer el dolor y otra muy distinta es permitir que lo invada todo, que opaque lo demás, que nos convenza de que nada funciona solo porque algo salió mal.

Porque no, la pestaña doblada no te deja ciego, aunque sí quesabe actuar como si pudiera.

Y ahí está la trampa. En permitir que lo incómodo se vuelva gigantesco solo porque es insistente. En olvidar que el resto sigue ahí, aunque no haga ruido. En darle más autoridad a lo que duele que a lo que sostiene.

Quizá no se trate de aprender a agradecer más, sino de aprender a dimensionar mejor. A entender que el dolor existe sin necesidad de convertirlo en sentencia. Que lo malo puede ocupar su lugar sin expandirse hasta colonizarlo todo. Que un día puede ser mayormente bueno, aunque tenga una molestia atravesada.

Al final, la vida no suele ser una catástrofe permanente. Suele ser un conjunto bastante decente de cosas funcionando con una pequeña avería incluida. Pero insistimos en mirarla desde el ángulo de la pestaña incomoda, como si ese fuera el único punto válido de observación.

Y mientras tanto, nos dicen que exageramos, que miremos todo lo bueno que hay. Y sí, lo vemos. Claro que lo vemos. Solo que, por desgracia, lo estamos viendo a través de un ojo que no deja de doler, y eso, aunque no lo entiendan, cambia por completo la perspectiva haciendo que incluso lo perfecto parezca relativo y lo mínimo se sienta urgente.

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