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Sí resucita muertos / La Feria

Sí resucita muertos / La Feria
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Sr. López

 

Tía Josefina hablaba de su hija Pancha (le decíamos Pancha porque se purgaba), como si fuera la reencarnación simultánea de santa Teresita del Niño Jesús, Anna Pavlova y madame Curie. En realidad era la Bruja de Blancanieves, bailaba como pato en comal caliente y su IQ era apenitas normal (digo, seis de promedio en la carrera de Trabajo Social, no es de presumir).

 

En México hemos construido un monumento de babas a la Doctrina Estrada (27 de septiembre de 1930), perogrullada intocable fundamentada en el principio de no intervención y derecho de autodeterminación de los pueblos. Suena bien, ¡claro que suena bien!

 

La Doctrina Estrada, hecha por orden del presidente Ortiz Rubio, no es “doctrina” sino práctica diplomática mexicana, para neutralizar, sin decirlo, la Doctrina Tobar de 1906 (del canciller de Ecuador, Carlos R. Tobar), que plantea en defensa de la legítima democracia, que los gobiernos latinoamericanos se debían reconocer mutuamente, negando el reconocimiento a los gobiernos de facto, surgidos a partir de acciones de fuerza. También suena bien, el asunto es que lo manipulaban los yanquis para meterse donde les pegaba la gana.

 

Se dice que la Doctrina Estrada es una de las aportaciones más valiosas de México al Derecho Internacional (¡aaagh!, nacionalismo de sombrerón de palma con la leyenda: “¡Viva México cab…!”). La verdad es que la no intervención y libre autodeterminación de los pueblos, existía en México desde 1918, en la Doctrina Carranza: “(…) la igualdad, el mutuo respeto a las instituciones y a las leyes, y la firme y constante voluntad de no intervenir jamás, bajo ningún pretexto, en los asuntos interiores de otros países (…)”.

 

Carranza, que tenía sentido del ridículo, no pretendió ser el autor original de su doctrina (el que sí se robaba frases era Benito Juárez y dejaba que creyeran que eran de él, como la de “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, que es refrito de una frase del ensayo “La paz perpetua” de Manuel Kant), y sabía que el principio de no intervención tenía antecedentes ya desde George Washington y Thomas Jefferson; la doctrina Calvo del diplomático argentino-uruguayo Carlos Calvo (1824-1906); de alguna modo también la Doctrina Drago de 1902, del diplomático argentino Luis María Drago; y en enero de 1918, el presidente de los EUA Woodrow Wilson, aun sin terminar la Primera Guerra Mundial, propuso 14 puntos para la paz, de los que el quinto se refería al derecho de autodeterminación de los pueblos. Inflamos mucho el globo Estrada y de una buena y respetada práctica diplomática mexicana, pasamos a las risitas de los diplomáticos extranjeros a nuestras espaldas.

 

Viene a cuento por lo que declaró el viernes pasado, el presidente electo López Obrador: “(…) No vamos a estar metiendo nuestras narices en asuntos de otros pueblos, de otras naciones (…) vamos a buscar siempre la neutralidad cuando se traten asuntos de interés para los países (…)”. Antes dijo una frase de esas para letras de bronce en la fachada de Palacio: “La mejor política exterior es la política interior”… frase ingeniosa y pegadora que no dice nada.

 

El propuesto Canciller de México, responsable de nuestras relaciones con el exterior, el tal Marcelotzin Ebrard, tiene una cuenta pendiente con la no intervención: siendo Jefe de Gobierno del entonces D.F., recuperó con la fuerza pública de la Ciudad de México, la embajada de Honduras en manos del gobierno de facto de Roberto Micheletti, que había depuesto mediante un tradicional golpe de Estado a Manuel Zelaya (28 de junio de 2009),  luego la embajadora de Honduras del gobierno de Zelaya, la señora Rosalinda Bueso, se casó con don Ebrard (y eso, las hidráulicas consecuencias México-Honduras, a raíz del matrimonio, no son intervención en asuntos extranjeros, es… amorrr).

 

La norma de las relaciones exteriores de México está en la fracción X del artículo 89 de nuestra Constitución (autodeterminación de los pueblos; no intervención; solución pacífica de controversias; proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales). Muy bien, pero ¿siempre, en todos los casos?

 

La salida de nuestros gobernantes en situaciones esperpénticas, ha sido retirar a los diplomáticos mexicanos, lo que de facto es no reconocer a otros gobiernos, por ejemplo: de Chile cuando Pinochet; de España cuando Franco; pero, quede claro: no nos entrometemos en asuntos internos de otros países, no señor, pero rompemos relaciones que es exactamente lo mismo.

 

La Doctrina Estrada ha dormido el sueño de los justos, excepto cuando nos echamos porras a nosotros mismos. Mire si no:

 

México participó en misiones militares de la ONU de 1947 a 1950, en los Balcanes; en 1949 en Cachemira; de 1992 a 1993, en El Salvador. El 25 de septiembre de 2014, el presidente Peña Nieto, anunció el regreso de México al ejército de la ONU (los cascos azules), y el 14 de marzo de 2015 (apenitas), se anunció que militares mexicanos participarían en operaciones armadas en Haití y el Sahara Occidental. ¡Señor Estrada!

 

Y no es todo, Luis Echeverría pidió la expulsión de España de la ONU. López Portillo,  emitió un comunicado oficial reconociendo la guerrilla salvadoreña y conminó al gobierno de ese país a negociar con los guerrilleros; también apoyó abiertamente al sandinismo en Nicaragua, con armas y dinero, y rompió relaciones diplomáticas con el gobierno de Somoza, que era un asco, pero se supone que nosotros no andamos de metiches. Estrada sufre.

 

Y por si no se acuerda, Salinas de Gortari se reunió en Cuba con la oposición, lo que puede ser un acto de la más bondadosa intención, pero es meterse en asuntos internos de otro país.

 

Si México, ahora con AMLO al timón, va a resucitar la Doctrina Estrada, vamos a tener que abandonar algunos tratados internacionales y a intentar vivir en el aislamiento en un mundo globalizado. 

 

Pero, igual está bueno saber que AMLO, para empezar con el señor Estrada, sí resucita muertos.

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