Corina Gutiérrez Wood
La historia siempre llega con voz seria. Habla despacito, con autoridad, como si pidiera silencio antes de empezar. Se presenta con fechas exactas, nombres completos y una seguridad que no admite réplica. Y uno, bien educado, asiente. Porque si algo nos enseñaron en la escuela es que la historia no se cuestiona, se memoriza.
Pero basta leerla con un poquito de atención para notar algo inquietante; que no suena igual en todas partes. Cambia el tono, el énfasis, incluso los adjetivos. Lo que en un libro es heroísmo, en otro es abuso de poder. Lo que aquí se llama orden, allá se llama represión. Y entonces aparece la sospecha inevitable; no es exactamente lo que pasó, sino lo que alguien decidió contar.
Porque no ocurre en hojas blancas. Ocurre en medio del caos, de decisiones torpes, de intereses cruzados y emociones poco nobles. Lo que llega a los libros es una versión ya acomodada, ya pensada, ya filtrada. Y ningún filtro es inocente. Cada relato histórico tiene autor, contexto, público y propósito. No es lo mismo escribir desde el poder que desde la derrota, desde el centro que, desde el margen, desde el archivo oficial que desde la memoria incómoda.
La historia no miente con descaro; eso sería demasiado evidente. La historia selecciona. Decide qué entra, qué se queda fuera, qué se explica con detalle, qué se menciona de paso e incluso lo que se le agrega para hacerla más interesante y en esa selección empieza a notarse la mano que la escribe.
Esa edición no ocurre solo en grandes bibliotecas ni en biografías autorizadas. Empieza mucho antes, en los libros de texto escolares. Ahí donde la historia se nos presenta por primera vez, ya viene cuidadosamente dosificada. No para engañar, sino para resultar funcional. Se nos enseña lo que conviene que sepamos a cierta edad, en cierto país y bajo cierta idea de identidad. Los episodios incómodos se suavizan, los personajes se simplifican y las contradicciones se guardan para después, como si la complejidad pudiera esperar. La historia escolar no busca incomodar; busca formar. Y para formar, selecciona. No es conspiración; es pedagogía. Desde ahí aprendemos que no solo se escribe, se administra.
Con los años, uno descubre que esa administración continua cambia de formato, se vuelve más sofisticada, pero sigue operando bajo la misma lógica; el relato depende de la pluma. No cambian los hechos; cambian los calificativos.
Pensemos en Porfirio Díaz. Dependiendo de quién lo cuente, puede ser el dictador que sofocó libertades o el hombre que trajo estabilidad, ferrocarriles y modernidad. En algunos relatos es el gran antagonista necesario; en otros, una figura compleja injustamente reducida. No cambia el personaje. Cambia la simpatía del narrador.
O miremos a Napoleón Bonaparte. Para unos, un genio militar que reorganizó Europa; para otros, un megalómano con ambición desmedida y vocación de conquista. Hay libros que lo celebran y otros que lo usan como advertencia. El mismo hombre, distintas narraciones, un abanico de interpretaciones que dicen tanto del autor como del protagonista.
Enrique VIII tampoco se libra. Puede aparecer como un reformador audaz que rompió con Roma y redefinió el poder religioso, o como un monarca caprichoso, autoritario y peligrosamente acostumbrado a no escuchar un “no”, especialmente cuando venía de una esposa. Visionario o tirano, según el cronista.
Y luego está Churchill, elevado a héroe indiscutible en muchos relatos y observado con mayor incomodidad en otros. Líder decisivo para algunos; figura llena de decisiones cuestionables para otros. La historia lo pule o lo raspa según la intención del relato. Y en esa diferencia se vuelve evidente, otra vez, que la pluma nunca es neutral.
Estos personajes habitan zonas grises reales. Admiten discusión, contraste, lectura crítica ycambia según quién la cuente porque los hechos permiten contradicción. El problema empieza cuando olvidamos que esa variación no es casual, sino estructural. No estamos leyendo la historia, sino una versión bien escrita de ella.
Ahora bien, no todo personaje admite el mismo juego narrativo. Hitler, por ejemplo, marca un límite claro. No porque falte contexto, sino porque no todo se presta al mismo ejercicio de reinterpretación sin deformarse. Cuando alguien intenta suavizarlo, no está explorando matices históricos, está forzando el encuadre. Ahí la pluma deja de analizar y empieza a torcer. No todo admite simpatía. Y no toda historia soporta maquillaje sin perder forma.
Este límite no contradice la idea central; la confirma. Porque demuestra que la narrativa histórica no es un terreno libre de responsabilidad. La pluma tiene poder. Y narrar también implica decidir hasta dónde se estira una versión sin romperla.
La historia, entonces, no es un archivo neutro esperando ser consultado. Es una conversación permanente entre relatos que compiten, se corrigen y se contradicen. Leerla bien no consiste en elegir una versión y defenderla a muerte, sino en observar la fricción entre ellas. Ahí, en la incomodidad, suele asomarse algo más cercano a lo real.
La versión “real” de la historia no es un texto definitivo. Es un rompecabezas incompleto hecho de documentos, testimonios, silencios y omisiones. Está en lo que todos mencionan, aunque de pasada. En lo que se justifica demasiado. En lo que se evita nombrar y habla tanto por lo que dice como por lo que calla.
Por eso leerla exige algo más que memoria. Exige criterio. Exige sospecha inteligente. Exige aceptar que incluso los testigos fallan, que la memoria acomoda, que el tiempo edita. Dos personas pueden vivir el mismo hecho y contar historias incompatibles sin mentir. Multiplica eso por generaciones y obtendrás algo muy parecido a un libro de texto.
Quizá el error no es que tenga versiones, sino que esperemos de ella certezas absolutas. Que no está para tranquilizarnos ni para darnos héroes impecables. Está para recordarnos que el pasado fue tan humano, contradictorio y torpe como el presente, solo que peor documentado.
Tal vez la pregunta correcta no sea cuál es la versión real, sino qué nos revela cada versión sobre quien la escribió. Qué creía, a quién defendía, qué necesitaba justificar. Ahí deja de ser un recuento del pasado y se convierte en un espejo.
Y leerla así sin ingenuidad, sin exceso de solemnidad nos quita certezas nos da algo más útil. Criterio. Porque al final, la historia no se descubre. Se interpreta. Y conviene hacerlo sabiendo que la pluma nunca es inocente.