Corina Gutiérrez Wood
“Yo no hablo de política” es una frase muy usada. Se dice con cierto orgullo, como si fuera prueba de equilibrio mental. Como si mantenerse al margen fuera señal de inteligencia emocional. Como si no tocar el tema evitara ensuciarse. Suena bien, pero la verdad, no sirve de nada.
Porque no hablar de política no es lo mismo que no estar dentro de ella. Es solo una forma más cómoda de convivir con el problema sin tener que nombrarlo. La política no desaparece cuando se ignora.
Aquí nadie vive fuera de la política. Puede no llamarla así, eso sí. Puede decir “el país”, “la situación”, “la inseguridad”, “los precios”, “la gente”, “así son las cosas”. Puede convertirla en queja cotidiana, en chiste, en comentario cansado. Pero sigue ahí, organizando la vida con mucha más constancia que cualquier discurso.
Está en el precio que sube sin explicación clara. En el trámite que se atora porque sí. En la inseguridad que ya no se discute, solo se esquiva. En el cansancio generalizado que se normaliza con frases cortas; “ni modo”, “qué esperabas”, “igual no va a cambiar”.
No se meten, dicen, mientras opinan de todo. Porque no hablar de política no significa no tener postura. Significa no asumirla. Es la participación más común hoy opinar sin hacerse cargo. Quejarse sin implicarse. Indignarse sin sostener nada después.
La política cotidiana no se discute, solo se menciona en el taxi, en la fila del banco, en la sobremesa y, sobre todo, en redes sociales.
No hay análisis, no hay debate, hay cansancio y hartazgo. Y el cansancio une muchísimo. Hoy ya no se pregunta “¿qué piensas?”, sino “¿qué tanto ya no aguantas? “y ahí coinciden todos.
Luego aparece la frase comodín, la más querida porque ahorra energía:
“Todos son iguales.”
No como conclusión pensada, sino como coartada. Porque si todos son iguales, no hace falta elegir, ni diferenciar, ni equivocarse. No se decide nada, pero tampoco se falla. Es la neutralidad perfecta para seguir viviendo sin incomodarse.
El problema es que mientras uno se queda cómodo, otros deciden. Y no piden permiso.
Decir que todos son iguales no es lucidez. Es renuncia. Es la forma educada de decir “no quiero responsabilizarme de nada de esto”. Es rendirse sin admitir derrota, solo levantando los hombros.
Y, aun así, las decisiones se toman. Los efectos llegan. El golpe cae parejo. No distingue entre quien votó, quien anuló y quien se declaró en contra de todo esto. La política no castiga al apático. Simplemente no lo toma en cuenta.
Después viene la gran contradicción, se desprecia la política, pero se le exige como si fuera servicio al cliente. Se le pide orden, seguridad, estabilidad, futuro. Se le reclama todo y se le ofrece muy poco. Se la odia, pero se espera que funcione sola. Es una relación tóxica muy duradera.
A esto se suma la política convertida en espectáculo. Ya no importa lo que se hace, ni las decisiones, importa cómo se ve, importa el escándalo. Todo es reacción inmediata, ruido constante. Hoy todos furiosos, mañana distraídos con otro tema porque seamos honestos, la indignación dura poco, pero es desgastante.
Mientras se discute el video, el meme o la frase viral, lo estructural sigue avanzando sin estorbo. La política deja de ser proyecto común y se vuelve serie interminable; temporadas malas, personajes reciclados, giros absurdos. Nadie espera algo bueno. Solo que no sea peor que el anterior.
La política no se experimenta en discursos, se experimenta en la espalda. En el estrés constante. En la incertidumbre permanente. En la sensación de que todo es provisional, incluso la vida. En vivir improvisando, adaptándose, aguantando.
Por eso tanta gente dice que ya no cree. No siempre es pose ni cinismo. Muchas veces es agotamiento real. Es haber esperado algo distinto y haber recibido lo mismo con otro nombre. Es cansarse de apostar y perder.
Pero no creer no te saca del juego. Solo te deja jugando sin entender las reglas.
No hace falta saber de ideologías ni leer tratados para estar dentro. La política no pide examen teórico, se vive, se paga, se espera, se padece; y no entenderla no te exime, solo te deja sin palabras para reclamar.
Negarla no te protege. Te deja con enojo, pero sin saber por qué y cuando eso sucede, cualquier explicación simple parece suficiente. Cualquier enemigo funciona, cualquier promesa bien redactada tranquiliza. Por eso la indiferencia no es inocente.
Decir “yo no hablo de política” suena sofisticado. Suena a distancia, a autocontrol, a alguien que no se deja arrastrar por el ruido. Pero no es neutralidad, es comodidad.
Es delegar sin admitirlo. Es aceptar que otros decidan mientras uno se reserva el derecho de quejarse. Es vivir dentro del sistema con la ilusión de no deberle nada.
Porque la política no desaparece cuando se ignora. Solo deja de discutirse y empieza a operar sin testigos. Y eso siempre beneficia a alguien. Rara vez al que se declara cansado.
La postura más peligrosa no es la radical.
Es la indiferente.
La que no estorba.
La que no pregunta.
La que se adapta.
No hablar de política no te vuelve más libre, te vuelve más manejable, más fácil de cansar y de convencer de que no hay alternativa.
No hace falta creer en la política para que te pegue. No importa si la pelas o no, igual te alcanza.
Así que, aunque la evites, ésta ya se metió en tu vida, por loque no hablar del tema no es una salida. Es solo otra forma, muy cómoda, de estar dentro sin hacerse cargo.
Por lo tanto, decir ‘yo no hablo de política’ no te deja fuera del desastre; solo te deja adentro, callado, cómodo y perfectamente gobernable.