Retablo al Santo Niño de Atocha
Óleo sobre Lámina 1901
Exvo.00702
Edgar Zenteno
A la familia Díaz González
Hace exactamente un año, una pausa involuntaria dejó la casa de los Díaz González sin la visita de los danzantes del sol. En el aire reinaba la incertidumbre; la enfermedad del señor Díaz llenó de preocupación a todos. Su malestar empezó en la cena de Nochebuena y, en los días previos al año nuevo, solo empeoró. El ambiente se sentía hostil; la preocupación se internó en el fondo de cada uno de sus familiares como el crujido del suelo o el bramido de la tierra ante lo inevitable, ante aquello de lo que intentamos escapar toda la vida.
La celebración del Santo Niño iba a ser distinta. Ese día, la imagen no estaba ruborizada; se veía gris en un altar sin flores ni veladoras. El culto pasaba a segundo plano ante las alarmantes alucinaciones del señor Díaz. Desvariaba constantemente, por lo que sus familiares decidieron llevarlo al hospital. En el camino, los episodios empeoraron:
—No se olviden de la pepita. Que coma la gente, aunque yo esté ausente en mi cumpleaños —balbuceó.
—Sí, papá, no te preocupes.
—Por cierto, qué bien juega ese Kevin Rojas del América, ¿verdad?
Todos quedaron atónitos. Sabían que era hincha del América, pero lo raro era que aquel futbolista llevaba años retirado, viviendo de su fama, y solo se le veía en un reality show malísimo que se transmitía a las nueve de la noche. Sin duda, el señor Díaz empeoraba.
En el hospital, el diagnóstico fue una hiponatremia —sodio extremadamente bajo—, común en adultos de sus casi 78 años. El tratamiento requería varios días de internamiento. Entre la angustia y el delirio, él solo llamaba a una persona: “Cande, Cande”, buscando a su esposa.
Soportó el frío artificial de los hospitales, ese que cala los huesos; sábanas que no abrigan y comida desabrida que hace añorar la libertad. Eso sin contar los quejidos de los vecinos de cama, que se vuelven más angustiosos pasada la medianoche. Al tercer día de su internamiento, el señor Díaz comenzó a reconocer rostros. A las ocho de la mañana, llegó el médico de turno:
—Qué tal, señor Díaz. Si sigue así, pronto volverá a casa.
—Doctor, si salgo de esta, le invito su pepita. Mañana es mi cumpleaños y ya dejé órdenes de que celebren sin mí. Habrá música de viento, parachicos y marimba; los cohetes irrumpirán en el cielo, ya sea que esté gris o soleado. Vaya a mi casa, es la última calle rumbo al río. La fiesta de Chiapa es alegre, pero más mi cumpleaños; yo soy mero de Atocha. Mi familia siempre me ha celebrado a lo grande, a pesar de sus diferencias, ¡soy muy afortunado!
El doctor, mientras revisaba el expediente, comentó:
—Qué casualidad. Todos los años voy por esa fecha. Este año pensaba ir, pero aquí me necesitan.
—Dígame la verdad, doctor, ¿cree que me libro de esta? Siento que caigo en un abismo, en una cueva donde me ausento por ratos. No quiero asustar a mi familia, pero nunca me había sentido así. En mi juventud fui de los mejores en el baloncesto, y verme así no es alentador.
—No tema. Si sigue las indicaciones, volverá a comer su pepita. Hágalo por ellos; si no se puede en este cumpleaños, el próximo año sí le acepto esa pepita.
—Doctor, quiero confesarle que no he sido el mejor de los hombres. ¡Todos están alarmados por mí! Aquí estoy, recibiendo un amor inmerecido. Me gustó la parranda, las mujeres… ¡la buena vida! Mis amigos de toda la vida ya se fueron a descansar y siento que me estoy tardando.
—Tonterías. He visto la muerte merodear y ensañarse con arrepentidos, buenos y malos; ella no hace distinciones. Pero le aseguro algo: a usted hoy no le toca.
Tras la charla, el señor Díaz se entregó al descanso. A la mañana siguiente, una afanadora pasó refunfuñando porque el piso estaba extrañamente lleno de lodo, huellas de alguien que había caminado mucho. Él se levantó animado; era su cumpleaños. Varios familiares pasaron a verlo; al final, su esposa entró y, con lágrimas, le dijo:
—Ya verás que saldrás de esta. Que tu terquedad sirva de algo, porque no imagino la vida sin ti. Ya somos bisabuelos; sé que el día llegará para ambos, pero que no sea hoy. No estoy preparada.
—No te preocupes, Cande. Me ha tocado un buen doctor que me ha dado esperanzas, y no tengo nada que perder. Hago todo lo que me pide y como todo lo que me dan. ¡Ay, de verdad, cómo extraño tus guisos!
Al final del día, el doctor regresó:
—Si sigue así, pasado mañana se va a casa.
—¡Qué gran noticia!
—Tuvo una recuperación favorable. Se ve que hubo plegarias por usted.
—Eso ni se diga. A mi esposa y a una de mis nietas les encanta rezar. Algo tuvo que ver eso, doctor.
La última noche en el hospital tuvo un sueño de esos que se desvanecen al alba. Se vio joven, detenido por alterar el orden tras beber demasiada panelacha de esas bebidas que daban en las viejas cantinas de Chiapa de Corzo del siglo pasado. Lo raro fue que, en la celda, apareció uno de sus nietos con una canasta.
—Hijito, ¿qué haces aquí? Este no es lugar para ti —dijo el abuelo.
—Abuelito, no te preocupes por mí. Esta vez, yo vine a cuidarte a ti —respondió el niño.
Despertó al día siguiente como a las once de la mañana. Sus hijas tramitaban el alta. Mientras una de sus nietas lo ayudaba a subir a una silla de ruedas vieja que rechinaba en cada vuelta, el señor Díaz le dijo al llegar a la puerta del hospital:
—Fíjate que soñé a tu hijo. Ya te contaré al llegar.
—Sí, abuelito. Todos te esperan para partir la Rosca de Reyes; hoy es 6 de enero.
—Qué bueno, hija. Por cierto… ahora los doctores se visten medio raros.
—¿Por qué lo dices?
—No sabía que ahora era obligado usar capa y sombrero con pluma.
Hoy, a un año del suceso, ha llegado el 4 de enero. A sus 79 años, desde la hermosa vista de su casa junto al río, el señor Díaz se aferra a la alegría compartida con su familia. Es un hombre que ya no pide tiempo, porque el tiempo es un peso que ya no necesita cargar.
Promotor Cultural de Chiapa de Corzo
04/01/26