José Antonio Molina Farro
Ayudar a los demás no puede ser lo que de sentido a tu vida, pero sí debe ser parte de una vida con sentido.
Julian Baggini
Maestro de destapar verdades a golpe de letra, me hace reflexionar si acaso vivimos un baile de máscaras. Fingimos que estamos de buen humor, fingimos con circunstancias que nos crispan el ánimo, fingimos con bien guardada conveniencia estar de acuerdo con la conducción del país. Todo eso y más se puede hacer, pero Borges nos dice que aquello que jamás podemos fingir es la felicidad. Se refleja en la mirada, en la postura, en la voz, en el alma. Y el “fíngelo hasta que lo consigas” no funciona aquí.
Este cerebro excepcional, a pesar de su apariencia distante y su pasión por los laberintos conceptuales, fue un escritor tremendamente humano. Su literatura está atravesada por un anhelo constante de autenticidad, por la búsqueda de aquello que permanece cuando todo lo demás se desgasta. El yo profundo, la conciencia, la memoria. “Uno puede fingir muchas cosas, incluso inteligencia. Lo que no se puede fingir es la felicidad”. La felicidad no está en un gesto, en un discurso sino en una forma de vivir con coherencia. El cuerpo lo nota, la voz lo revela, el cansancio emocional lo delata. Podemos, es cierto, sostener durante un tiempo la apariencia del éxito o el brillo
de la inteligencia éxito, pero nada más, la felicidad tiene raíces más profundas.
EFECTO REBOTE. Estudios realizados sobre la disonancia emocional muestran que cuanto más intentamos simular estados afectivos que no sentimos, mayor es el desgaste emocional interno. El psicólogo Daniel Wegner lo llamó “efecto rebote”. Cuanto más luchamos por aparentar algo, más emerge lo que en realidad sentimos. No es casual que muchas personas describan una profunda sensación de vacío cuando pasan por un mal momento. La felicidad social diría Chul Han, se ha convertido en una obligación que nos aleja de toda realidad.
Borges, que jugó con espejos, identidades y dobles, sabía mejor que nadie que las máscaras pueden ser herramientas literarias, pero malas compañeras en la vida. Cuando escribía sobre laberintos quizá nos hablaba de nuestros propios enredos internos. Ese recorrido confuso entre lo que mostramos y lo que sentimos en verdad.
EL SIGLO XXI: EL SIGLO DE LAS MÁSCARAS. Está de moda. Ahora disponemos de un escaparate abierto al mundo. Elegimos con cuidado qué versión de nosotros se verá reflejada y fingimos que lo demás no existe. Y sin darnos cuenta nos alejamos de la verdadera felicidad. Porque la felicidad también está construida con la tristeza. El dolor, el sufrimiento y la pena son necesarias para construir una verdadera felicidad, que solo reluce en el contraste. Solo entendemos la vida cuando sabemos que vamos a morir. ¿Pero en esta época como conectamos con la verdad? ¿Cómo dejamos de fingir en un mundo en el que nadie quiere enfrentarse a lo oscuro, a lo sucio, a lo doloroso? Echando la vista atrás para conectar lo que otros nos enseñaron.
EL PASADO. “Quien vuelve los ojos a los clásicos, avanza a hombros de gigantes” asegura el filósofo Jorge Freyre, porque las enseñanzas del pasado siguen resonando con el presente.
En esto de fingir y pretender que la tristeza no forma parte de nuestra vida, pueden darnos una importante lección los estoicos. Estos pensadores griegos y latinos sabían a la perfección que las adversidades no llegarán es la fórmula perfecta para el fracaso. Elos nos recomendaban practicar la incomodidad, aceptarla como parte inexorable de la vida, y saber que tarde o temprano se presentará. Y que de hecho, cuando las cosas se pongan feas, es cuando sabremos de que pasta estamos hechos.
Queda por tanto una sola tarea. Aceptar la lección de Borges y saber que fingir no nos hará felices sino que nos aleja de la verdadera felicidad. Y así, sabiendo que no hay felicidad sino aquella que se encuentra a través del autoconocimiento, podremos abrazar todo el amplio abanico de emociones que la humanidad nos ofrece.