Esdras Camacho
En noches como esa, pienso en ella.
Aquel 31 de diciembre acudí a su encuentro. Su entusiasmo era contagioso, vibraba alto, estaba radiante, el desafío próximo era asegurarse un lugar en la nueva empresa. Me había platicado a través del Messenger que debía evidenciar sus talentos como ejecutiva de ventas y coordinadora operativa gerencial.
Acudí a la cita en el lobby del restaurante, allí, en unos minutos, sería su entrevista.
—Quiero que estés conmigo en el inicio de un nuevo ciclo.
Serena, audaz, visionaria y determinada como poseída por un espíritu indomable y conquistador, abandonaba empleos por no sentirse valorada, respetada y con oportunidades de crecimiento.
La había visto soportar un tiempo, pero al menor asomo de indiferencia e infravaloración decidía no permanecer.
Las conversaciones que sosteníamos de forma virtual y telefónica eran de dimensiones psicológicas, poéticas, organizacionales, como un consultor atiende a un cliente, pero sin clichés ni formalismos.
¿Por qué le agradaba tanto mi compañía?
Me lo dijo con gracia, —Eres como me hubiera gustado ser si yo fuera hombre. ¡Eres un cabrón!.
El título de cabrón no me agradaba, ni allá ni acá, ni antes ni después. No me ha gustado ninguna etiqueta. Soy y he querido ser, —quién sabe si lo he logrado— ‘Impredecible’.
Un poco estoico, un poco pesimista. Hedonista sí, pero con placeres espirituales. Primero el espíritu, después la lujuria.
Por eso estaba yo allí, no precisamente por la impudicia, sino por la conexión poética y metafísica del ser.
Yo ya sabía quién era ella. Nuestra amistad había migrado a romance, luego a amistad de nuevo y otra vez a romance; eso nos funcionaba.
—Quiero darle una oportunidad al amor, contigo. No a ti, sino a mí, quiero comprobar la clase de mujer que soy; pienso que aquel poema de ‘Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan’ aplica para lo que quiero vivir contigo.
La esperé que terminara de entrevistarse y estaba yo preparando como responder ante su tristeza en caso de rechazo o aceptación por parte de la gerencia… para celebrar fuimos a comer tacos y pozol a la más famosa taquería de la ciudad
Paseamos el día viendo los anaqueles y entre la gente como si supiéramos lo que hacíamos, cuando en realidad solo estábamos pasando el día.
Nos alojamos en una habitación modesta de un hotel sencillo. Un ventanal amplio dejaba colar algunas luces de la noche a través de las gruesas cortinas que lo cubrían. Alrededor de las 10:45 ambos caímos dormidos, incluso con la ropa puesta. Esa fue nuestra última noche de ese año.
No nos aburrimos, no estábamos cansados, estábamos completos.
Eso fue aquel 31 de diciembre de hace una década.
Nuevamente ha transcurrido un 31 de diciembre.
Si nos encontráramos, volvería ocurrir algo similar, y, no haríamos el amor. No por falta de oportunidad, sino por falta de energía.
En noches como ésta, pienso en ella.