1. Home
  2. Columnas
  3. Estoicismo, filosofía antigua, evasión contemporánea / Sarcasmo y café

Estoicismo, filosofía antigua, evasión contemporánea / Sarcasmo y café

Estoicismo, filosofía antigua, evasión contemporánea / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

“El estoicismo es vivir de acuerdo con la razón y la naturaleza.”

Eso decía Zenón de Citio, que enseñaba bajo un pórtico en Atenas y jamás imaginó que, siglos después, su filosofía serviría para cerrar diplomáticamente conversaciones incómodas. Zenón no prometía felicidad, calma eterna ni bienestar emocional premium. Prometía algo menos glamoroso; orden interno, carácter y la capacidad de no perder la compostura cuando la vida se pone difícil. No era una filosofía para huir del mundo, sino para no deshacerse dentro de él.

Luego vinieron Epicteto, que habló de libertad interior desde la esclavitud; Séneca, obsesionado con vivir de forma coherente, una idea hoy vista como excesiva; y Marco Aurelio, emperador que escribía para recordarse que el poder no lo hacía especial. Ninguno buscaba likes, seguidores ni citas bonitas. Escribían para mantenerse enteros. Que no es lo mismo que verse zen.

El estoicismo clásico no enseñaba a no sentir. Enseñaba a no perder el control. No formaba personas frías, sino personas firmes. Gente capaz de comportarse bien incluso cuando la emoción invitaba a hacer justo lo contrario. Poco espectacular, nada viral, pero muy útil para no arruinar relaciones, trabajos ni reputaciones.

Y, aun así, hoy todo el mundo se dice estoico.

Estoico el que asegura que ya no se engancha con nadie, pero huye de cualquier plática que implique definirse.

Estoico el que habla de autocontrol emocional mientras desaparece elegantemente.

Estoico el que responde tarde porque “no vive pegado al celular”, aunque siempre aparece cuando le conviene.

Estoico el que confunde paz interior con distancia emocional y lo describe como crecimiento personal.

Nunca antes una filosofía había sido tan funcional para no dar explicaciones y, de paso, quedar como persona evolucionada.

El estoicismo moderno no se practica en el carácter, se practica en el lenguaje. Es una estética emocional; tono calmado, palabras suaves, distancia medida. No importa tanto lo que se hace, sino cómo se dice. No es indiferencia, es desapego. No es evasión, es madurez. No es miedo al conflicto, es amor propio. Todo suena impecable cuando se dice despacio y sin entrar en detalles.

En el trabajo, el estoico contemporáneo es el que no da retroalimentación porque “no es responsable de cómo lo tomen los demás”, pero luego se sorprende de que el equipo funcione por intuición y rumores. En las relaciones, es quien evita definir nada porque “todo fluye”, pero se incomoda cuando alguien pregunta hacia dónde. En redes sociales, es quien comparte frases de Marco Aurelio sobre el control interior mientras bloquea con serenidad filosófica a cualquiera que lo confronte.

El estoicismo original no era cómodo. Era exigente. Pedía mesura, coherencia y responsabilidad personal. No convertía el silencio en virtud ni la retirada en sabiduría. No celebraba irse sin decir nada. Exigía actuar bien incluso cuando nadie miraba y cuando no había aplausos. Era una ética, no un truco elegante para salir sin hacer ruido.

El estoicismo moderno, en cambio, tiene una gran ventaja, no exige explicaciones. Basta con decir “estoy en otro proceso”, “ya no vibro ahí” o “prefiero cuidar mi energía” para cerrar cualquier conversación sin parecer grosero. Es una salida emocional de emergencia, sales rápido, con buena cara, y sin hacerte cargo del desorden que dejas atrás. No se trata de tener razón, se trata de sonar equilibrado. Y en eso, el silencio correcto suele ganar.

A esto se le agrega la autoayuda. Se toman ideas sueltas, se simplifican y se convierten en frases listas para compartir. “No te tomes nada personal.” “No controles lo que no depende de ti.” “Suelta lo que no fluye.” Todo parece profundo hasta que se usa para justificar no asumir consecuencias, no sostener vínculos y no responder preguntas básicas.

Epicteto hablaba de aceptar lo que no depende de uno, pero también de hacerse cargo de lo que sí. Y lo que sí depende incluye cómo se entra y cómo se sale de la vida de otros. Incluye no dejar confusión innecesaria. Incluye no usar la frialdad como armadura mientras se presume estabilidad emocional.

Marco Aurelio no escribió sus meditaciones para evitar charlas incómodas. Las escribió para recordarse que debía actuar con justicia incluso cuando no tenía ganas, incluso cuando callar era más fácil. Su disciplina no estaba pensada para proteger la comodidad personal, sino para sostener el carácter.

Hoy, en cambio, el estoicismo se confunde con anestesia emocional. Se admira al que no se quiebra, aunque eso implique no conectar nunca. Se celebra al que “no siente”, cuando en realidad solo aprendió a no quedarse. Mucha fortaleza aparente, poco compromiso real.

El resultado es un estoicismo sin ética, muchas citas, poca conducta. Mucha teoría, poca práctica. Una filosofía creada para formar personas sólidas terminó convertida en una manera elegante de justificar la tibieza, sin confrontaciones y sin explicaciones incómodas.

Y aquí está la ironía final, el estoicismo verdadero no evita el daño, lo enfrenta. El falso solo lo acomoda. Cada quien se va en paz consigo mismo mientras deja al otro resolviendo preguntas que decidió no responder. 

El estoicismo real no te deja intacto te exige. Te pide coherencia, presencia y responsabilidad. Justo lo contrario de ese “estoicismo” que aparece cuando alguien pregunta, cuando hay que definir, cuando ya no basta con fluir ni repetir frases bonitas.

“No pierdas más tiempo discutiendo sobre lo que debería ser un buen hombre. Sé uno.” Marco Aurelio.

Porque si para cuidar tu paz necesitas callar, desaparecer o dejar a otros con la duda, entonces no estás practicando una filosofía antigua, estás usando palabras grandes para justificar una conducta pequeña.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *