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Ser mexicano / Código Nucú

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César Trujillo

Quienes vivieron en carne propia el terremoto de 1985, dicen que la unidad de los mexicanos rebasó la organización del propio gobierno. Siempre es así, ahora que lo pienso. La solidaridad del pueblo mexicano es inmarcesible y se antepone a cualquier tragedia o circunstancia, por más grande que ésta sea.
Por eso, cuando el cineasta Guillermo del Toro soltó la frase “porque soy mexicano”, entre broma y broma nos sumamos a mostrar algunas actitudes y comportamientos que nos llenan de orgullo o nos hacen únicos. Lo cual está, cabe señalar, muy por encima de todo el saqueo y los abusos a los que nos han sometido los gobernantes en sexenios anteriores y la misma clase política del país, y muy por encima, también, de un mes o de una tradición, guste o no.
Chiapas mismo fue testigo, tras el terremoto del 7 de septiembre de 2017, de esa solidaridad de la que hablo, de la camaradería de algunas asociaciones y de la propia organización de la sociedad que se dedicó a juntar víveres, ropa, material de construcción y a buscar la forma de poder ayudar a aquellos que fueron víctimas del movimiento telúrico que nos sorprendió a todos.
Sí, somos un pueblo que sabe unirse cuando una tragedia nos alcanza. O cuando la algarabía del futbol o el boxeo nos convocan a quienes disfrutamos de ello. Falta hacerlo todo el tiempo, me han dicho en repetidas ocasiones, y sí, probablemente tengan razón; sin embargo, estamos cuando más se necesita y ponemos el alma, el corazón y  hasta la fuerza física para mover cualquier obstáculo.
Recuerdo que hace dos años dos terremotos sacudieron a nuestro país: primero a Chiapas; luego a la capital. Cada uno con su propia historia que contar, pero el del 7 de septiembre a mí me dejó con el corazón apretado y con el miedo de perder a la familia, a los amigos. Apenas pudimos abrazarnos y hacernos bolita en casa, en un resquicio que consideré el más seguro. Cuando todo pasó, y la lluvia llegó como para llorar junto a nosotros, pensé que Tuxtla estaba destruida totalmente. No fue así, afortunadamente. Sin embargo, varias zonas de la entidad sufrieron mucho y cientos de familias quedaron en la indefensión como nuevos damnificados (ya teníamos cientos antes de esto).
Doce días después, mientras corregía un proyecto sobre poesía, tembló nuevamente y la noticia corrió como pólvora: la capital del país, a 32 años de la tragedia de 1985, volvió a abrir sus heridas y a constatar que los mexicanos sabemos estar siempre ahí, tendiéndonos la mano cuando así se requiere y sin esperar que otros lo hagan.
Sí, somos solidarios. Por eso indigna que los gobernantes en turno acudan a las tragedias a tomarse las fotos, emitan discursos entrañables, prometan el respaldo, se fundan en abrazos y se muestren como parte de la solución, cuando en el fondo, lo sabemos todos, son unos cínicos que usan el dolor ajeno para hacerse del dinero que llegan, incluso, del extranjero.
No vayamos tan lejos, lo vimos con Manuel Velasco Coello y el propio Enrique Peña Nieto. Y los vimos, es más, al borde de las lágrimas, con el rostro compungido y una actuación magistral para quedar sentados en nuestra historia como los grandes traidores, como aquellos que usaron nuestro dolor y nuestra solidaridad para sacar raja política, y que, asimismo, dejaron a cientos de familias desamparadas tras la tragedia.
Sin embargo, estamos por encima, incluso, de esa forma tan ruin de actuar de muchos funcionarios. Porque sí, en efecto, somos mexicanos y sabemos sobreponernos a todo siempre evocando a la solidaridad, a la hermandad, al saber que estar en el zapato del otro significa comprender lo que somos y saber lo que duele.
Dirán algunos que no todos somos así, lo entiendo, en verdad, pero somos los suficientes para seguir creyendo que otro México sí es posible. Porque, en efecto, somos mexicanos y coreamos, como Molotov, los vivas que la patria requiere.

#Manjar Cuando Enrique Arreola, expresidente municipal de Cintalapa, inauguró su millonaria obra sobre la carretera Sayula, antes de irse y dejar patas parriba todo, nunca imaginó lo que se le venía y el grado de exhibición al que sería expuesta su administración (caracterizada por corruptelas y el dispendio, por mencionar algo). Hoy, el famoso socavón que dejó de herencia se extiende como un mensaje que obliga a las autoridades competentes a tomar cartas en el asunto y a llamar a Arreola a rendir cuentas claras. Es una burla para el pueblo que los políticos anuncien millonarias inversiones cuando la realidad es otra y está a la vista de todos. Como él, existen varios que deberán poner sus barbas a remojar antes que les caiga el brazo de la ley y ese, también, ojo, es mensaje para los que están en funciones y quieren ocultar lo que muchos sabemos. Ojalá y la Auditoría Superior del Estado le pregunte a Quique Arreola sobre esa obra en audirorías de campo, con números reales, y no en escritorio bajo la simulación. ¡Ah! Y de paso le revisen sus números. Seguro estoy que jalando el hilo le encuentran el historial que es clamor popular. #QueLoMetanAlBote // “Un pequeño cuerpo de espíritu decidido iluminado por una fe insaciable en su misión puede alterar el curso de la historia”. Mahatma Gandhi. #LaFrase // La recomendación de hoy es el libro El tesoro de la Sierra Madre de Bruno Traven y el disco de Blackout de Scorpions. // Recuerde: no compre mascotas, mejor adopte. // Si no tiene nada mejor qué hacer, póngase a leer.

* Miembro de la Asociación de Columnistas Chiapanecos.

* Delegado en Chiapas del Sindicato Nacional de Redactores  de la Prensa.

Contacto directo al 961-167-8136

Twitter: @C_T1

Mail: palabrasdeotro@gmail.com

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