Corina Gutiérrez Wood
Simone de Beauvoir no alzaba la voz. Ella pensaba. Y cuando escribía, lo hacía con la precisión de una cirujana, diseccionando la opresión con una claridad que pocos se atreven a mirar de frente. Con su célebre frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, desmanteló siglos de dogmas y convirtió lo que parecía un destino biológico en una construcción social que, por fin, podía cuestionarse. No soñaba con aplastar al hombre ni con gritarle desde una superioridad imaginaria. Su lucha era mucho más profunda, quería que la mujer dejara de ser moldeada para cumplir expectativas ajenas. En aquellos tiempos, feminismo significaba dignidad, autonomía, conciencia crítica y una transformación estructural. No likes. No camisetas. No “posturas”.
Simone de Beauvoir dejó claro que la identidad femenina no es un hecho natural sino una construcción social, con su emblemática sentencia: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Denunció que, históricamente, la mujer ha sido relegada a la condición de “lo otro”, definida siempre en relación al hombre y nunca como un sujeto autónomo. Pero su feminismo no buscaba invertir la jerarquía ni instaurar un nuevo dominio, porque como bien señaló, “la opresión no se combate sustituyendo una jerarquía por otra”. La verdadera libertad, para Beauvoir, consistía en reconocerse mutuamente como iguales, sin someter ni someterse. En un presente donde la lucha feminista a menudo se reduce a competencias simbólicas y a la búsqueda de aplausos digitales, resulta vital recordar que “lo esencial no es hacer ruido, sino hacer historia”.
Su invitación no era a ganar concursos de moralidad o a cambiar un apellido para sentirse empoderada, sino a cuestionar y transformar las estructuras invisibles que condicionan nuestras vidas.
Hoy, sin embargo, parece que algunas brújulas han perdido el norte y hay quienes ya no buscan igualdad, sino revancha. Porque claro, ser feminista no siempre se trata de cambiar el mundo, a veces basta con parecerlo. El feminismo de hoy, al menos el que más ruido hace, ha dejado de ser una invitación a la reflexión y se ha convertido en una especie de carrera de relevancia simbólica. Mientras antes el feminismo se nutría de preguntas, lecturas, debates complejos, ahora se alza en declaraciones contundentes que caben perfectamente en una historia de Instagram. Se trata de ser “la más feminista”, aunque no se sepa exactamente qué implica eso. La lucha se da en el terreno de los gestos, del eslogan, de la frase viralizable. Porque nada dice “cambio social” como un TikTok con subtítulos.
Y luego está la nueva moda simbólica, la rebelión onomástica. Ahora parece que basta con quitarse el apellido del marido para entrar al club de las revolucionarias, ¡qué empoderada! Como si con solo cambiar la firma se deshicieran también del sistema patriarcal que ha gobernado generaciones enteras. Curioso, porque muchas terminan usando el apellido del papá, esa joyita patriarcal que seguimos arrastrando sin cuestionar.
Si el objetivo fuera realmente romper con símbolos machistas, ¿no sería más “radical” adoptar el apellido materno? O mejor aún, ¿por qué no cuestionar de una vez por todas el peso absurdo que le damos a cualquier apellido?
Y no, Simone de Beauvoir no salió a las calles con pancartas, ni gritó consignas en megáfonos, ni usó glitter morado. No porque no creyera en la lucha feminista, sino porque su trinchera estaba en otro lugar, en las ideas, en los libros, en la filosofía.
Mientras algunas hoy se pelean por ver quién sube la mejor selfie del 8M, Beauvoir se encerraba a escribir El segundo sexo, una obra que, sin necesidad de hashtags, sacudió las bases del pensamiento occidental. Su activismo no era ruidoso, pero sí radical.
No necesitó subirse a una tarima para incomodar al poder, le bastó con una pluma bien afilada y un pensamiento incómodo.
En la primera ola feminista, figuras como Mary Wollstonecraft o Emmeline Pankhurst no pedían superioridad, sino derechos básicos.
En la segunda ola, con Betty Friedan o Gloria Steinem, la lucha estaba centrada en el derecho a decidir sobre la maternidad, el trabajo y la vida.
Y en la tercera ola, Bell Hooks y Judith Butler introdujeron la interseccionalidad, abordando las opresiones que surgen no solo por género, sino también por raza, clase y orientación sexual.
Pero hoy, ¿hoy qué? La lucha parece haberse fragmentado. Y no hablo de diversidad, que siempre es bienvenida, sino de la urgencia de ser “más radical”, “más disruptiva”, “más ofensiva”, sin detenerse a pensar en qué estamos realmente confrontando. Los gritos, las cancelaciones, las etiquetas inmovibles ¿realmente estamos avanzando? ¿O simplemente estamos buscando una forma más llamativa de ocupar espacio, sin que haya sustancia detrás?
Beauvoir sabía algo crucial, la opresión no se combate sustituyendo una jerarquía por otra. La libertad no es una cuestión de anular al otro, de sustituir una forma de dominación por otra. Ser libre no significa humillar al hombre. La verdadera igualdad no se logra anulando al adversario, sino transformando las estructuras que nos oprimen a todos.
Pero esta idea parece haberse perdido en la actualidad, donde muchas parecen haber olvidado la lección de Beauvoir. ¿Acaso el feminismo real se ha convertido en un juego de “quién grita más fuerte”? “Quién tiene más razón” o “quién ostenta el certificado moral de feminismo más puro”. La igualdad se ha convertido en una cuestión de volumen. Cuanto más ruidoso, más feminista.
Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando en la puerta, como siempre lo han hecho. Los sueldos bajos, la violencia estructural, la falta de acceso a la justicia, las brechas de oportunidades entre mujeres de diferentes contextos, no se van a resolver con un hashtag o con una foto viral. Se resuelven con reformas, con políticas concretas, con una lucha constante por la equidad real. Pero, claro, esos problemas no son tan cómodos de enfrentar en 280 caracteres.
Porque, seamos sinceras, mientras algunas siguen confundiendo la igualdad con una especie de campeonato de quién está más por encima de quién, el feminismo real, el que sigue vivo, aunque no siempre visible, es el que se pregunta, se revisa, se incomoda. No busca ganar, busca transformar. Y para transformar hay que pensar más allá de una frase, más allá del ego, más allá de quién ostenta el certificado moral de feminismo más puro.
Así que, si realmente te importa esta lucha, pregúntate con honestidad:
¿Estás luchando por igualdad… o solo por sentirte por encima?
Porque si lo tuyo es solo el aplauso fácil, la firma nueva y la foto con filtro morado… quizás no estás luchando por el feminismo. Estás luchando por ti.