1. Home
  2. Columnas
  3. Libertad sexual, desapego y letra pequeña / Sarcasmo y café

Libertad sexual, desapego y letra pequeña / Sarcasmo y café

Libertad sexual, desapego y letra pequeña / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

Hoy decir “solo fue sexo” es casi un diploma de madurez. Se dice con orgullo; tranquila, nadie se enganchó, nadie espera nada, todo bajo control. Perfecto para cerrar conversaciones y evitar preguntas incómodas.

La fantasía es que el sexo sea emocionalmente neutro. Cuerpos presentes, emociones en modo avión. Y si alguien siente de más, el error recae en quien no leyó el acuerdo invisible que todos dan por hecho.

Antes, las reglas eran claras, aunque estrictas, si estabas con alguien, había un nombre para eso y expectativas que todos conocían. Novio, novia, compromiso, matrimonio, nada de medias tintas ni acuerdos invisibles. La culpa por desear existía, sí, pero también había claridad sobre lo que podía pasar si te involucrabas. Había promesas, rituales, códigos sociales que, aunque moralistas, protegían de cierta confusión.

Hoy todo es distinto. La libertad sexual trajo elección, consentimiento y placer sin culpa, pero también una especie de caos consentido. La ligereza se convirtió en norma, el desapego en virtud y los vínculos se deformaron: “casi algo”, “amigos con derecho”, “amigovio”, etiquetas que parecen modernas pero que, en la práctica, no aclaran nada. Lo que antes estaba claro, ahora queda flotando en un limbo emocional donde todo es posible y nada tiene nombre.

Claro que existen relaciones ligeras, sin drama. Funcionan. El problema es cuando se convierten en la regla de oro, y cualquier otra cosa que implique sentir se lee como drama innecesario. Antes la culpa era por desear. Hoy la culpa es por sentir.

Si se pregunta “¿qué somos?”, la respuesta rara vez es clara. Porque suele existir un nosotros fuera del nosotros de cada quien. Un nosotros que se adapta a la libertad, al desapego y a la ligereza, y que deja en evidencia lo difícil que es poner palabras a lo que realmente sentimos.

Porque seamos honestos ¿qué somos hoy? Abre un catálogo de nombres raros que no aclara nada, pero sirve para no asumir lo incómodo; la incomodidad emocional que nadie quiere enfrentar.

La libertad sexual prometió elección, deseo y consentimiento. Y es un avance. El problema es que, al intentar eliminar la culpa y la vigilancia moral, se olvidó que el sexo también deja huella. Que a veces importa. Que a veces duele.

Es curioso, hay gestos que confunden, señales contradictorias y citas que parecían casuales y terminan con planes improvisados. Todo bajo la etiqueta de “libertad”. La libertad sexual es maravillosa, sí, pero también puede ser un caos cuando nadie pone palabras a lo que siente.

Aquí aparece el nuevo mandato, igual de exigente que el antiguo; no sentir demasiado, no pedir, no incomodar. La libertad sexual, mal entendida, no solo da opciones; también estrecha lo que se puede decir sin quedar mal.

Entre quienes dominan el desapego y quienes internalizan la obligación de no involucrarse emocionalmente hay un desequilibrio silencioso. Algunos aprenden a fingir que nada les importa; otros cargan con la culpa de sentir demasiado. No es cuestión de géneros, aunque a veces lo parezca. Es otra desigualdad moderna, quién puede irse sin mirar atrás y quién se queda cargando con la idea de que debería poder hacerlo.

También están quienes hablan de libertad sexual desde vidas cuidadosamente organizadas. Defienden el desapego, la ligereza y la idea de no deber nada, pero solo en ciertas circunstancias. La libertad se practica a ciertas horas, con ciertas personas y en ciertos espacios; siempre fuera de aquello que ya tiene nombre, rutina y estabilidad. Fuera de ahí, el discurso se vuelve borroso. No estamos hablando de acuerdos ni de fidelidad, eso es otro tema. Hablamos de cómo algunos la invocan solo cuando les conviene y la guardan en silencio cuando incomoda.

Nadie debe nada, pero tampoco salimos ilesos. La libertad no desaparece si se reconoce que el sexo mueve cosas que no estaban en el guion. Entre el moralismo rancio y la libertad sin consecuencias hay un terreno enorme; deseo, consentimiento, elección y también la posibilidad de decir “esto me importa” sin sentir que se rompe la regla del desapego.

La verdadera pregunta quizá no sea con cuántos ni cómo, sino qué hacemos con lo que sentimos. Reconocer que algo importa no es debilidad; es honestidad consigo mismo y con los demás. La libertad no debería ser solo poder hacer lo que se quiere, sino también poder reconocer y asumir lo que sentimos sin miedo a quedar fuera de la conversación social.

Si somos tan libres, ¿por qué nos cuesta tanto definirnos cuando algo empieza a importar?

Si podemos acostarnos con quien queramos, ¿por qué nos da miedo poner palabras a lo que sentimos?

Si todo es casual, ¿qué pasa con lo que realmente importa?

Tal vez la verdadera libertad no sea solo decir “sí, quiero”, sino también poder decir “esto me importa” sin culpa ni vergüenza. Reconocer eso no nos hace menos libres; nos hace humanos.

Al final, la libertad sexual se parece mucho a un buffet; hay de todo, para todos los gustos, pero nadie te explica cómo combinarlo sin atragantarte. Puedes probarlo todo, sí, pero igual puedes salir con indigestión emocional.

Y así seguimos, navegando entre “solo fue sexo” y “¿qué somos?”, con manual de instrucciones invisible y reglas que cambian según quién las lee. Tal vez no es hacer solo lo que se quiere, sino tener la osadía de decir que algo importa, incluso cuando nadie te lo enseñó. Y si eso suena complicado, bienvenidos a la adultez moderna, donde la libertad viene con letra pequeña y un toque de ironía.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *