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María Corina / A Estribor

María Corina / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

Durante años, Venezuela fue reducida a un expediente incómodo. Un país convertido en caso clínico, en consigna ideológica, en excusa retórica para no incomodar a nadie. Mientras tanto, el poder se cerraba sobre sí mismo, expulsaba a millones, perseguía a la disidencia y normalizaba el abuso como forma de gobierno.

En ese paisaje de resignación calculada apareció —y resistió— María Corina Machado.
No es una figura construida desde la corrección política ni desde el consenso cómodo. Es, por el contrario, una dirigente incómoda. Intransigente. Sin dobleces. Y por eso mismo ha sido perseguida, inhabilitada y empujada a la marginalidad institucional. No porque carezca de respaldo popular, sino porque lo tiene. Porque representa una ruptura real con el régimen y con la ficción democrática que lo ha sostenido.

UNA OPOSICIÓN SIN COARTADAS

A diferencia de otros liderazgos opositores latinoamericanos, María Corina no se refugió en el lenguaje ambiguo. Llamó dictadura a la dictadura. Represión a la represión. Fraude al fraude. Y ese gesto —tan elemental como raro— tuvo costos. El primero: quedar fuera de la boleta. El segundo: convertirse en el blanco principal del poder.

En un país donde la oposición fue durante años funcional al sistema —negociadora, fragmentada o domesticada—, su postura marcó una línea divisoria. No ofreció “salidas pactadas” para perpetuar a los mismos. Exigió elecciones reales, instituciones reales y responsabilidades reales. Eso, en Venezuela, es subversivo.

EL RÉGIMEN Y EL MIEDO

La inhabilitación política no fue un trámite administrativo: fue una confesión. El régimen no inhabilita a quien no teme. Y teme a María Corina porque no depende de estructuras clientelares ni de tutelas extranjeras para existir políticamente. Su fuerza no está en el cargo que no le permiten ocupar, sino en la legitimidad social que no pudieron arrebatarle.

Mientras el poder se sostenía con bayonetas, petróleo y propaganda, ella recorrió el país que ya no sale en los discursos oficiales: el de los apagones, el hambre, la migración forzada y la dignidad cansada. Ahí se construyó su liderazgo.

LA SALIDA QUE NO CAMBIA NADA

La salida de Nicolás Maduro, por sí sola, no equivale a un cambio de régimen. Confundir la remoción del rostro con la caída del sistema es uno de los errores más frecuentes —y más convenientes— de la política internacional. El poder en Venezuela no es un hombre: es una estructura. Y las estructuras no se disuelven con un arresto ni con un comunicado.

Es difícil suponer que quienes quedaron provisionalmente al frente —militares, burócratas, operadores económicos y políticos formados en la lógica del chavismo— estén dispuestos a soltar el poder por convicción democrática. Lo racional, desde su perspectiva, es administrar la transición para que nada cambie en lo esencial: ni los controles, ni los privilegios, ni las redes de impunidad. Una sustitución sin ruptura.

Si ese es el desenlace, el esfuerzo de Donald Trump habrá sido, en términos históricos, vano. Peor aún: confirmaría lo que sus críticos han sostenido durante años —que su política exterior no busca restaurar democracias, sino preservar la hegemonía estadounidense, incluso si eso implica convivir con gobiernos incómodos o abiertamente autoritarios, siempre que garanticen estabilidad estratégica y, en este caso, acceso al petróleo venezolano.
La narrativa de la “liberación” se derrumbaría entonces como una puesta en escena. Una farsa para quienes creyeron que el objetivo último era devolverle a Venezuela instituciones, elecciones auténticas y Estado de Derecho. El mensaje implícito sería brutalmente claro: el problema nunca fue la dictadura, sino quién la administra.

¿Y AHORA QUÉ?

Hoy Venezuela vive un momento límite. No de claridad, sino de quiebre. El régimen muestra fisuras; la comunidad internacional duda; las instituciones están corroídas. En ese escenario, María Corina no es una presidenta en espera, sino algo más peligroso para el poder: un referente moral y político que no puede ser cooptado ni administrado.

Su papel no será sencillo. La transición —si ocurre— no será limpia ni ordenada. Habrá resistencias, pactos forzados, intentos de reciclar al viejo poder con nuevos nombres. Ahí está el verdadero desafío: no permitir que el final de una dictadura se convierta en el prólogo de otra simulación.

LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO

María Corina Machado no es el desenlace de la crisis venezolana; es su prueba. La prueba de si la oposición está dispuesta a llegar hasta el fondo. La prueba de si la región dejará de justificar tiranías por afinidades ideológicas. La prueba de si la soberanía dejará de usarse como patente de corso para violar derechos.
Porque cuando el relevo conserva las mismas prácticas, el mismo miedo y los mismos intereses, lo que se produce no es una transición, sino una continuidad maquillada. Y ahí está el riesgo mayor del momento actual: que la caída del tirano sirva para salvar al régimen.

Hay momentos en que la moderación no es virtud, sino coartada. Y hay países —como Venezuela— donde decir la verdad completa es el primer acto de reconstrucción nacional.

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