Carlos Perola Burguete
*Reafirmando los elementos centrales de la crisis del modelo de poder imperial energético de Trump
(2a de 2 partes)
Donald Trump no fracasó en Venezuela por culpa de Nicolás Maduro ni por la supuesta ineficacia de las sanciones. Fracasó porque intentó ejercer un poder que ya no existe en los términos en que Estados Unidos lo ejerció durante buena parte del siglo XX. El petróleo dejó de garantizar hegemonía, y Venezuela se convirtió en la prueba incómoda de ese límite histórico.
Durante décadas, Washington operó bajo una lógica simple y brutal: quien controla el petróleo controla a los Estados. Trump intentó reactivar ese esquema en Venezuela mediante sanciones asfixiantes, incautaciones de cargamentos y la promesa de una “reconstrucción” petrolera bajo tutela estadounidense. El resultado fue exactamente el contrario.
Las grandes petroleras dijeron no. No al crudo pesado, no al riesgo jurídico, no a una industria devastada y politizada. El capital, incluso el estadounidense, dejó claro que ya no está dispuesto a operar como brazo automático del poder político. A ello se sumó un factor decisivo: China. Venezuela dejó de ser un problema regional para convertirse en una señal de la disputa sistémica entre potencias, donde Estados Unidos ya no puede imponer reglas sin pagar costos crecientes.
Venezuela no fue la causa del fracaso, sino su síntoma. Mostró que el control energético ya no produce obediencia automática, que las sanciones ya no ordenan el mundo y que la apropiación de recursos ya no equivale a mando político.
En ese tablero en movimiento, México jugó otra partida. Frente a la presión estadounidense, optó por una estrategia de concesiones selectivas. Entregó jefes del narcotráfico, intensificó incautaciones de drogas —en particular fentanilo— y endureció el control migratorio. Lo suficiente para bajar el volumen de las acusaciones desde Washington. Pero evitó deliberadamente colocar en el centro del discurso la responsabilidad estadounidense en la venta masiva de armas y en el consumo interno de drogas.
México cedió en los hechos, no en la narrativa estructural. Ese intercambio —desigual, pero consciente— desactivó la presión pública y abrió un margen de maniobra. Y México lo utilizó donde realmente importaba: en el terreno de interdependencia económica industrial y energética. Sin estridencias, sin confrontación abierta, fortaleció la política de la necesidad de dependencia mutua y de refinación energética, defendió decisiones estratégicas y practicó una diplomacia pragmática, más atenta al momento histórico que a la retórica.
La incomodidad de Trump no provino de haber perdido acceso al crudo mexicano, sino de algo más profundo: la pérdida de capacidad para disciplinar automáticamente a un actor regional. México no desafió abiertamente, pero tampoco obedeció por reflejo. Eso, hoy, es suficiente para alterar el equilibrio.
La lección es clara y va más allá de Trump. El petróleo sigue siendo estratégico, pero ya no organiza el poder global como antes. Quien intente usarlo como llave maestra encontrará puertas que ya no abren. Venezuela lo expuso. México lo entendió. Estados Unidos, por ahora, sigue negándolo.
*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario delDespacho Jurídico B&G-Chiapas.