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Vamos a pie / La Feria

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Sr. López

Entre las mujeres de la familia materno-toluqueña de este menda, católicas de preocupar a Torquemada, no se podía decir el nombre de Benito Juárez. La abuela Virgen, la de los siete embarazos, cuando iba al baño (ella, tan correcta), decía: -Voy a ver a Juárez” –así era la cosa. Tampoco se podían llamar varias cosas por su nombre y se usaban términos que difícilmente incluirá el diccionario de nuestra lengua: “pipí”, “popó”, “pompis”, “pajarito”, “estado de buena esperanza” (las embarazadas); y cuando alguna doncella dejaba de serlo sin haber cubierto los trámites necesarios ante el altar, decían que “había dado un mal paso”… ¡ah! y los hijos naturales de no pocos de los varones de la familia, eran todos “sobrinos”. Punto.

Entre los políticos al uso (y entre casi la totalidad de la comentocracia), “populismo” es mala palabra. Señalar a un político como populista es siempre ataque, descalificación… y no, no necesariamente es malo el populismo que, en rigor, es solo la búsqueda del apoyo de las clases populares (y mayoritarias). Si un gobierno lucha contra el hambre, trata de disminuir la brecha entre ricos y pobres, extender los servicios de salud y educación a la generalidad de la población e implantar un régimen de igualdad de derechos, es populista (aunque no quiera, porque tendrá el apoyo de la mayoría esa a la que pertenecemos los orgullosos integrantes del peladaje); si quiere usted estirar un poco la liga, Franklin Delano Roosevelt, fue populista… sí, pero a la buena y enderezó la economía de su país y vio -con gran eficacia-, por el bien de los más fregados.

También se les llama populistas a otros que, diciendo lo mismo, lo que realmente hacen es engañar al pueblo, pregonando que atenderán sus causas más apremiantes y sus reclamos más sentidos, cuando lo que les interesa es hacerse con el poder para satisfacer su ego o su cartera (y casi siempre, ambas cosas a la vez).

Tal vez se trate de que hay “populismo” bueno y “populismo” malo, tal vez, aunque lo más recomendable (otro “tal vez”), sería dejar de usar el término y nomás llamar a las cosas por su nombre: hay políticos embusteros, demagogos en la acepción de Aristóteles: corrupción de la democracia que instala sobre de la mayoría, la dictadura, diciendo que actúan en nombre del pueblo (no es cita, si le interesan las palabras exactas de Aristóteles, vaya a comprar un ejemplar de “La Política” y se checa el capítulo en que clasifica los tipos de gobiernos).

El demagogo instrumentaliza a su favor y con habilidad, las creencias del pueblo, sus necesidades, prejuicios, temores, odios (por ejemplo, contra las élites que viven la vida padre a costillas de la mayoría), y sin rastro de escrúpulo, aprovecha la ignorancia de la gente (¡oh, sí!, disculpe que le robe la inocencia: la generalidad de las personas, en todo el planeta, es ignorante, y en los países industrializados y con menos carencias económicas, siguen siendo ignorantes, analfabetos prácticos, entrenados para trabajar y el menor pensar posible), para desinformarla y que prenda bonito lo que prediquen mediante la propaganda masiva que requiere engañar naciones, pero una vez obtenido el poder, el demagogo, casi sin excepción, se vuelve déspota y solo sus chicharrones truenan: el que se oponga a sus opiniones, dictados o decisiones, es “enemigo del pueblo”, y solo “él”, sabe e interpreta lo que quiere el pueblo… por cierto: no todo líder carismático es necesariamente, populista ni demagogo (Churchill o Gandhi, fueron lo que usted quiera, pero no demagogos).

Un ejemplo de demagogo que será clásico al estudiar los inicios de este siglo, es el tal Trump: demagogo de tomo y lomo (por fin ayer nuestro Presidente le plantó cara, bien, mesurado pero manifestando a las claras el grado de enchilamiento al que nos orilla el patán Donald: aplauso de foca de circo, don Enrique peña Nieto, para que vea que cuando sí, sí, ni modo que no). El Trump explota en su beneficio los prejuicios raciales y rencores económicos de la población de su país, exclusivamente para beneficiar su ego y cartera, carente del menor rastro de decencia. Si desea buscar otros ejemplos de demagogos en Latinoamérica, le sugiero a Juan Domingo Perón… y ahí usted busque alguno en nuestra historia y actualidad. Es cosa de cada quien.

Un engaño que es muy común en el discurso de los demagogos, es afirmar que de hacerse del poder él y su grupo, partido o clase, gobernará el pueblo. La oclocracia (el gobierno de la muchedumbre), es siempre mentira y siempre falla en cuanto la población rebasa la docena de habitantes. Oclocracia, degeneración de la democracia, enseñan los clásicos (¿quiénes?… los clásicos… ¿quiénes son?… ¡pues los clásicos!); igual que la oligarquía es la degeneración de la aristocracia y la tiranía, de la monarquía (también lo dicen los clásicos, ya quedamos quiénes).

Pensará usted que es gente decente, que esto, la demagogia es lo peor… y no, fíjese que no. Hay otra cosa mucho peor, parecida, porque igual usa al pueblo con todas las mañas del demagogo, pero peor, porque no miente, sino que sinceramente cree que él es la solución de todos los problemas de su país, él y solo él: eso es el mesianismo.

El político mesiánico, sinceramente piensa que si se hace con el poder y gobierno, conseguirá los cambios que hagan falta para enderezar todo entuerto y que sus propósitos por quiméricos (o estúpidos), que sean, serán realidad, la utopía se hará cotidiana y un nuevo orden angélico se instalará en la nación… su nombre quedará en la historia en letras de oro (grandotas), la gente bendecirá el día en que fue concebido.

Es peor que la demagogia porque son más necios cuando creen ser redentores. Es como el mago que de repente cree que sí hace magia: ¡se fregó el espectáculo!, y el respetable se va a dar cuenta de los trucos, que no necesita esconder, porque cree que sí hace magia. Ahí piense usted si el México actual está como para darle una oportunidad al mesianismo. Mejor nos vamos a pie.

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