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Lago de Narciso

Lago de Narciso
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José Antonio Molina Farro

La cultura digital funciona como un gigantesco “lago de Narciso”. Las personas ya no solo se miran a sí mismas. También se muestran, se editan y compiten por validación.

Esto nos dice el filósofo alemán Schopenhauer que hizo de la lucidez sobre la condición humana su marca registrada. Señaló a la envidia como una de las grandes enemigas de la felicidad. Es una de las más incómodas y menos confesables del ser humano.

Según su mirada no solo daña a quien la sufre por dentro sino también a quien la despierta desde afuera. La envidia corroe el bienestar propio, distorsiona la forma de mirar al otro, y convierte el éxito ajeno en una fuente de malestar personal.

La advertencia del filósofo es una señal clara de hasta qué punto las emociones pueden volverse contra uno mismo. La envidia no solo genera sufrimiento interno, también rompe vínculos, alimenta resentimientos y empuja a conductas destructivas.

En pleno siglo XXI, su diagnóstico resulta más vigente que nunca, pues nunca hubo tantas oportunidades para compararse con los demás ni tantos escenarios para “sentirse menos” frente a la vida ajena.

Cómo objetar a este filósofo estimado lector, si desde influencers hasta compañeros de trabajo, amigos, ex parejas o desconocidos, la exposición permanente a vidas editadas convierte a la envidia en un reflejo casi automático. En ese escenario aprender a “domesticarla” no es un lujo filosófico sino una necesidad psicológica para preservar el bienestar.

LA ENVIDIA EN TIEMPOS DE REDES Y NARCISISMO.

Cada historia de Instagram, cada logro publicado y cada cuerpo idealizado se transforman en una medida implícita para compararse. Este fenómeno hace que la envidia ya no surja frente a millonarios o celebridades sino también frente a pares: amigos que viajan más, conocidos que ganan mejor o compañeros que parecen vivir sin problemas.

La cercanía emocional y social potencia el impacto de la comparación. En lugar de inspirar, muchas veces esta exposición genera frustración, sensación de fracaso y una narrativa interna de “no soy suficiente”, exactamente el terreno donde la envidia negativa prospera.

La psicología moderna coincide: hay dos formas muy distintas de esta emoción:

Envidia benigna: impulsa a mejorar, aprender y crecer.

Envidia maligna: genera resentimiento, enojo y deseo de que al otro le vaya mal.

Envidia comparativa: aparece cuando la persona siente que merece lo que el otro tiene.

Envidia inspiracional. Surge cuando el éxito ajeno se vive como una posibilidad propia.

La diferencia clave está en qué se hace con la emoción. La primera empuja al desarrollo personal, la segunda erosiona la autoestima y daña los vínculos.

DEJAR DE MEDIR LA VIDA CON LA VARA AJENA.

La envidia es una trampa mental porque desplaza el foco de la propia vida hacia la ajena. En lugar de evaluar el propio camino, la persona empieza a juzgar su valor en función de lo que otros tienen, logran o muestran.

Esto produce una paradoja cruel: incluso cuando alguien progresa, si otro progresa más, el malestar persiste. Siempre habrá alguien con más éxito, con más belleza o más dinero. Por eso, la comparación constante impide cualquier sensación de plenitud.

La primera regla para ser feliz según este enfoque es simple pero exigente: reducir al mínimo la comparación social y aumentar la atención en el propio proyecto de vida.

DE LA ENVIDIA A LA ADMIRACIÓN.

Aristóteles sostenía que la virtud está en el punto medio. No se trata de eliminar la envidia sino de transformarla. Cuando una persona convierte la envidia en admiración, el otro deja de ser una amenaza y pasa a ser una referencia.

La admiración reconoce el mérito ajeno sin destruir la autoestima propia. En lugar de “¿por qué él y no yo?, la pregunta se vuelve “¿qué puedo aprender de esa persona?”. Ese pequeño cambio mental tiene un impacto enorme en la motivación y la estabilidad emocional.

En uso de la mayéutica socrática quien esto escribe y un amigo, sobre cuál es el más nocivo de los pecados capitales. Mi amigo se no dudó en que la soberbia es el primer y más importante de los siete pecados capitales, ahí confluyen arrogancia, vanidad, egocentrismo, creerse más que los demás, falta de humildad, desprecio a otros, prepotencia, etc.

¿Y para usted, estimado lector?

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