Juan Carlos Cal y Mayor
Eso que en la 4T llaman soberanía —y que sus huestes repiten como mantra mientras agitan el fantasma del imperialismo— es, en realidad, una pose. Una puesta en escena. Porque la soberanía real no se pierde con discursos ajenos, sino cuando un Estado deja de ejercer autoridad dentro de su propio territorio. Y eso es exactamente lo que ha venido ocurriendo en México, paso a paso, en los últimos años, hasta llegar al punto actual.
LOS EXPEDIENTES
Hoy la soberanía no se negocia en discursos: se mide en expedientes. Y Estados Unidos los tiene todos: investigaciones, seguimientos financieros, redes de protección política y vínculos criminales que no distinguen entre narcos armados y narcos de cuello blanco. Eso ha ido arrinconando a la presidenta Claudia Sheinbaum, no solo frente a Washington, sino frente a los grupos de poder dentro de su propio partido, esos que gozaron de amplia impunidad y cobijo durante el sexenio de López Obrador y que ahora se saben en la mira.
CUANDO EL ESTADO NO MANDA
El mensaje ya fue enviado y recibido. No se trata solo de entregas pactadas de delincuentes por grupos. Cuando eso no fue posible, se recurrió a métodos que exhiben el colapso del Estado mexicano, como en el caso de “El Mayo”, llevado a territorio estadounidense para ser apresado. El problema no es el operativo en sí, sino lo que revela: que el gobierno mexicano ya no controla plenamente su territorio ni a los actores que lo disputan. Y cuando eso ocurre, la soberanía deja de ser un principio jurídico para convertirse en una ficción retórica.
CUBA
A ese escenario se suma otro error estratégico: el respaldo persistente al régimen cubano. Mientras Estados Unidos ha optado por una estrategia clara de aislamiento para asfixiar a una dictadura heredada —la de Díaz-Canel, continuidad directa del castrismo—, el gobierno mexicano insiste en sostenerla por razones ideológicas. Marco Rubio no ha ocultado su intención de aprovechar cualquier resquicio para empujar una transición democrática en Cuba. Y México, lejos de ser neutral, ha decidido colocarse del lado equivocado de la historia.
SOBREAVISO
Dormimos con el enemigo sin admitirlo. Apoyamos al régimen cubano fingiendo no saber que Estados Unidos observa cada paso que damos. Trump, tan señalado por impredecible, se ha vuelto sorprendentemente predecible cuando se trata de advertencias. Y ya las ha hecho varias veces al gobierno mexicano. Todas con el mismo fondo: si tú no puedes, yo sí. Si tú no lo haces, lo haré yo.
QUIRÚRGICOS
Seamos serios. No se habla ni se trata de invasiones ni de guerras formales. Se habla de sustraer objetivos específicos, de neutralizar redes criminales que han capturado regiones enteras del país. Oponerse a ello no es defender la soberanía; es evidenciar su ausencia. La verdadera pérdida de soberanía no ocurre cuando un país extranjero actúa, sino cuando el Estado nacional renuncia a hacerlo.
LA SOBERANÍA NO SE GRITA: SE EJERCE
Por eso el discurso antiimperialista suena hueco. Porque no protege al ciudadano: protege al régimen. O peor aún, parece proteger a los narcos. Y cuando un gobierno confunde soberanía con impunidad, lo único que logra es entregar el control de su destino a otros. No por imposición externa, sino por incapacidad interna.
La soberanía no se grita. Se ejerce. Y hace mucho que en México dejamos de hacerlo.