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Exactamente como en Dinamarca / Al Sur con Montalvo

Exactamente como en Dinamarca / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Ana Karen, 

La mirada y la sonrisa cálida de la doctora contrasta con los ojos grises y angustiados de la señora Enedina quien se encuentra a mi lado sentada en una silla de ruedas tan incómoda como la mía. Su aspecto denota el cansancio de alguna larga enfermedad; su joroba es la deformación del tiempo. Con un ligero chal tiembla de frío. Su nieto le procura una prenda más caliente. Sus ojos no miran hacia ningún lado, se pierden en el horizonte de su mente. En su expresión adivino el miedo, la angustia, la incertidumbre y la impotencia. “Se llama Enedina Rufina Vázquez Vázquez. Es de Independencia, tiene 85 años. Padece de esclerosis múltiple. Los médicos del Hospital General le pidieron estudios de laboratorio, un ultrasonido y le recetaron algunos medicamentos. Nada de eso pudimos pagar.” “No, señorita, tampoco tiene la pensión de Bienestar; esa es otra historia”. La dulce enfermera toma nota en el formulario de ingreso. De su “cangurera”, llena de lápices, marcadores, plumas y plumiles de todos los colores. Toma un marcador rojo para resaltar algo en su segundo formulario; con otro de color azul marca la caja del medicamento que le aplicarán al suero que deja caer su gota muy lentamente como reteniendo el tiempo. 

Observo el goteo en mi propio suero como quien contempla un reloj de arena. Tengo las venas saltonas fáciles de encontrar; sin embargo en esta ocasión me picaron ocho veces antes de poder canalizarme. Me dejaron sendos moretones en ambos brazos. Dos amigos me acompañan; ella se desprende de su abrigo porque me siente más frío que un cadáver. Él responde a las preguntas que le formulan: “nombre, datos del INE, parentesco con el paciente; domicilio…” sin duda disfrutan la parte burocrática que les corresponde. Las enfermeras y doctoras, todas sonríen amablemente tratando de ser empáticas con sus pacientes; todas tienen cara de “muñequitas de sololoy”; hasta los enfermeros y médicos varones se muestran cordiales. Ellos también cargan en sus cangureras una cantidad enorme de lápices y marcadores con las cuales marcan sus formatos y frascos. Todos parecen disfrutar de esas labores burocráticas dejando un 10% a las cuestiones operativas por falta de medicamentos, reactivos de laboratorio, instrumentos e insuficiencia de camas, y múltiples carencias que los obligaron a colgar una manta. Entre el escudo del IMSS y el del Estado de Chiapas, aparece la siguiente leyenda.:

BAJO PROTESTA

A LA POBLACIÓN EN GENERAL :

POR ESTE MEDIO SE INFORMA QUE (EL) PERSONAL MÉDICO SE ENCUENTRA TRABAJANDO BAJO PROTESTA, ACTUALMENTE NO SE CUENTA CON:

  • INSUMOS MÉDICOS
  • REACTIVOS PARA LABORATORIOS
  • MEDICAMENTOS
  • TOMOGRAFÍAS, ETC. ETC.

Y ¡claro!, les falto señalar la carencia de camas, camillas, ropas para los pacientes y mil carencias más que solamente ellos, podrían enumerar. Porque el actual sistema de salud no les permite subrogar medicamentos, laboratorios, radiografías ni tratamientos externos, aunque se presuma que “este sistema nacional de salud es de igual calidad que el de Dinamarca” según la narrativa morenista.

El baño se limpia gracias a las aportaciones del personal de intendencia, quienes tratan infructuosamente de mantenerlo impecable. El baño es demasiado pequeño para servir a hombres y mujeres en el mismo cuarto con sólo dos gabinetes; uno ordinario y el otro más grande, adecuado para discapacitados.  Para llegar al baño camino entre enfermos tumbados en el suelo; la mayoría muriendo de frío; otros doblándose de dolor y rogando ser atendidos. Ancianos, jóvenes, maduros y niños, todos deben esperar su turno. Las doctoras y doctores se apuran a llenar sus formularios  buscando opciones para cada paciente. Es como ir a la guerra sin fusil, así los siento. Lo único que brilla entre el personal médico es su Alma humanitaria tratando de ocultar su impotencia ante tantas carencias. ¿Cómo decirle a la gente humilde que pague los gastos de medicamentos y del laboratorio privado? Y cuando le informan al nieto de doña Enedina que el gasto será aproximadamente de 3 mil pesos, el joven siente que el mundo se le viene encima. Sus deudas superan su salario quincenal y tendrá que encontrar la forma de conseguir ese dinero. Realiza llamadas y envía mensajes desde su celular. La doctora le explica con toda calma, “La esclerosis múltiple es una enfermedad crónica e impredecible del sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) donde el sistema inmunitario ataca la mielina, la capa protectora de los nervios. Esto causa inflamación y cicatrices llamadas esclerosis, que bloquean o ralentizan la comunicación nerviosa, provocando síntomas como fatiga, debilidad, problemas de visión y equilibrio”.  Lo último que alcanzo a escuchar es la sentencia médica: “tendrá que conseguir el dinero para continuar con su tratamiento”. La expresión del joven es como la del sentenciado a muerte por la santa inquisición. Tratando de sobrevivir a la adversidad lo escucho hablar por teléfono con su hermana: “malbarata la cosecha, pero consigue el dinero”. Percibo en el joven el amor de un hijo hacia su madre y podría apostar que fue esa abuela que lo crío desde chico en ausencia de sus padres como suele suceder con miles de familias chiapanecas.

Epigmenio Santiago Indira entra a la sala doblándose de dolor; se recuesta frente a mí ocupando tres sillas como cama. De inmediato la enfermera procede a canalizarlo mientras la joven doctora realiza las preguntas de rigor: nombre, domicilio, etc. subrayando con sus marcadores las hojas del formulario. El hombre le señala el dolor en la boca del estómago; la doctora resuelve pasarle el caso al cirujano quien determinará la necesidad de intervenirlo quirúrgicamente o no. Me quedo con la duda al no imaginarme dónde ni cómo lo podrán operar ante las carencias. Epigmenio acude cada tres minutos al baño, debe hacerlo solo sin ayuda. Cuando le dieron la bata para colocársela se la puso la revés; la enfermera le indicó que debía colocársela de nuevo en la forma correcta y regresó al baño. En ese momento me sentí afortunado de estar acompañado por Luis y por Josefa quienes estoicamente aguantaron horas de desvelo pendientes de mi bienestar (el mío, no el otro de la 4T).

A la sala ingresó un hombre joven acompañado de u amigo. Su caso requería de estudios de laboratorio. Le preguntaron si llamaban al laboratorio; de ser así, tendría que pagar como 1,200 pesos. El amigo respondió de inmediato, “llame al laboratorio, yo corro con los gastos”, dijo. ¡Qué surte tener un amigo así!, pensé.

Cuando veo que se acaba mi suero, sacan otro más grande de la vitrina donde hay decena de frascos de todos tamaños como si el escaso presupuesto lo invirtieran en sueros.  “¿En cuánto tiempo se terminará este frasco?”, le pregunto a la enfermera”. “En 24 horas, me responde”. Son las 5 de la mañana, mis amigos están agotados como yo, así que le pido a la doctora me den de alta. Me explica que el alta voluntaria requiere de un papeleo y la firma de responsivas. A todo le digo que sí con tan de salir de ese lugar parecido a las enfermerías de Vietnam, Belfast, Afganistan, donde los médicos y enfermeras hacen lo imposible por salvar vidas. En la calle, los familiares duermen en las banquetas; comen fritangas y se tapan con lo que pueden entre perros hambrientos y basura. Exactamente como en Dinamarca. 

El sistema de salud debiese ser como antes cuando el IMSS y las instituciones gozaban de reconocimiento mundial de excelencia, y todo el sistema se atendía como una cuestión de amor.

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