Corina Gutiérrez Wood
Ahí estábamos sentadas, charla entre amigas con copa de vino en mano, cuando de repente, apareció Davos. No porque lo estuviéramos buscando, sino porque siempre aparece por estas fechas. Como ese tema del que nadie sabe bien, pero igual decimos. “Ah, sí, Davos”, como si entendiéramos. Y la verdad es que no. O al menos no del todo.
Lo que sabemos es que una vez al año, un grupo de personas muy importantes se junta en un pueblito suizo lleno de nieve y abrigos carísimos para hablar del mundo. Presidentes, empresarios, economistas, tecnólogos y especialistas en el futuro, gente que usa palabras como “cooperación”, “diálogo” y “prosperidad” sin reírse y nosotras ahí, intentando seguir el hilo, asentir y sonreír, como si todo tuviera sentido.
Este año, el lema fue “espíritu de diálogo”. Ya eso nos genera preguntas. ¿Con quién dialogan? ¿Entre ellos? ¿Con el mundo real? Pero bueno, dialogar suena mejor que pelear, así que algo es algo. Al menos trataron de mostrarse calmados mientras debatían cooperación en un mundo lleno de tensiones y renegociaciones comerciales intensas que incluso empujaron a negociadores de todo el mundo a sentarse a hablar de aranceles y barreras.
También tocaron la economía global, que según dicen, sigue lenta, endeudada e incierta, y hasta varios CEO’s advirtieron que Europa debe “ponerse las pilas o quedarse atrás” frente a Estados Unidos y China. La incertidumbre, vista desde Davos, suena elegante y un tanto filosófica. Muy distinta a la incertidumbre de nuestra vida diaria, esa que te hace retrasar pagos, dudar si alcanza para todo y preguntarte si la inflación es una palabra inventada para torturarte. Aun así, nos da cierta tranquilidad saber que allá arriba también les ponen nombre a los problemas, aunque con palabras más bonitas y presentaciones muy lindas.
El gran protagonista fue, sin dudas, la inteligencia artificial. Todos hablaban de cómo va a cambiar el trabajo, especialmente para los jóvenes como seres casi míticos que algún día heredarán el mundo. Se discutió la necesidad de capacitarlos, adaptarlos, prepararlos, confiar en que la ética y la responsabilidad guiados por expertos resolverán cualquier desastre tecnológico. Todo muy serio, aunque nosotras no pudimos evitar pensar que muchos de los presentes seguirán con empleo asegurado pase lo que pase. El enfoque era más sobre alinear IA con valores y leyes humanas que simple control estricto.
Y hablando de los jóvenes, nos dio risa imaginar cómo deben sonar sus discursos: “Hay que preparar a la próxima generación para la incertidumbre del mercado laboral”. Nosotras asentimos mientras recordamos que aquí abajo la incertidumbre del mercado laboral se llama “pagar la renta y llegar a fin de mes”. La diferencia entre teoría y práctica nunca había sido tan evidente.
La ética tampoco faltó. Paneles enteros dedicados a cómo regular tecnologías que avanzan más rápido que cualquier ley. La ética, en Davos, llega elegante, bien presentada, como un accesorio que combina con el traje. Pero uno se pregunta si siempre aparece cuando ya es conveniente y no antes. Como cuando alguien dice “hay que hacer las cosas bien” después de que ya se hizo todo mal.
El cambio climático también estuvo presente, hablado con esa seriedad exquisita que solo se logra a 1,500 metros de altura entre suéteres de cachemira. Sostenibilidad, crecimiento sin destruir y límites planetarios sonaban bien, aunque imaginar limusinas alineadas afuera decía otra cosa.
La salud global y preparación para futuras pandemias tuvieron su minuto de atención. Experto tras experto advirtió que el mundo todavía no está listo para la próxima pandemia a pesar de los discursos bonitos. Temas importantes, que no sorprenden, pero tampoco se resuelven. Tal vez porque resolver implica más que hablar y sonreír frente a un micrófono; requiere decisiones incómodas y renuncias que no caben en un traje de diseñador.
Cuando termina, los discursos se archivan, las tensiones geopolíticas persisten incluso con discursos polémicos sobre Groenlandia y alianzas estratégicas que hacen ruido y el mundo sigue con sus problemas intactos.
Claro que nos imaginamos esas charlas nocturnas, después de paneles y cafés, cuando ya nadie está pendiente de cámaras ni titulares, en salas con luz cálida, donde alguien comenta“Bueno, igual el mundo no nos va a esperar”, y otro responde“Tranquilo, tenemos vino, tiempo y, en teoría, somos los que deberían cuidar esto”. Nosotras reímos, porque suena exactamente a la clase de diálogo que tendríamos en una sobremesa entre amigas si, en lugar de hablar de nuestros problemas diarios, estuviéramos decidiendo el futuro del planeta.
Y uno se pregunta para qué sirve todo esto. No es cinismo, es curiosidad genuina. Queremos creer que sirve, que no es solo una gran reunión donde todos confirman que se preocupan y luego vuelven a sus agendas. Tal vez Davos sea más sobre recordarse a sí mismos que el mundo existe, que sobre cambiarlo de verdad.
Mientras tanto nosotras seguimos aquí, comentando desde lo poco que entendemos, imaginando cómo será el futuro de los jóvenes y preguntándonos si alguien realmente toma decisiones que afecten a todos.
Y para cerrar, siendo completamente honesta, Davos es también un espectáculo de contradicciones; gente hablando de sostenibilidad mientras desliza su jet privado, preocupándose por la ética mientras celebra contratos millonarios, debatiendo sobre el futuro de todos mientras ellos están bajo luces cálidas con wifi de alta velocidad y copas llenas. Todo es un gran teatro, y podemos al menos aplaudir con una sonrisa y un trago de vino, reconociendo que, aunque no cambie el mundo, nos hace sentir que alguien lo está intentando; o al menos que lo dice tan convincente que uno casi quiere creerlo.